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EN 1894 la conferencia de París dejó sentadas las bases del Movimiento Olímpico y el Barón Pierre de Coubertin propuso que el rescate de los juegos de la Grecia clásica aconteciera allí seis años después.
Su propósito era hacer coincidir ese acontecimiento con la Exposición Universal convocada para la capital francesa, pero la tendencia de adelantarlo en la propia Atenas terminó por ser realidad entre el 6 y el 15 de abril de 1896.
La crisis económica imperante en la nación helénica y el rechazo de su jefe de Gobierno, Tricoupus, cedieron a la exaltación patriótica alentada desde la oposición política, el apoyo de la familia real y la aportación del financiero George Aeroff, quien donó un millón de dracmas.
La fecha inicial se convirtió en fiesta de pueblo. Cuentan los historiadores que numerosos grupos musicales se apoderaron de las calles capitalinas desde el amanecer, a la espera de que el estadio abriera sus puertas.
Sucedió al mediodía, y tres horas después el rey Jorge I declaró inaugurada la primera Olimpiada de la era moderna.
Los concursantes sumaron 241, todos hombres en representación de 14 países, hubo actividad en nueve deportes y un escenario se robó el show: el Panathenaico, renacido en mármol desde el original edificado por Licurgo 350 años antes de Cristo.
Más de 70 mil espectadores presenciaron allí la ceremonia de apertura y otros 150 mil lo hicieron desde los montes cercanos como expresión del interés por una lid con acciones en atletismo, ciclismo, esgrima, gimnasia, levantamiento de pesas, lucha grecorromana, natación, tenis y tiro.
Como es lógico imaginar Grecia contó con la delegación más numerosa, compuesta por unos 169 miembros, y según varias fuentes Alemania asistió con 19, Estados Unidos con 14 y Francia con 13.
Un dato curioso: uno de los 10 registrados por Gran Bretaña era australiano y otros dos, ambos en ciclismo, trabajadores de su embajada en Atenas.
El pedalista francés Paul Masson y los gimnastas germanos Hermann Weingärtner y Alfred Flatow pasaron a los libros como dueños de tres cetros, pero el héroe de la justa resultó el local Spiridon Louis.
Tenía solo 18 años, había sido pastor, panadero, albañil y cartero, y lideró la maratón con tiempo de 2:58.50 horas para provocar el delirio en la afición que alentó durante todo el trayecto.
Su éxito tuvo un significado simbólico, porque Coubertin puso especial interés en esa prueba como homenaje a la hazaña de Filípides, el hombre que corrió para hacer saber el triunfo de los ejércitos helenos sobre los invasores persas en la batalla de la explanada de Maratón.
«Alegraos, hemos vencido», alcanzó a decir antes de fallecer, ya cumplida su misión.
Las reseñas mencionan igualmente que la natación se celebró en el mar, y asignan al maratonista griego Velokas la fea condición del gran tramposo del certamen, donde perdió el tercer puesto por subirse a un carromato durante algunos tramos.
Estados Unidos (11-7-2), Grecia (10-17-19) y Alemania (6-5-2) encabezaron el reparto de premios, aunque no hubo preseas de oro, considerado un metal expresión de lucro.
Los ganadores las recibieron de plata, junto a una rama de olivo y un diploma, para los subtitulares fueron de cobre, complementadas de igual forma, y a los dueños de terceros lugares no les fue otorgada medalla alguna.
Pero más allá de cualquier detalle la trascendencia de aquel encuentro estuvo en su realización misma, tanto que marcó un regreso apenas interrumpido tres veces hasta hoy. bystolic free trial coupon bystolic coupons for free
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