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LOS ANHELOS acumulados por México desde finales de la década de los 40 se hicieron realidad con su elección como sede de los XIX Juegos Olímpicos, aunque la elevada altitud de esa urbe (2300 m) provocó no pocas preocupaciones.
Los organizadores tuvieron que celebrar tres semanas preolímpicas en los años precedentes para demostrar que el rendimiento atlético no sufre si es respaldado por una buena preparación.
La cita se celebró del 12 al 27 de octubre de 1968 con la mayor cifra de participantes conseguida hasta entonces, pues estos sumaron 5 516 (178 más que en Roma 1960) que concursaron en 172 pruebas de 20 deportes.
Fue el primer certamen olímpico llegado a Latinoamérica y el número tres en el continente americano, ya que Estados Unidos había albergado las versiones de San Luis 1904 y Los Ángeles 1932.
La altitud de la capital mexicana demostró su ventaja para los eventos “explosivos” de distancias cortas -carreras, saltos, lanzamientos y levantamiento de pesas-, requeridos de un breve pero intenso esfuerzo.
El panorama no fue igual para los de resistencia, dígase de larga y media distancias, incluidos los de la natación y el ciclismo, aunque la justa mejoró varios indicadores en los anales del olimpismo.
Para Cuba representó sumar cuatro medallas de plata a su saldo histórico, una de ellas por intermedio del relevo corto para hombres integrado por Pablo Montes, Hermes Ramírez, Juan Morales y Enrique Figuerola, quien en Tokio 1964 había abierto el medallero del movimiento deportivo revolucionario con una presea de igual color en los 100 metros.
Sus compañeras Miguelina Cobián, Fulgencia Romay, Marlene Elejalde y Violeta Quesada también fueron subcampeonas en la posta 4x100 para convertir el 20 de octubre en fecha de hazañas.
Seis días después Enrique Regüeiferos (63,5 kg) y Rolando Garbey (71) aportaron las otras dos, pasadas a los libros como las primeras del boxeo y celebradas por una delegación de 125 competidores, incluidas 16 mujeres.
A propósito de las damas, este certamen las vio estrenarse en el encendido del pebetero, privilegio reservado a la vallista anfitriona Enriqueta Basilio de Sotelo, quien arrancó aplausos en una ceremonia inaugural donde su compatriota Pablo Garrido, también de atletismo, enunció el Juramento.
Ante unos 100 mil espectadores congregados en el Estadio Olímpico Universitario, diez mil palomas fueron liberadas como un símbolo de paz, a la vez que el tablero electrónico dejaba ver la frase: “Ofrecemos y deseamos la amistad con todos los pueblos de la tierra”.
Una de las marcas más memorables llevó el nombre del saltador de longitud estadounidense Bob Beamon, llegado a 8.90 metros que perdurarían 22 años.
Su compatriota Wyomia Tyus se convirtió en la primera doble triunfadora en los 100 metros al reeditar la alegría vivida en Tokio 1964, y el soviético Volodymyr Golubnichiy repitió la corona de los 20 kilómetros marcha alcanzada en Roma 1960.
El también estadounidense Dick Fosbury dominó el salto de altura masculino con un nuevo estilo, ahora conocido como “Fosbury Flop”, y debutaron la prueba de dopaje y género para los ganadores, material sintético (tartán) en la pista, pértigas de fibra de vidrio y cronometraje electrónico para todos los deportes que lo requerían.
Entre las imágenes más sobrecogedoras de aquel encuentro estuvo la de Tommie Smith y John Carlos, oro y bronce en los 200 metros, respectivamente, levantando sus puños con guantes negros y bajando las cabezas cuando se escuchó el himno estadounidense.
El gesto convirtió el podio en tribuna política en protesta por la discriminación racial y les costó la expulsión de la villa.
Las heroínas de aquella lid cuatrienal fueron lideradas por la checa Vera Cáslavská, quien conquistó cuatro medallas de oro y dos de plata, superando los tres títulos y una plata de Tokio en la gimnasia artística.,
En ese deporte sobresalieron por los hombres los japoneses Akinori Nakayama, con cuatro doradas, y Sawao Kato, máximo acumulador. aspiration abortion cost open how to get the abortion pill
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