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Guayaquil.- HAY ciudades que se dejan sentir desde el primer paso que das sobre su tierra. Se sienten en el calor que desprende el asfalto y se pega a la piel como un abrazo asfixiante, en sus olores, en la cordialidad de su gente.
Pero la llamada “Perla del Pacífico” tiene otras formas más suyas de hacerse notar.
El rumor del río Guayas es quizás la más relevante de todas.
Hablamos de un coloso de agua dulce que nace en las faldas del Chimborazo —el punto más lejano del centro de la tierra— con una cuenca más de 53 mil kilómetros cuadrados, para terminar en un abrazo con el océano Pacífico.
Los guayaquileños saben la envidia que despiertan con su río y lo celebran, pues cruzar los puentes que conectan la ciudad con Samborondón y Durán, con el sol en su punto más alto, es privilegio de pocos.
Custodiando el Guayas se encuentra el Malecón 2000, motivo de orgullo de la metrópoli. Jardines y miradores, hacen del espacio un lugar de visita obligada para quienes llegan a este lado del país sudamericano.
Guayaquil es también la capital del cacao fino de aroma. Su historia con este cultivo se remonta a más de 400 años, cuando desde el puerto zarpaban barcos cargados de este tesoro hacia Acapulco y Callao, con destino final en España.
En el siglo XIX, Ecuador se convirtió en el mayor exportador mundial de cacao, y es de aquella época de la que provienen la arquitectura y las tendencias europeas que todavía se reflejan en sus edificios.
Y si esta urbe tiene un alma, esa es el pasillo. Aunque en la sierra ecuatoriana este género suena melancólico, en el litoral, especialmente en Guayaquil, se vuelve rítmico y bailable.
Se trata de la música de las generaciones más adultas, pero también de los jóvenes, lo que ha hecho posible que el paso a la inmortalidad del contagioso ritmo.
Guayaquil es todo eso y más. Los cubanos que han puesto un pie en esta tierra para competir en los VI Juegos Panamericanos de la Juventud Sorda, encontraron una ciudad que los abraza y una historia que, de alguna manera, también los incluye.
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