Foto: Roberto Morejón
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La Habana.- SI FUERA poco figurar entre las mejores baloncestistas cubanas de todos los tiempos, asistir a tres juegos olímpicos y poseer otros méritos en su extraordinaria carrera, Dalia Henry se erige como una mujer singular para el deporte cubano.
Luego de su excelsa trayectoria deportiva no dejó de lado el baloncesto, ni sucumbió a la comodidad del hogar, sino que emergió como la máxima responsable del deporte de las canastas en Cuba.
El tamaño de la responsabilidad habla de su entrega, anota una virtud más a la lista y muestra su talante.
Lógicamente, también demuestra que vivimos en una sociedad distante de los recelos por la mujer y de la minimización de sus capacidades.
Dirige los destinos del llamado Deporte Ráfaga como comisionada y presidenta de la Federación Cubana de Baloncesto.
No se habla aquí del poder acéfalo, sino de ese que entraña responsabilidad y respeto, sobre todo cuando no se distingue entre géneros.
Ninguna limitante advierte ni muestra, como tampoco la subvaloración de quienes la acompañan en la ardua tarea, más bien reconoce sentirse apoyada y respetada.
Eo es lo verdaderamente extraordinario comparado con otras realidades allende los mares. Aquí su condición de mujer, de origen humilde por demás, no es impedimento ni sorprende o extraña a nadie entre quienes la ven triunfar también fuera de las canchas.
Todo ello la convierte en una mujer de altura y no precisamente por su espigada figura, ni por el más encumbrado de sus brincos bajo las tablas, sino por su reconocible impronta.
«Ese es el mejor homenaje a la mujer cubana y del mundo entero: hacer el trabajo y representarlas de la mejor manera que puedo», y tiene mucha razón.
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