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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
DOMINGO 20
ENERO, 2019

La Habana
Año 61 de la Revolución
BÉISBOL CUBA-EE.UU.
Una relación intensa, profunda, problemática...

La joven Revolución Cubana dio todo su apoyo al béisbol, incluso al profesional de los primeros momentos.


Por Dr. C. Félix Julio Alfonso López*
viernes, 11 de enero de 2019 12:35 AM



Fidel saluda a Daniel Morejón, autor del hit decisivo para la victoria de los Cuban Sugar Kings en 1959.Foto: Archivos

La Habana.- CUBA fue el segundo país del mundo donde se jugó béisbol. Fueron dos jóvenes, estudiantes en colegios en el sur de Estados Unidos, los hermanos Guilló, quienes trajeron los primeros implementos que se conocieron en la Isla para jugar béisbol.

Ellos también promovieron en 1868, casualmente el mismo año en que comenzó la guerra de independencia de Cuba, la formación del primer club de béisbol en el país, el Habana Baseball Club.

Varios cubanos participaron en torneos del béisbol organizado de los Estados Unidos en el siglo XIX. Quizás la figura más emblemática fue la de Esteban Bellán, quien jugó béisbol colegial organizado y también en un equipo que podemos considerar antecesor de las Grandes Ligas.

Sin embargo, estaba rigurosamente prohibido que jugadores norteamericanos actuaran en el torneo cubano. ¿Por qué motivo? Porque el certamen era estrictamente amateur y se consideraba que los estadounidenses estaban en un nivel de calidad que los hacía profesionales o semiprofesionales.

Hay una anécdota muy simpática de la década de 1880, que da cuenta del intento de un equipo de pasar de contrabando a dos peloteros norteños. Resultaron descubiertos y suspendidos automáticamente de la Liga.

¿Cuándo empezó verdaderamente la presencia de jugadores estadounidenses en el béisbol cubano? Con el inicio de la intervenida República, lógicamente en consonancia con la preponderancia económica, política, social y cultural que tendría Estados Unidos.

Desde los primeros años, los equipos profesionales cubanos contaron con beisbolistas estadounidenses. Y comenzó también un fenómeno que sería característico de toda la etapa republicana, conocido como las Series Americanas.

Al principio tenían lugar al concluir las Grandes Ligas y consistían en que una o varias selecciones de ese circuito venían a desarrollar juegos de exhibición o giras por la Isla.

Luego, a partir de 1940, aquello pasó a formar parte del entrenamiento primaveral, es decir previo al campeonato estadounidense.

Hay dos anécdotas que ilustran la calidad que poseía el béisbol cubano de la época, que lo ponían al mismo nivel de las Grandes Ligas.

Una, los 45 escones consecutivos que José de la Caridad Méndez, el gran pítcher negro, le dio a varios elencos estadounidenses en 1908, incluyenco a los Rojos de Cincinatti, muy importante en esta historia por su cercanía a Cuba.

La otra, en 1909, tiene que ver con la visita del campeón de la Serie Mundial: los Tigres de Detroit. Es cierto que lo hicieron sin su principal figura, Ty Cobb, pero fueron parados en seco por otro pítcher negro, Eustaquio Bombín Pedroso, quien los dejó 11 entradas sin anotar carreras.

En ese escenario, los elencos profesionales cubanos de la época, integrados mayoritariamente por negros y blancos pobres, humildes, que no recibían prácticamente salario, ya que la remuneración venía de colectas públicas y de las dádivas que los aficionados podían ofrecerles, tenían un nivel similar al de Grandes Ligas y podían enfrentarse de tú a tú con esas selecciones.

Eso explica que en 1911 los Rojos de Cincinatti se interesaran por Rafael Almeida y Armando Marsans, los pioneros del béisbol cubano en Grandes Ligas.

¿Cómo se produjo la contratación? De una manera absolutamente irregular. Ellos pertenecían al Club Almendares, pero jugaban en Estados Unidos en un plantel de una liga independiente llamado New Britain, en el Estado de Connecticut.

Cincinatti no negoció jamás con el Almendares, sino con el New Britain, que vendió a cada jugador por valor de 7 mil 500 dólares. El Almendares ni se enteró de aquello. Además, esos peloteros recibirían un salario mensual de apenas 350 pesos.

Para colmo, el gerente de los Rojos vino a La Habana a ver a Almeida y Marsans, y se dio cuenta de que estos hombres podían tener problemas en Estados Unidos por el color de la piel. Entonces los sometió a la humillación de tener que demostrar que eran auténticamente blancos.

Es célebre el telegrama que Víctor Múñoz, cronista deportivo del diario El Mundo, le mandó al gerente general de los Rojos de Cincinatti diciéndole que él conocía a los padres de Almeida y Marsans y podía testificar que «son de la más pura sangre caucásica». ¡Imaginemos eso, en Cuba nada menos!   

De todas formas, estos jugadores abrieron la estela de cubanos en el béisbol organizado de las Grandes Ligas, que se incrementaría en 1914 con la presencia de Adolfo Luque, el primer latino en jugar una Serie Mundial, y luego con Miguel Ángel González y así sucesivamente.

En 1914 precisamente, José Sixto de Sola, un importante intelectual cubano de la etapa, publicó en la revista Cuba Contemporánea un artículo titulado El deporte como factor patriótico y sociológico, que debiera reproducirse y leerse a los ojos de la actualidad.

Él recalcaba la importancia tremenda que reviste para Cuba derrotar a Estados Unidos en un terreno de béisbol. En el imaginario nacionalista y en el acervo simbólico de los cubanos eso es muy importante porque actuaba en aquel momento, y todavía hoy, como una suerte de compensación en esta lucha eterna entre David y Goliat. Ellos inventaron el juego de pelota, pero nosotros no nos quedamos atrás, y ganar tiene un efecto benéfico sobre el alma cubana, sobre el patriotismo cubano.

En la década de 1920 surge un fenómeno nuevo: aparece una legión de estrellas del béisbol negro de los Estados Unidos jugando en los torneos cubanos, específicamente en los Leopardos de Santa Clara, que va a estar plagado de grandes figuras. Y al mismo tiempo se da lo inverso: notables peloteros de la Isla comienzan a hacer historia en las ligas negras estadounidenses: Cristóbal Torriente, Méndez y otros.

Ahí se da una compenetración muy fuerte con ese tipo de béisbol, que no está organizado, que es segregado, discriminado, pero en el cual los cubanos tuvieron un protagonismo indudable.

Veinte años después, la calidad de nuestra pelota era tal que en 1941 hubo cinco equipos de Grandes Ligas haciendo preparación en Cuba: Gigantes de Nueva York, Indios de Cleveland, Rojos de Cincinatti, Medias Rojas de Boston y Dodger de Brooklyn, este último el elenco que rompió la barrera racial y trajo en 1947 nada menos que a Jackie Robinson.

Todo eso creó un gran suceso en nuestro país, así como la victoria en la serie mundial de las Ligas Negras con el New York Cubans. Todo eso fue antesala de un hito en la historia de la Liga Cubana de Béisbol Profesional, la firma de un pacto mediante el cual se adhirió a la Asociación de Ligas de Béisbol Profesional de Estados Unidos, que representaba los intereses de las Menores. Pero... ¿Por qué se hizo?

Las Grandes Ligas estaban viviendo un momento traumático después de la Segunda Guerra Mundial. Vieron que una parte considerable de su talento se estaba marchando a México y Cuba, porque las condiciones laborales, el salario, la discriminación, eran de otro tipo y estaban encontrando condiciones más favorables para su juego. Se estaba desangrando el campeonato de Estados Unidos y había que poner orden…

Eso explica primero la visita a La Habana de Happy Chandler, comisionado de Grandes Ligas, y después el viaje de Julio Sanguily, uno de los diez accionistas del Almendares, a Estados Unidos para tratar de firmar un pacto de colaboración y amistad entre ambas ligas, que se lograría con un costo relativamente alto para el certamen cubano.

¿Cuál fue ese costo? Convertir a la Liga Cubana en una sucursal de Grandes Ligas al mismo estilo de las Menores. Es decir, una granja para formar talentos que después se desarrollarían en la Gran Carpa.

Además se plantearon varias limitaciones y restricciones, como que si un jugador tenía más de 45 partidos celebrados en Estados Unidos no podía regresar a la Isla al siguiente año; y acá más de una vez los peloteros nacionales fueron desplazados de sus posiciones para probar y preparar a los norteños.

Todo eso llevó a la fractura de la liga cubana. En 1947 se creó una paralela, pues muchos de los peloteros del sindicato estaban excluidos de la listas de quienes podrían desempeñarse en Estados Unidos. La razón era que habían jugado en México con Jorge Pasquel. Al mismo tiempo, varios peloteros estadounidenses fueron castigados con cinco años sin poder volver a las Grandes Ligas.

Se creó un cisma que afortunadamente se resolvió en poco tiempo, pero de todas formas la Liga Cubana quedó cautiva de este pacto que regulaba la presencia de cubanos allá y de norteños acá.

No obstante, al final hubo cierta organicidad y la Liga Cubana de Béisbol Profesional, luego de la inauguración del Gran Stadium del Cerro, tuvo un momento de esplendor. Algunos historiadores le llaman la edad de plata del béisbol profesional cubano, comparándola con la de oro de Marsans, Méndez y otros.

En 1949 no podemos olvidar que Orestes Miñoso, con los Indios de Cleveland, fue el primer negro latino que jugó en Grandes Ligas.

Diez años después, La Habana, que vivió alborozada el triunfo revolucionario, celebró con igual intensidad el triunfo de la franquicia Cuban Sugar Kings, establecida en 1954, heredera de los Habana Cubans, y que representaba al país en Triple A.

Eran invencibles aquel año, y lo demostraron en octubre de 1959 en un Stadium del Cerro abarrotado, con la presencia de Fidel Castro, Camilo Cienfuegos, Felipe Guerra Matos… Es célebre la foto de Fidel saludando a Daniel Morejón, autor del hit decisivo en el último juego.

Eso muestra cómo la joven Revolución Cubana dio todo su apoyo al béisbol, incluso al profesional de ese momento.

Es muy sintomático, sin embargo, que durante la primera visita de Fidel a Estados Unidos, en abril de 1959, los periodistas le hicieran una pregunta que dejó entrever la posibilidad de que se ejerciera cierta presión sobre la tenencia de una franquicia en las Grandes Ligas, a los efectos de revertir las medidas del gobierno revolucionario.

La respuesta de Fidel fue diáfana y transparente, al decir que queríamos a los Cubans Sugar King en el país, y además convertirlos en el mejor equipo posible.

Hacia 1960, en la medida que la Revolución se radicalizó, vinieron las sanciones y contramedidas norteamericanas, entre las cuales sobresalió la confirmación de que la franquicia de los Cubans debía dejar La Habana por decisión del comisionado de Grandes Ligas.

Se dieron 48 horas para que se encontrara otro lugar donde radicarse y ese fue Jersey City. Esa temporada el equipo bajó del primero al sexto lugar. Allí no tenían ningún apoyo ni atmósfera favorable.

En medio de esa beligerancia de Estados Unidos, de esa hostilidad, se le quitó a Cuba también la sede rotatoria de la Serie del Caribe de 1961, decretando la muerte de ese torneo.

Es válido recordar que las series caribeñas nacieron en La Habana en 1949, a instancias de Cuba y como resultado colateral del pacto de 1947.

A partir de ahí se rompieron todas las relaciones, porque además Estados Unidos prohibió a sus jugadores venir a jugar el último certamen profesional de la Isla (1960-1961), cuando un año antes un total de 30 peloteros de ese país lo habían hecho.

¿Qué tan dramáticamente habían cambiado las circunstancias para que esa medida se produjera? Era el intento de sancionar, de ahogar, de asfixiar al béisbol cubano.

Ahí se produjo la ruptura. Sin embargo, Cuba permitió a sus beisbolistas que honraran los contratos en Estados Unidos, que regresaran allá, y que después pudieran volver a casa.

En cuanto a los países latinoamericanos con los cuales se mantuvieron relaciones normales, dígase México, los beisbolistas pudieron seguir yendo y viniendo. Tal fue el caso de Andrés Ayón, quien jugó en tierra azteca hasta mediados de los años 70 sin ninguna dificultad.

Hay otra fecha importante en esta historia, y es cuando nace de las Grandes Ligas la idea de retomar los contactos en 1975. En ese momento, el comisionado de las Grandes Ligas, Bowie Kuhn, trató de convencer al secretario de estado norteamericano, el ultrarreaccionario Henry Kissinger, de que se permitiera que un equipo todos estrellas de Grandes Ligas viniera a jugar a Cuba en el mes de marzo de 1975.

Ahí están los documentos desclasificados del Archivo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que demuestran los intercambios sostenidos y la negativa de aquel lado, la lógica de la Guerra Fría, del aislamiento, de no dar chance a Cuba. Se impuso la lógica del absurdo y ahí está el texto con la letra grande de Kissinger poniendo NO a cualquier intento de reanudar los contactos.

Hubo de esperarse entonces a lo más reciente: los dos encuentros con los Orioles de Baltimore en 1999, cuando Cuba puso el nombre de su béisbol en lo más alto. Y el tope con los Rayos de Tampa Bay, durante la visita del presidente Barack Obama a nuestro país en 2016.

Son estos algunos de los momentos de esta relación tan intensa, tan profunda, y tan problemática que ha tenido el béisbol cubano con el de Estados Unidos, en la cual jamás nos hemos dejado derrotar ni en el campo deportivo ni en el moral.

*Intervención en el programa televisivo Mesa Redonda, del 9 de enero de 2019.

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