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Río de Janeiro.- QUIZÁS la timidez en el uso de impresionantes tecnologías enalteció la jornada inaugural de los XXXI Juegos Olímpicos, y si de derroche se hablara fue precisamente el de sencillez el que más adornó ese mágico momento, por vez primera en una nación sudamericana.
Sabor brasileño y más que eso, latinoamericano, inundó el majestuoso estadio Maracaná, plaza líder del fútbol convertida en escenario del inicio de la fiesta deportiva más importante del mundo.
Por más de dos horas se apoderaron de la inmensa instalación la alegría, felicidad y armonía de los mejores deportistas del orbe en ambiente aderezado de melodías, ritmos, luces y colores que invitaba a soñar que es posible un mundo mejor, donde todos tengamos derechos a las bondades de la vida.
La apertura de la lid fue disfrutada por más de 70 mil espectadores a ritmo de samba, bossa nova y la legendaria Chica de Ipanema, porque arrancó lo que durante tres semanas será la antítesis de las guerras.
Es la convivencia fraternal de más de 10 mil personas procedentes de 206 países viviendo momentos mágicos que preceden a una "batalla campal" en varias disciplinas, pero por medallas y podios. No muertes, ni terror.
Emotivos los aplausos que tributaron los anfitriones a cada delegación, pero especialmente a los que integran el equipo de refugiados organizado por el Comité Olímpico Internacional, constancia de la necesidad de seguir educando a la humanidad por el bien de todos.
La arrancada de esta versión cuatrienal que por largo tiempo el pueblo brasileño ha venido preparando con esmero resultó un canto a la preservación de la naturaleza, a la diversidad, a la igualdad de cada país y de su gente, a las buenas voluntades y actitudes decorosas, un canto al mundo olímpico, sinónimo no solo de esfuerzo, rendimiento y entrega, sino también de valores espirituales.
Ojalá todo el universo hubiera podido ser espectador o disfrutara desde sus casas este pasaje indescriptible de un suceso que involucra junto a los protagonistas principales -los atletas- a tantas personas que sin dudas contribuirán a lo que tanto queremos y necesitamos: salvar nuestro planeta.
Río de Janeiro es ya la capital olímpica, y los cariocas y brasileños en general aprovechan la oportunidad para tributar toda su energía, pasión e idiosincrasia por el bien de la humanidad.
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