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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación (INDER)
COLUMNA DEL EXPERTO
La táctica en el deporte

Los entrenadores y deportistas basan las acciones tácticas en un plan elaborado previamente que tiene entre sus objetivos afectar el rendimiento del adversario.


Por Dr.C Francisco Enrique García Ucha
miércoles, 28 de noviembre de 2018 02:09 PM



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La Habana.- EXISTEN diversas definiciones de la táctica en el deporte. Para uno de los sicólogos más renombrados, A. Z. Puni, se trata de los procedimientos de aplicación de la técnica y el empleo de la fuerza según las condiciones concretas de la competencia y las acciones prácticas de compañeros y contrincantes.

Sin embargo, la táctica consiste en algo más que la actualización de la técnica y la fuerza, de ahí que la definición del profesor L. Matvéev esté aún vigente: «En general, el concepto de táctica deportiva abarca todos los modos más o menos racionales de conducción del certamen por el deportista y el equipo, supeditado a un determinado plan de alcance del objetivo de la competencia».

La táctica depende de muchos factores que van desde las habilidades de percepción y representación visual de las condiciones de la justa y el contrario, hasta los conocimientos, la destreza, los hábitos, las capacidades físicas que permitan garantizar las ejecuciones en circunstancias diversas.

Un autor clásico como F. Mahlo habla de la táctica como «soluciones prácticas que persiguen el mejor resultado posible de la actividad global, colectiva, en la mayor parte aplicada a situaciones problemas del juego, como consecuencia de las acciones y reacciones de adversarios y compañeros».

Los entrenadores y deportistas basan las acciones tácticas en un plan elaborado previamente que tiene entre sus objetivos afectar el rendimiento del adversario, colocándolo en la situación de que sus esfuerzos por ganar se minimizan.

El empleo de planes tácticos es harto conocido en los deportes con pelota y los de combate, y se aprecia aisladamente en disciplinas individuales como el atletismo, básicamente en las carreras de fondo, en las cuales resulta vital distribuir las fuerzas y evaluar las estrategias de los rivales para no caer en las trampas de las conocidas “liebres”. 

Hace unos años nos preparábamos para vencer en una de las modalidades de lanzamiento. Estudiamos las condiciones de la prueba junto al entrenador y el atleta. Estaba claro, en primer lugar, que la comunicación entre ellos sería bastante limitada durante la lidia, de ahí que el factor sorpresa pudiera afectar profundamente el estado de ánimo del competidor, y ante ello su profesor tendría limitadas opciones para incidir positivamente.

Nuestro representante no era candidato a la medalla de oro, tomando como referencia un ranking que lo ubicaba segundo. El contrario y su equipo de trabajo habían estudiado a nuestro lanzador, conocían que su mejor envío llegaba como norma en el cuarto intento.

Para nuestro muchacho, por razones orgánicas y síquicas, era aquel su momento de óptimo rendimiento, más allá de la mitad de la competencia. Ante eso surgió un instante de iluminación…

¿Qué pasaría si se produjera ese mejor resultado en el segundo intento? ¿Pensaría el “enemigo” que el cubano ya era invencible? ¿Podría este suceso doblegar la disposición del nuestro para continuar en la lid realizando el máximo esfuerzo? ¿Lo  bloquearía sicológicamente?

Para lograr que el tradicional cuarto envío se convirtiera en el segundo se orientó al atleta realizar, durante el calentamiento, dos tiros al máximo de sus fuerzas. Esa actividad prepararía su organismo para adelantar el momento óptimo de rendimiento.

Con ese convencimiento salimos a la contienda. Todo estaba en sus manos y su mente. Un hecho fundamental era la autoconfianza y la fe en su entrenador y los argumentos que respaldaban aquel plan táctico, nunca antes empleado por nosotros y quizás tampoco por los oponentes. Allí, al menos, ninguno ejerció fuerza máxima durante la previa de la lid.

Al final, los resultados fueron los esperados. Cuba obtuvo las medallas de oro y bronce, el atleta a priori favorito la de plata, y otro contrincante de peso se fue del podio.

La reflexión colectiva dio lugar a una solución válida para hacer realidad los más altos objetivos.

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