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MARTES 23
ABRIL, 2024
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La Habana
Año 66 de la Revolución
Otro Martí por conocer en la Cuba de hoy

¡Qué fortuna Martí! ¡Qué ejemplo a los nuevos! Incluidos nuestros queridos y batalladores deportistas.


Dra. C. Emilia Rebeca Hernández Mezonet
sábado, 28 de enero de 2023 09:27 AM



Foto: JIT Colaborador

HACE días, leyendo entre las páginas del libro Enfermedades de José Martí, escrito por el médico santiaguero Ricardo Hodelín Tablada, aprendí cosas sobre las cuales tenía apenas referencias, pero no un documento que sistematizara tan importante asunto.

La obra permite ratificar los altos valores morales del Apóstol, pero su aporte más significativo está en descubrir de sus propias palabras los síntomas de las enfermedades que padeció durante su corta vida.

Este libro nos abre el camino para entender por qué su actuación ante determinadas circunstancias de la vida.

Martí fue un niño sensible, que nació y creció en un contexto socioeconómico y político bastante complejo. La situación sanitaria del país era precaria, circulaba la fiebre amarilla por las condiciones de insalubridad en que vivía buena parte de la población. Acompañaban el analfabetismo, el insuficiente desarrollo de la medicina, pocos galenos y hospitales.

Las consecuencias se veían en los altos índices de morbilidad existentes. Por ejemplo, 10 de cada 100 personas morían debido a enfermedades infecto-contagiosas. En la temporada de lluvias, agudizada en mayo, aparecían la viruela, la gripe y el cólera. Este último padecimiento, en 1850, tuvo en Cuba un efecto devastador.

A los nueve años de edad, el niño José Martí se traslada junto a su padre a Matanzas. Don Mariano Martí había sido nombrado capitán juez pedáneo del partido territorial de La Hanábana, jurisdicción Nueva Bermeja.

Allí Martí conoce los verdaderos horrores de la opresión, lo que sirvió de base a su odio a la dominación y el avasallamiento. Así nació su necesidad de luchar por la abolición de la esclavitud, contra la discriminación racial y por la libertad de su patria.

Por el contexto de su infancia, Martí no fue un niño con la única obligación de estudiar ni despreocupado de la manutención del hogar. Sus biógrafos hacen referencia a que desde pequeño realizó varios oficios para ayudar a la familia.

En 1866 trabaja como ayudante de peluquero y se encarga de llevar los accesorios de trabajo a los artistas de teatro. Se especula que también haya trabajado con su padre en el comercio de confitería que poseía. Además laboró como dependiente de diligencias en la oficina del comerciante Felipe Gálvez Fatio (1866). Contaba solo con 13 años de edad y estaba obligado a entregar a su padre todo el fruto de su trabajo.

Las nuevas generaciones en Cuba nacen en un ambiente social diferente, en hospitales con personal especializado y condiciones materiales e higiénico-sanitarias adecuadas. Un sistema de atención primaria garantiza luego las condiciones para el bienestar de la madre y su descendencia.

El sistema sanitario cubano se acompaña de un desarrollo fabuloso de las ciencias. Investigadores formados por la Revolución han elaborado vacunas que protegen a los niños de más de 20 enfermedades, algunas consideradas mortales en épocas pasadas, como la de Martí.

Esto resultó uno de los objetivos supremos de la lucha de Martí. Batalló para un mundo mejor, se enfrentó al colonialismo español y al imperialismo yanqui para fundar una sociedad más justa donde vivir en libertad y mejores condiciones.

El citado libro ofrece una serie de testimonios que reflejan a Martí como un hombre triste, pues conoció el castigo corporal a temprana edad. Con su padre aprendió las amarguras de la opresión, lo cual aparece reflejado en su obra y de manera magistral lo caracterizan los personajes utilizados por Fernando Pérez en la película José Martí y el ojo del canario.

Para mí se trata del mejor filme cubano en muchos años, sobre todo para acercarse al conocimiento de los primeros años de la vida de Martí, información que debe complementarse con la lectura de sus obras.

También Marinello ve en Martí a alguien que «sufre desde que abre los ojos al mundo, las estrecheces e incomprensiones del ámbito familiar y las heridas de una realidad social integrada por la injusticia y la violencia».

En una de las cartas que le envía a su maestro Rafael María de Mendive, Martí describe las condiciones en que desarrolla su trabajo y a la vez expresa sus sentimientos…

«Trabajo ahora de seis de la mañana a ocho de la noche y gano cuatro onzas y media que entrego a mi padre. Este me hace sufrir cada día más, y me ha llegado a lastimar tanto que confieso a Vd. con toda la franqueza ruda que Vd. me conoce que solo la esperanza de volver a verle, me ha impedido matarme. La carta de Vd. de ayer me ha salvado. Algún día verá Vd. mi diario, y en él, que no era un arrebato de chiquillo, sino una resolución pesada y medida».

En esta cita Martí hace una proyección de su estado de ánimo: sufre, está atormentado, no goza de una salud sicológica favorable. Llegó a pensar hasta en el suicidio.

Nuestros jóvenes también deben conocer a ese Martí. No se trata de una figura mítica, irreal, inerte o distante. Sufrió, padeció en carne propia las crudezas e injusticias de la vida, y lo hicieron madurar y crecer hasta convertirse en un hombre universal. No es débil quien reconoce sus errores, quien reconoce que tembló y tuvo miedo. Su carácter se forjó como el acero para convertirse en una persona de palabra dura y directa, tierna y sensible ante lo bello y lo humano, justo y patriota por convicción.

Hodelín se apoya en pasajes de la vida y obra de Martí para validar la hipótesis de que durante su adolescencia y juventud los médicos le indicaron tomar un descanso en el trabajo, y llega a la conclusión de que no estaba sano y sufría excesivamente.

A los 39 años de edad, a pesar de los padecimientos que lo retienen en cama en muchas ocasiones, Martí considera que «…la única salud verdadera es la que viene a un cuerpo bien administrado del orden de la mente y la serenidad del corazón».

Les muestro algunos ejemplos de su epistolario en que refleja su estado de salud. El siguiente es un fragmento de una carta a su maestro Rafael María de Mendive el 15 de enero de 1871: «…De aquí a 2 horas embarco desterrado para España. Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, sólo a Vd. lo debo y de Vd. y sólo de Vd. es cuanto de bueno y cariñoso tengo…».

Al General Máximo Gómez escribe desde Guatemala en 1877: «…aquí vivo, muerto de vergüenza porque no peleo. Enfermo seriamente y fuertemente atado, pienso, veo y escribo. Veo las pobrezas de estas tierras, y pienso con orgullo, que nosotros no las tendremos. En tanto que, en silencio, admito a los que lo merecen, y envidio a los que luchan, sírvase darme las noticias históricas que le pido, que tengo prisa de estudiarlas y de publicar las hazañas escondidas de nuestros grandes hombres. Seré cronista, ya que no puedo ser soldado…». 

A Manuel Mercado dice desde Nueva York en 1888: «…Sólo un momento, callado amigo mío, porque se me va el correo. Postrado del hígado desde principios del mes, caí al fin en cama y me levanté antier. Sufrí mucho; pero he rebasado. Ahí le van las dos cartas debidas…».

También escribe a Manuela de Agramonte desde Nueva York el 5 de marzo de 1891: «…El esfuerzo que tuve que hacer sobre mi mala salud para cumplir con mi obligación en la Velada de Espadero, me tuvo ayer inválido, y me quitó tiempo para organizar para el sábado tres lecturas…».

También redacta a Gonzalo de Quesada desde Cayo Hueso en diciembre de 1891: «…En cama, muy mal. Mucho mérito en el pueblo, y muchos corazones nobles. Desde la cama, junto. Aquí me tiene rodeado de una guardia de amor. Pero no puedo escribir, ni me iré sino, cuando está en sazón…».

Veamos la fuerza de voluntad de este gran hombre para situarse por encima de sus males y dolores, y esforzarse por cumplir con sus deberes patrios. Siempre estuvo presente por su amor a la libertad y el deseo de participar y contribuir de alguna manera a la independencia de su patria.

La investigación confirma que este gran hombre fue atendido por 22 médicos, incluyendo sus estomatólogos, de siete nacionalidades. Padeció enfermedades del hígado, los pulmones, el corazón, sufría de fuertes dolores de cabeza y en ocasiones no podía caminar por las fiebres que le aquejaban. Cierta cojera le acompañó debido a los grilletes que usó mientras estuvo preso en las Canteras de San Lázaro.

Urge penetrar en las honduras de la vida de Martí y estudiar cada palabra, cada sentimiento. Su obra es fuente inagotable de saberes. Entre sus cartas hay una dirigida a José Dolores Poyo, en Nueva York el 2 de marzo de 1892, que revela la firmeza de espíritu y su valor…

«Mi enfermedad me llega a lo más vivo. Pena y patria me la causan, si es para quien la ama como yo, patria quiere decir algo más que pena. Pero mi enfermedad no me hubiera tenido como me tiene aún, sin poder mover la pluma—ni más fuerzas q. las q. me echan de la cama para ir poniendo en forma el entusiasmo creciente de los cubanos y puertorriqueños, ansiosos de confirmar y poner por obra lo que en el Cayo comenzamos [...] Sé que no me he engañado. Y otro que no Vd., pudiera tener por inactividad –aunque allá se sabe mi enfermedad continua […] Muerto es poco para decirte como estoy. Pero para mi tierra, vivo. Y para mantener la honradez y la verdad, vivo».

¡Qué fortuna Martí! ¡Qué ejemplo a los nuevos! Incluidos nuestros queridos y batalladores deportistas.

 

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