Pedro Chávez estuvo entre los líderes de varios departamentos ofensivos en el Mundial de Costa Rica 1961.Foto: Archivo Periódico Granma.
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La Habana.- HACE 60 calendarios, justo en el día de su cumpleaños 30, estaba en la víspera de lo que sería una de las mayores proezas del deporte cubano. Él sería uno de los grandes héroes de una gesta que marcó un antes y un después en la vida de unos 400 hombres y mujeres, dispuestos a darlo todo en la cancha, y a asumir la defensa de los derechos de su Patria. Él era uno de los aguerridos cubanos del barco Cerro Pelado.
Pedro Chávez González, el legendario número 3 de los Industriales y de Cuba; el guajirito de la finca Santa Rita, en las inmediaciones de San Antonio de los Baños; el que quiso venir del Mundial de Beisbol de 1961, en Costa Rica para defender a su tierra de los ataques que terminaron con la gran victoria en Playa Girón, llega a sus 90 almanaques en su querido Santiago de las Vegas.
«Los X Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966 y el Campeonato Mundial, en San José de Costa Rica 1961, me regalaron el honor de combatir en el terreno de juego y en defensa de mi Patria», nos dijo cuando cumplió los 85.
«Yo estoy convencido de que llegamos a Puerto Rico por Fidel, por Raúl, por José Llanusa, quien iba al frente de la delegación. Lo digo, porque solo así estuvimos dispuesto a entrar y competir a como diera lugar. Si había que ir a nado, lo haríamos, y creo que algunos no sabían nadar, y el agua estaba llena de tiburones a los que veíamos claramente».
Con su picaresca sonrisa, nos contó que le había dicho a su entrañable amigo Urbano González que, «si hay que ir a nado, o nos fajamos con esos bichos o nos comen».
Le pregunté entonces que si tenía miedo, y sin el dejo tartamudo que lo acompañaba, me respondió como una ráfaga: «el único miedo que teníamos todos era a quedarnos en el barco, ni muerto me quedaba allí».
Recuerda que los peloteros fueron de los primeros en desembarcar, pues empezaban temprano a competir en los Juegos, «y a la guagua en la que nos trasladábamos le cayeron a piedra. Pero la respuesta nuestra fue ganar cada juego, y el público acabó reconociéndonos, para que los gusanos de Miami que fueron a San Juan, los agentes de la CIA y los asesinos de Batista que se fueron a vivir allí, se comieran los hígados».
Aseguró que «cada día teníamos que responder a diferentes agresiones, pero todas fracasaron ante el coraje y la decisión de los miembros de la delegación».
Sin embargo, se emocionó al rememorar los gestos de solidaridad que recibieron del pueblo boricua. «El movimiento independentista cerró fila con nosotros, los deportistas de esa bella Isla también, y los dominicanos, quienes nos dieron sus uniformes para salir al terreno porque los nuestros se demoraban en llegar por un montón de trabas en la aduana».
«Yo me siento orgulloso de haber sido uno más de esa comitiva que justamente se conoce como la Delegación de la Dignidad. Luego, en el regreso, casi llegando a Cuba, Fidel se subió al barco y compartió con nosotros. Ese fue el colofón del triunfo, pues él les ganó la pelea a los yanquis, que pretendían impedirnos que estuviéramos en esos Juegos, primero al negarnos las visas y después porque no permitían que ni barcos ni aviones cubanos nos llevaran hasta Puerto Rico».
Al cabo de los años, en 1984 Chávez era el director del equipo Cuba en el Campeonato Mundial en La Habana, «y otra vez Fidel me abrazó, al entregarme el trofeo de campeón. En ese instante, me sentí aún más orgulloso de la epopeya del Cerro Pelado y de la batalla que libramos Mundial de 1961».
Tiempo después guardaría en su noble corazón patriota el 18 de noviembre de 1999. «Inolvidable aquel juego entre Cuba y Venezuela, con los dos comandantes en el terreno, Hugo Chávez lanzando por Venezuela, y Fidel, dirigiendo al equipo Cuba».
¿Pero no era usted al director?
Yo dirigí y gané con Industriales y la selección nacional, pero ¿cómo se te ocurre que iba a dirigir al Comandante en Jefe? Servio Borges y yo éramos unos simples asesores, y unos privilegiados de aquella broma en la que Fidel disfrazó a los mejores peloteros cubanos para enfrentar a Chávez.
La lid de orbe de 1961, a la que se refiere el hombre que ganó una triple corona de bateo en la Liga de Pedro Betancourt, significó el primer título mundial del deporte revolucionario. En medio de aquel torneo, habían bombardeado los aeropuertos cubanos, y él pensó en su familia de Santiago de las Vegas, pues vivía muy cerca de la pista de la terminal aérea José Martí.
«Dijimos que estábamos dispuestos a cambiar los bates por los fusiles, pero desde la Patria, la dirección de la Revolución nos envió un mensaje que decía: “Milicianos al fusil, estudiantes al estudio, trabajadores al trabajo, peloteros a la pelota. Su misión allí es ganar". Imagínate, no había quien pudiera ganarnos un juego de pelota. Fíjate que en solo nueve juegos hicimos 128 carreras, 14 por cada partido, y solo permitimos 11».
«Nos dijeron que la Revolución había sido derrotada, que Fidel se había pegado un tiro, que Raúl estaba preso. En varias pancartas frente al hotel nos insultaban; nos conminaban a traicionar. Pero no dejamos un solo día de ir al terreno, y en cada partido, solo nos preocupaba hacerlo mejor para cumplir con la encomienda recibida».
Los peloteros, como en Girón ganaron, y lo hicieron invictos. «Aquella victoria en la Ciénaga de Zapata y el triunfo de nosotros en Costa Rica, y en 1966 la gesta del Cerro Pelado es lo más grande que me ha pasado en mi vida de revolucionario», me dijo Chávez hace cinco años.
Aunque hoy no puede hilvanar sus ideas como hace cinco años, en sus vivaces ojos claros, y en su cubano pecho habitan la misma convicción. Con Chávez, la pelota está de cumpleaños y Cuba también.
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