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La Habana.- SE SABE que el tiempo es implacable, pero hay acciones y momentos grabados en la memoria de quienes los vivieron como protagonistas excepcionales de entrega y dignidad desde las filas del movimiento deportivo cubano.
Medio siglo no ha borrado la épica batalla librada por la delegación asistente a los X Juegos Centroamericanos y del Caribe, celebrados en San Juan, Puerto Rico, confirmación de que la Revolución había convertido al deporte en derecho del pueblo y defendería su libertad de competir internacionalmente.
Fue la primera gran demostración de la fortaleza y perspectivas en este frente, y ejemplo indeleble de amor a la patria legado para las siguientes generaciones.
Los juegos del Cerro Pelado, como se les llamó por el nombre del buque mercante utilizado para el traslado, fueron considerados por el Comandante en Jefe Fidel Castro como un Girón Deportivo por el espíritu, disciplina, calidad y valor exhibido por aquellos hombres y mujeres que desafiaron todo tipo de artimañas del imperialismo yanqui.
Las maniobras comenzaron con el intento de impedir su presencia en la capital boricua a partir de la negativa de visas por parte del Departamento de Estado norteamericano, pero se alzó la voz de denuncia contra ese atentado a los reglamentos olímpicos y quedó expresada la decisión de intervenir en la lid convocada del 11 al 25 de junio.
Autorizaron la entrada, pero no el permiso para llegar a suelo boricua con transporte propio, aéreo o marítimo, y ello fue respondido con el acondicionamiento del Cerro Pelado en Santiago de Cuba, donde se le crearon las condiciones elementales, pensando incluso, en usarlo como lugar de alojamiento permanente si hubiera sido necesario.
Ladislao Onelio Pino, uno de los timoneles del histórico yate Granma que condujo desde México a los 82 expedicionarios al reinicio de la lucha armada contra la dictadura de Fulgencio Batista, tuvo el honor, una década después, de capitanear ese buque con otra carga plagada de heroísmo.
Todos conocieron de los riesgos que correrían y de las provocaciones y agresiones de que serían objeto en Puerto Rico, pero ningún miembro de la delegación vaciló.
Prueba de entereza y unidad repetida en cada instalación donde los cubanos rechazaron todo tipo de embates para dominar en béisbol, polo acuático, lucha, atletismo, esgrima y voleibol, los tres últimos en ambos sexos.
Sumaron 35 medallas de oro, 19 de plata y 24 de bronce, solo aventajados por México, pero última vez en la historia de estos certámenes en que Cuba no escaló a lo más alto.
ANÉCDOTAS DEL HISTÓRICO VIAJE
El Doctor en Ciencias Pedagógicas José Antonio Díaz fue uno de los participantes en aquella epopeya.
Ganó el título individual en espada, y ya había concursado en la versión de Kingston, Jamaica, cuatro años antes, donde vivió las primeras agresiones físicas organizadas por de la gusanera.
Profesor de la Universidad de las Ciencias de la Cultura Física y el Deporte Manuel Fajardo, es autor de los libros “De Jamaica a Puerto Rico. Mis vivencias” y “Cerro Pelado, delegación de la Dignidad”, ese último junto a Fabio Ruiz, ex dirigente deportivo ya fallecido.
Ambos rinden homenaje a quienes defendieron su bandera en condiciones extremadamente desventajosas, y a las nuevas generaciones, llamadas a inspirarse en esas páginas doradas que reviven sus propios protagonistas a base de anécdotas y recuerdos que evidencian la burda intención de detener un movimiento deportivo que ya se consolidaba a pocos años del triunfo revolucionario de 1959.
En la obra quedaron plasmadas las impresiones de muchos de los que allí estuvieron, algunas traídas ahora como homenaje de un hecho que marcó al deporte cubano:
Lázaro Betancourt (atletismo): En 1966 ya había pasado el ataque a Playa Girón (1961) y la Crisis de Octubre (1962), y en esos dos años el mundo vio de lo que era capaz el pueblo cubano, del que forman parte los deportistas, quienes además de entrenar íbamos a picar caña, a trabajos voluntarios y otras movilizaciones, todo lo cual fue formando valores en quienes después asistimos a aquellos juegos.
Hermes Ramírez (atletismo): Salimos de La Habana y aterrizamos en Camagüey, estuvimos una noche y al día siguiente volamos a Santiago de Cuba y nos llevaron hacia el muelle y ahí vimos el Cerro Pelado, preparado para viajar.
Margarita Skeet (baloncesto): Entrenábamos en el barco, y a unas pocas millas del puerto nos dijeron que no podíamos desembarcar. Durante toda la travesía tuvimos el acecho de lanchas y aviones sobrevolándonos, lanzando propaganda incitadora para que nos quedáramos, pero dimos ejemplo de patriotismo.
Miguelina Cobián (atletismo): No puedo hablar mucho sobre la travesía, me la pasé en cama, subía a entrenar y para el camarote de nuevo, perdí cantidad de peso. El desembarco fue difícil, la escalera chocaba contra el barco y cuando el remolcador venía de rebote había que saltar a su cubierta. Ya se había caído un tripulante al agua entre las dos embarcaciones, y con el choque entre ambas y los tiburones, corrió tremendo peligro.
Enrique Figuerola (atletismo): Los enemigos trataron de impedir nuestra participación, pero el Cerro Pelado marcó un hito en el desarrollo de nuestro movimiento deportivo. Cuba logró a partir de esta justa llegar a ser una potencia deportiva.
Teodoro Pérez (baloncesto): El equipo masculino acompañaba al femenino de baloncesto debido a las provocaciones y los incidentes. Este fue el primer grupo que bajó en el trasbordador y participa en el desfile inaugural. La trascendencia del Cerro Pelado fue la reafirmación de lo que sucedió en Jamaica y lo que es el deportista cubano.
Pedro Chávez (béisbol): En la travesía miraba a los tiburones y le decía a Urbano González, «Si hay que tirarse aquí, vamos a quedar pocos». La travesía fue muy bonita. Cuando dijeron que confiscarían el barco Llanusa tomó la decisión de quedarnos en alta mar, vinieron los dirigentes de Puerto Rico y pudimos desembarcar, unos primeros y otros más tarde en lanchones grandísimos en medio de un peligro tremendo, la escalera se movía, y sobre todo fue difícil para las mujeres.
Juan “Coco” Gómez (béisbol): Hubo un barullo (otra provocación), la Villa tiene un gobernador y como es lógico a la parte nuestra la seguridad no le daba garantía, la protección a los atletas la hacíamos los entrenadores. Llanusa le dijo al gobernador que el nuestro era Jorge García Bango, y en lo adelante mandábamos de forma total en el área nuestra. Llanusa tuvo una tremenda actividad, recuerdo días de llevarle el almuerzo a la habitación pues le tenían preparado un atentado, él revolucionó aquello, fue tremendo.
Alcides Sagarra (boxeo): Tuvimos que vencer situaciones sobre todo con la gusanera que se encubría para atosigar a la delegación, pero tratábamos de evitar que los muchachos se fajaran para que se cuidaran las manos. La actitud de la delegación fue un ejemplo de cubanía, patriotismo y defensa de los derechos; deben conocerlo los más jóvenes, así saben los métodos que se utilizaron para derrotar las patrañas del enemigo.
Luis Gaínza (ciclismo): El entrenamiento en el barco lo hacíamos sobre rodillos, recuerdo a Sergio Martínez, que ya había ganado tres Vueltas al país, y que en Camagüey nos encontramos con Alicia Alonso, quien cuando nos vio dijo «Mira a “Pipián”, lo conocen más en Cuba que a mí». Tampoco olvido a Reinaldo Paseiro, muy meticuloso, como todas las maletas eran de color azul nos entregó esparadrapo para identificarlas con el nombre y el deporte, y por eso fuimos los primeros en montar al Cerro Pelado cuando llegamos a Santiago de Cuba, también de regreso porque a medida que terminaban las competencias íbamos para el barco.
Vicente Osorio (pesas): Debo resaltar el protagonismo de Llanusa en cuanto a la delegación, en toda su preparación, siendo ministro, sirviendo al personal con un cucharón el potaje, preocupándose por todos, creo que fue meritorio. Al volver al barco había que meterse en la jaula que se debió preparar para poder subir, en el último grupo subió él y recuerdo que estábamos todos allí y lo cargamos, fue un momento muy emocionante. En la noche se vieron luces que hacían señas y unas embarcaciones, eran unidades de la Marina de Guerra Revolucionaria, tres cazasubmarinos que vinieron a escoltarnos en la travesía de regreso.
Gustavo Rollé (lucha): Se jugó una estrategia muy importante, los americanos nos negaron las visas y nuestro gobierno revolucionario comenzó a trazar sus pautas, cómo debíamos partir a Puerto Rico con la decisión de competir y ganar. Destacada la actitud de Llanusa, y como es lógico la experiencia y las indicaciones del Comandante en Jefe Fidel. El pueblo puertorriqueño nos recibió bien, lo que había una cantidad de guardias y marines, y muchos gusanos... Era terrible, pero la verdad es que estábamos decididos a cualquier cosa, hasta si a nado había que llegar, aunque no todos sabían.
Javier Campos (lucha): Cuando estábamos en el calentamiento en la Villa Olímpica, la rodeaban de autos de todo tipo con mujeres sentadas en el capó abanicándose con dólares y llamándonos. En el entrenamiento en la Universidad también nos trataban de comprar ofreciéndonos de todo, y en los baños de la instalación de competencia igual agredieron a compañeros y chiflaban cuando tocaban nuestro himno nacional, así que tuvimos que ajustar cuentas.
EL REGRESO
El atardecer del 23 de junio marcó el regreso a la patria. El Comandante los sorprendió en alta mar, en medio de un fuerte oleaje, provocando un momento excepcional para todos.
Subió, saludó, conversó e hizo preguntas, aunque estuvo al tanto de cada detalle desde antes de la partida a Puerto Rico.
Los acompañó hasta el puerto de Santiago de Cuba, donde la delegación encontró el mar lleno de flores lanzadas desde helicópteros, al tiempo que los barcos y centros de trabajo accionaban sus sirenas y el pueblo esperaba al ritmo de la tradicional conga y su corneta china.
El recibimiento se extendió al otro día por toda la isla hasta la capital, pues el tren se detenía en las cabeceras provinciales y en el trayecto los campesinos se unieron al festín como demostración de cariño y admiración por tenerlos en casa sanos y victoriosos.
Fidel volvió a unírseles desde el poblado de Campo Florido, a unos kilómetros de la llegada, y ya en La Habana las emociones se mezclaron con la lluvia y el líder de la Revolución los invitó a una recepción en el hotel Habana Libre y a la recién inaugurada heladería Coppelia.
El último pero no menos inolvidable pasaje llegó el 29 de junio con el pueblo vitoreando en un repleto estadio Latinoamericano que le vio desfilar en un emotivo espectáculo clausurado por el propio Fidel sin que importaran las inclemencias del tiempo.
Allí elogió lo alto que la delegación puso el nombre de la patria, el deporte y su concepto revolucionario, la emoción, el interés y el entusiasmo despertados en el pueblo, y la lección dada a los enemigos.
«El deporte se incrementará aún más, las actividades deportivas se incrementarán, porque en verdad que este ha sido un evento histórico, una página brillante para el deporte en nuestro país», sentenció.
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