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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación (INDER)
Argentina se cita con la historia para doblegar a Inglaterra

Remontó un partido trepidante y jugará la final del mundial de fútbol ante España.


Por: Raul Hernández Lima
(raul.hernandez@inder.gob.cu)
jueves, 16 de julio de 2026 10:28 AM



Foto: Tomada de internet

La Habana.- EN ATLANTA se respiraba un aire distinto, un vapor cuajado de tensión, con un tufo a medio cocinar entre el desquite y la reafirmación. Se jugaba más que fútbol, o por lo menos uno más áspero y táctico que el que España y Francia desplegaron un día antes.

Argentina e Inglaterra parecían perseguir un mismo fin que sus antecesores, el de la final, o eso aparentaban, porque en el aire flotaban dos batallas: una en el césped y otra fuera, contra el eco de la historia.

Era la revancha de aquella épica de 1986, pero en un escenario distinto. Y Argentina, como hace 180 años en la Batalla de la Vuelta del Obligado, encontró un rival que le impuso resistir. Las cadenas esta vez, como aquellas que cruzaban el Paraná, no aseguraron un éxito inapelable, pero sí emularon la resistencia de un conjunto que defendía algo más que la portería: su orgullo.

Al término del primer tiempo, sin goles en el marcador y con más roce que claridad, venían a la mente dos valoraciones, una inmediatamente detrás de la otra. La primera apuntaba, con crudeza, al poco fútbol desplegado por ambos bandos, a un exceso de precaución que empobrecía el espectáculo y convertía la media en un campo minado.

La segunda, más profunda y quizá más certera, recordaba que a falta de lo primero sobraban otras cosas, como la historia misma, que en ocasiones escribe sus mejores páginas con sacrificio y sin adornos. No hacía falta brillar; sino sobrevivir, morder el polvo si era necesario, para llegar con vida al momento decisivo. Acaso la especialidad de la casa de los Albicelestes.

Inglaterra golpeó primero. Gordon capitalizó la ventaja inglesa al minuto 54, con un remate que heló el alma argentina. Sin embargo, la victoria demandaba otros atributos que los europeos no encontraron. O no tenían.

No estaba Diego para echar una mano, ni para dejar en el camino tirado a tanto inglés cuando entró Nico O'Reilly y transmitió el mensaje de Tuchel —ese pusilánime five-four-one—, que indicaba el repliegue de los ingleses, la misma señal de soportar que les dio resultados ante México y Noruega. Pero en esta oportunidad el del frente tenía tres estrellas en el pecho y los pantalones hinchados.

Porque Argentina, por encima de cualquier carencia en lo físico se presenta tremendamente competitiva, un dogma que trasciende tácticas y esquemas. Sabe sufrir, lo lleva como marca en el grupo sanguíneo, y cada vez que el rival aprieta, encuentra una reserva de coraje que desequilibra cualquier balanza.

La afición, cómplice de la épica, se vuelve a ilusionar cada cuatro años precisamente porque su equipo juega también desde la emoción, desde el pecho y la garganta. Tienen más corazón que fútbol, y vaya si tienen fútbol; pero cuando las piernas pesan y el aire falta, aflora la épica como el motor invisible que empuja el balón hacia el arco contrario, y convierte cada embestida en una declaración de principios.

Sin Diego, y ante la pulcritud odiosa del VAR, tenían a Messi. El 10 arrastraba marcas, generaba espacios y dejaba libre a otro compañero, porque este deporte es de once, y los generales no van solos a la batalla. También cuentan con Enzo Fernández, que probó una vez, por fuera; otra más, se encontró con Pickford; y a la tercera, con la paciencia de un francotirador, la mandó al fondo de las redes. A falta de cinco minutos, el empate devolvió la fe al estadio.

Y estaba McAllister, que sufrió el caprichoso deseo de la pelota de encontrar el palo en lugar del gol, negándole la gloria inmediata. El destino tenía otros planes y otro nombre: el de Lautaro Martínez, el más listo de la clase, que sabe estar y hacerse notar. Y le bastó al Toro un cabezazo perfecto, con asistencia magistral de Messi, para desparramar a los ingleses con sus propias armas, así como el acero esparcido en las angostas orillas del Río Paraná vino de allí para provecho de los de este lado.

La defensa inglesa demandó el asedio como único argumento. Y la prisa, en lugar de congelar a la Albiceleste, sacó lo mejor de ellos, sin renunciar a la clase y al pundonor. En esa también ganaron los suramericanos y le enseñaron el error a quienes confunden la dignidad con un pedazo de roca en el medio del mar.

Los tricampeones dieron una lección de fútbol y de mucho más: de valor, de orgullo, y de otras cosas que no caben en palabras, ni en renuncias maquilladas de "esto es solo fútbol". Porque en Dallas no solo jugaban un partido; se reivindicó la memoria.

Argentina quiere otro Mundial, y lo tiene a tiro en la final, que será ante España, en unos días. Ahora toca celebrar, y llenar el Obelisco de Buenos Aires de vítores, y a toda América.

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