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Río de Janeiro.- LLEGÓ tan sencillo como es. Repartió abrazos, estrechones de manos y besos, y regaló esa sonrisa grande de cubano bueno.
Sus compañeros le esperaban orgullosos de la hazaña presenciada poco antes, pero él se mostró ajeno a la grandeza que le hace único como competidor, y recibió los elogios con la bondad de siempre, fomentada desde sus raíces.
Fue un encuentro emotivo, alegre, sencillo y poco protocolar, como sucede con cada bienvenida organizada en la villa atlética a los medallistas cubanos en los Juegos de la XXXI Olimpiada.
Palabras que resumieron el significado de esta tercera coronación, el reconocimiento del entrenador que le condujo en todas... y él negado a ceder un ápice de esa humildad con que despierta especial admiración.
Quizás por eso los aplausos proyectaron un mensaje peculiar cuando reconoció «el apoyo de ese pueblo que me dio la constancia necesaria para regalarle el alegrón que todos esperaban».
La fiereza de la estrella de la lucha grecorromana dio paso al hombre amable que le encarna sobre los colchones y Mijaín López agradeció una y otra vez, como si no fuéramos nosotros quienes tuviéramos que hacerlo.
Fue un privilegio verle triunfar y saludar desde el podio con gesto del soldado que declara «Misión cumplida» a su comandante.
Y estrecharle la mano después, cuando el guerrero imbatible volvió a ser un compatriota común desde esa carga de modestia que también merece la tríada dorada con que igualó hoy a otros imprescindibles como los boxeadores Teófilo y Savón.
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