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AUNQUE son muchas las razones que sustentan su inclusión entre los mejores vallistas largos de todos los tiempos bastaría decir que celebró dos coronas olímpicas y cuatro récords mundiales.
Edwin Corley Moses nació el 31 de agosto de 1955 en Dayton, Ohio, Estados Unidos, y de acuerdo con varias reseñas su imagen infantil no llamaba a vaticinarle un buen futuro como atleta, pues era pequeño, débil y necesitaba gafas.
Por añadidura la familia le inclinó siempre más por la preparación académica, pero su estrella deportiva le alumbró a tiempo completo y ni las horas dedicadas a graduarse como ingeniero limitaron su encumbramiento competitivo.
Como suele suceder en su país, practicó fútbol americano y baloncesto antes de abrazar el atletismo, y una vez interesado en este miró primero hacia los 110 metros con vallas, aunque terminó rendido ante los encantos de la distancia mayor.
Apenas sumaba unas 20 carreras cuando asistió a los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 y ello le negó espacio entre los favoritos, pero él se burló de tal realidad y conquistó la cima con tope universal de 47.63 segundos.
Los incrédulos se negaban a aceptar que dejara segundo a su compañero de equipo Mike Shine (48,69) y sacara casi dos segundos al soviético Yevgeny Gavrilenko (49,45), quien completó las visitas al podio.
Pero esas hazañas fueron solo el comienzo de su posterior tuteo a la gloria, esculpido a base de una técnica de 13 pasos entre cada obstáculo que los expertos calificaban de «cercana a la perfección».
Fue el resultado de una dedicación permanente, iniciada desde sus años de estudiante universitario, y le abrió las puertas a otras tres supremacías del orbe, hasta fijarla en 47,02 segundos.
Un año después de dorarse bajo los cinco aros en suelo canadiense ganó la Copa del Mundo organizada en Düsseldorf, Alemania, donde tomó desquite del local Harold Smith, plata en Múnich 1972, y se llevó el primero de sus tres premios de ese tipo.
Entonces inauguró una imbatibilidad extendida hasta junio de 1987. Nueve años, nueve meses y nueve días le vieron cosechar 122 triunfos consecutivos, 107 de ellos en finales, considerado récord absoluto de todos los tiempos.
Su historia dorada incluyó otro capítulo de lujo en la fiesta cuatrienal de Los Ángeles 1984, y pudo ser mejor, pero el boicot decretado por Estados unidos le impidió concursar en la de Moscú 1980.
A tono con aquello de que «los años no pasan por gusto», necesitó conformarse con bronce en Seúl 1988, pero ya no necesitaba más para pertenecer a los “inmortales”.
«Una vuelta de honor, emocionante y merecida, entre una tremenda salva de aplausos, enmarcó brillantemente el adiós de un auténtico fenómeno, que lo ganó casi todo y que fue un constante ejemplo para el deporte mundial», reseñó el colega José Moneo sobre su despedida en el estadio sudcoreano.
Más tarde apostó por el bobsleigh, una disciplina de invierno, y en 1990 alcanzó un metal bronceado en la Copa del Mundo de Winterburg, Alemania, junto a su compatriota Brian Shimer, pero su labor fundamental abarcó otros frentes.
«Nosotros vimos cumplidos nuestros sueños en el desempeño de nuestra profesión y esta es una oportunidad de devolver todo este cariño y esta confianza a la sociedad a través de este proyecto», ha dicho sobre su labor con la Fundación Laureus.
«El Deporte es una de las herramientas que tenemos para mejorar la vida de las personas como la música, el arte, etc.», sentenció también. bystolic free trial coupon go bystolic coupons for free lilly coupons for cialis go prescription drug cards
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