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Río de Janeiro.- TAL COMO se esperaba los Juegos Olímpicos inaugurados el pasado día 5 en esta ciudad ratifican lo difícil de brillar en la élite de un deporte cada vez más exigente y comercializado.
Derroche de tecnología, inversiones millonarias en materia de preparación, potencias bien identificadas e individualidades capaces de desafiar a favoritos son parte de un panorama igualmente marcado por abundancia de “nacionalizados”.
En medio de esa realidad Cuba se bate aquí con el orgullo de depender de hombres y mujeres nacidos y formados en la isla, frutos de un sistema al alcance de todos que jamás intentó comprar una medalla.
A diferencia de lo que sucede con buena parte de las nóminas inscritas, la embajada atlética llegada desde La Habana expone un sello totalmente autóctono, ajeno a cualquier transacción que le asegure estrellatos de otros.
Por el contrario, más de un rival, díganse competidores y técnicos, exponen acá los conocimientos adquiridos en un país pequeño capaz de alzarse como potencia del conocimiento.
Conscientes de lo que significan para su afición, los cubanos fieles a esta han asumido el reto con hidalguía, aunque no todos dejaran satisfacción y se impongan análisis posteriores.
Ese deseo de más hasta les ha impedido disfrutar a plenitud desempeños que habrían hecho felices a otros.
De ahí los ojos llorosos de la discóbola Denia Caballero ante un bronce que no validó todo el esfuerzo realizado, o la inconformidad de los voleibolistas de playa Sergio González y Nivaldo Díaz, aunque su llegada a cuartos de final devino hazaña aplaudida por todos.
Solo el decoro genera actitudes como la del gimnasta Manrique Larduet, empeñado en competir pese a la molestia que le sacó del concurso de máximos acumuladores, y quien lo dude pregunte al entrenador del grequista Yasmany Lugo.
Sabrá entonces que su plata de ayer estuvo marcada por dolores en los tobillos ante los cuales el atleta solo hizo un pedido: «Médico, ponga más esparadrapo».
Tal como dijera el presidente del INDER, Antonio Becali, poco antes de comenzar la justa, lo único que no ha faltado es «convicción de triunfo, entrega, compromiso y responsabilidad con la misión asumida».
En el espíritu de todos ha estado regalar alegrías al pueblo y a Fidel, cuyo cumpleaños también celebramos acá, e inmersos en esa voluntad se mantiene en alto la bandera durante la recta final.
Tras el “empujón” dorado de los gladiadores clásicos Ismael Borrero y Mijaín López, consolidado grande entre los grandes, la mira sigue puesta en otros saludos como el suyo: desde lo más alto del podio.
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