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La Habana.- PARA casi todos fue el mejor clavadista de la historia. Espectacular como pocos, estrenó las notas perfectas de 10 y labró una fecunda trayectoria que le vinculó para siempre a la historia olímpica.
Nacido en California en enero de 1960 mostró su estrella en los juegos de Montreal 1976, cuando apenas tenía 16 años y accedió a plata en la plataforma, solo superado por el italiano Klaus Dibiasi, un “monstruo” que entonces reinó por tercera ocasión.
El boicot de su país a Moscú 1980 le impidió responder a los pronósticos que le colocaban como claro favorito, pero la decepción pareció multiplicar sus fuerzas para los retos por venir. Llegó a Los Ángeles 1984 dispuesto a todo, ya dueño de tres de sus cinco títulos mundiales y cuatro de los seis panamericanos, y fue inmenso desde la plataforma y el trampolín. En el primero de esos eventos dominó sobre su compañero Bruce Kimball y en el trampolín de tres metros dejó en plata al chino Tan Liangde, también su víctima en Seúl 1988. En la principal urbe coreana igualmente frustró el sueño chino en la plataforma al aventajar a Xiong Ni en la disputa del cetro. Allí su actuación en el trampolín pasó a los libros antes de celebrar el triunfo, pues erró en una de las ejecuciones, se golpeó la cabeza y llegó desmayado al agua.
Una situación similar le había costado la vida poco antes a un saltador soviético, pero Louganis recibió asistencia médica y media hora después terminó la competición con el pase a la final. «La peor herida la ha sufrido mi orgullo», comentó más tarde el hombre que consiguió 47 cetros nacionales. Ningún clavadista besó de esa forma la gloria olímpica. Son varios los titulados más de una vez, pero solo él lo hizo en ambas modalidades en par de ediciones consecutivas. Graduado de artes dramáticas, galardonado con premios como el trofeo internacional Jesse Owens y exaltado a los salones de la fama del deporte olímpico estadounidense y la federación de natación, su vida motivó incluso a realizadores cinematográficos. Ya lejos de las piscinas, en 1994, declaró su homosexualidad y un año después aceptó ser seropositivo en su autobiografía “Rompiendo la superficie”, confesiones que provocaron disímiles reacciones a las que tuvo que sobreponerse. Enamorado de los perros, ha escrito libros sobre ellos y bautizado a varios de los suyos con nombres de la saga de Harry Potter. Sin desligarse de pasiones como el cine y el teatro, tampoco ha abandonado la fuente de sus mayores glorias: el clavados.
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