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La Habana.- A UN barco se subieron los sentimientos más puros de hombres y mujeres muy jóvenes, quienes tenían una encomienda, la de representar a su Patria.
Hace 60 años, en las canchas, ring o estadios, mediante la emulación pacífica que es el deporte, Cuba brilló en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966, al dominar en 11 de las 22 disciplinas convocadas.
Pero sus deportistas no solo defendieron su camiseta, sino el derecho de toda una nación, y para eso enfrentaron y vencieron las agresiones y amenazas imperiales en las mismas fauces del monstruo del que José Martí dijo que le conocía las entrañas.
Desde 1964, funcionarios de la gobernación en Puerto Rico se oponían a la presencia de Cuba en aquellos Juegos. El periodista boricua Alex Figueroa, en su libro, El camino del Cerro Pelado, afirma que varios intercambios de documentación entre esas personas daban cuenta de planes para evitar la presencia cubana, y que el Gobierno de Estados Unidos no otorgara las visas.
En 1965, un año antes, las autoridades deportivas cubanas advirtieron en el seno de la Asociación de Comités Olímpicos Nacionales, y luego ante el Comité Olímpico Internacional (COI), de sus preocupaciones sobre los intentos de impedir la participación de la Mayor de las Antillas en San Juan.
Incluso, en esa reunión del COI en Madrid, según Fabio Ruiz y José Antonio Díaz, autores de la obra testimonial Cerro Pelado, la Delegación de la Dignidad, y miembros de esa comitiva, la representación venezolana intentó una burda salida a lo que ya se venía preparando contra Cuba.
Flor Izaba, su delegada, propuso lo que ella llamó un pacto de caballeros, pero que de eso no tenía absolutamente nada. Fue una idea que le hacía el juego a las sucias estratagemas imperiales.
Expresó que Puerto Rico invitara formalmente a Cuba, y que a su vez esta declinara para evitar problemas en el desarrollo de los Juegos.
Allí mismo, la representación cubana encabezada por el presidente de su Comité Olímpico, Manuel González Guerra, acompañado por Jorge García Banco y el propio Fabio Ruiz, miembros de esa organización, rehusaron con fuerza ese planteamiento y solicitaron al titular del COI, Avery Brundage, que definiera la obligatoriedad del Comité Olímpico de Puerto Rico de garantizar visas y facilidades o de lo contrario que le retirara el patrocinio del COI a esos Juegos.
Finalmente, se ratificó el derecho de Cuba a participar. Pero allí solo se ganó un combate, porque la guerra para llegar a la hermana isla boricua acababa de comenzar.
Mientras los deportistas se preparaban con ahínco se libraba una intensa batalla frente a todo tipo de maniobras, dirigidas a impedir que Cuba llegara a San Juan.
Después de muchas presiones, al gobierno estadounidense, mediante su Departamento de Estado, no le quedó más remedio que otorgar el visado. Obligó a que ese trámite se hiciera en un tercer país, México, único del continente que en ese momento se mantuvo firme ante la presión norteamericana por aislar a Cuba, y no rompió relaciones con esta.
Aun así, le condicionaron a la parte cubana que las visas eran a cambio de algunos estadounidenses que se encontraban en Cuba. Otra vez González Guerra y Ruiz, rechazaron enérgicamente tal demanda, y recomendaron a su contraparte que emplearan los canales diplomáticos correspondiente para ese propósito, y exigieron el visado.
Ya con esos documentos, vino otra sucia manipulación desde el Departamento del Tesoro: había visas; pero no permiso para que un medio de transporte, marítimo o aéreo, cubano entrara a Puerto Rico. De hacerlo, serían confiscados.
Pero la visión martiana de Fidel respondió a ese pérfido plan con otro plan. Se había tomado la decisión de viajar en barco, y fondear este a cinco millas de las costas boricuas, en aguas internacionales, y desde allí se desembarcaría, pues los deportistas, entrenadores y directivos tenían sus pasaportes visados.
Los atletas tomaron un vuelo en el aeropuerto José Martí, en La Habana, pero aunque la aeromoza anunció el destino San Juan, aterrizaron en Camagüey, donde fueron agasajados. Luego volvieron al avión, en el que escucharon a la muchacha decir lo mismo; sin embargo, se bajaron en Santiago de Cuba.
A Fidel no se le escapa nada, manejó con mucha sutileza cada paso, y siempre estaba uno por delante de los enemigos. Tanto fue así que Fabio Ruiz, al regresar de las gestiones del visado en México, dijo que se sorprendió con la decisión de la salida en barco, y por Santiago de Cuba.
Tampoco se enteraron quienes trataban de impedir que la delegación llegara a Puerto Rico, aun cuando el pueblo santiaguero le tributó una gran despedida a los atletas. Sin embargo, en Borinquen, el movimiento independentista sí estaba enterado.
A cada uno de los que viajaría se les explicaron los riesgos que corrían; por la amenaza de Estados Unidos, porque el desembarco sería en altamar y por el escenario hostil que encontrarían.
Ninguno se amilanó, no hubo ni una sola indecisión. Unidos y firmes, el 8 de junio de 1966, el buque Cerró Pelado, habilitado para alojamiento, alimentación y entrenamientos a bordo, puso proa a San Juan.
Las primeras 16 horas de la travesía fueron sin incidente alguno, hasta que apareció un avión de la fuerza aérea estadounidense, que desde ese momento sobrevoló varias veces la nave.
Aquella maniobra lejos de amedrentar a los deportistas y tripulantes, convocó la moral combativa de ellos. El mismo aparato advirtió que estaba prohibido entrar en aguas territoriales puertorriqueñas, y lanzó sobre la embarcación octavillas en las que se amenazaba a quienes viajaban en el barco.
Luego aparecieron, desafiantes, lanchas y buques artillados de la marina yanqui. Pero al Cerro Pelado nada ni nadie lo podía detener, porque su aguerrida tripulación, cuyos hombres hasta más de tres veces al día se lanzaban al mar para revisar el casco de la embarcación contra minas explosivas, estaba comandada por el capitán Onelio Pino, el timonel que 10 años antes, en 1956, trajera el yate Granma para que el verde olivo fuera el color de una Cuba nueva. La proa del Cerro Pelado, como la del Granma, fue la de la Revolución.
Sobre el Cerro Pelado se entrenó y se estuvo listo para el combate; también se desembarcó, porque Estados Unidos, al ver que desde él se preparaban los botes, accedió a solo tres horas de la inauguración, a que la delegación cubana entrara en Puerto Rico.
Los deportistas habían asumido un compromiso con la Declaración del Cerro Pelado, leída el 10 de junio de hace 60 años, en la propia cubierta del barco por el entonces presidente del Inder, José Llanusa Gobel. En ella se denunciaba ante el mundo el atropello a que era sometida la delegación cubana y la violación de los estatutos del COI y del derecho internacional. A viva voz, los atletas dijeron que a nado si fuera necesario, pero con o sin permiso entrarían en San Juan y competirían en nombre de su Patria.
En ese momento ya era la Delegación de la Dignidad. Con ese atributo, comenzaron a desembarcar en remolcadores que se acercaban al barco cuando subían las olas, y a la altura de un metro había que saltar. El peligro de caer al agua infestada de tiburones era permanente.
Pero en el estadio Hiram Bithorn, de San Juan, Enrique Figuerola, el primer medallista olímpico del deporte en Revolución, portó la bandera, escoltado por la esgrimista Mireya Rodríguez y la corredora Miguelina Cobian.
Cuba estaba, por derecho propio y por la voluntad y la valentía de sus hijos, en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966.
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