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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación (INDER)
ANIVERSARIO 60 DEL CERRO PELADO
Jamás faltaría al compromiso con la Patria

El abanderado de la Delegación de la Dignidad dice que vivimos días similares a los de San Juan 1966, "pero como entonces, venceremos".


Oscar Sánchez Serra
jueves, 11 de junio de 2026 02:25 AM



Figuerola, frente a los recuerdos de San Juan 1966. Foto: Roberto Morejón

La Habana. - NO PODÍA ser de otra manera, él nació y creció en uno de los embriones de la nacionalidad cubana. Enrique Figuerola Camué, de Los Hoyos, en Santiago de Cuba, tiene en sus genes la Revolución.

En los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966, en los que Cuba compitió en el terreno de la emulación pacífica y combatió en defensa de los derechos de la Patria, el Fígaro como lo llaman sus amigos, fue el abanderado de la delegación.

¿No le preocupaba la intención de que le quitarán la bandera? Ese era uno de los planes de los grupos de exiliados en Estados Unidos y allí mismo en Puerto Rico.

Yo estaba preparado para ganar en la pista y en la defensa de mi Patria y de mi bandera. No solo llegué a San Juan como subcampeón olímpico, lo hice también después de participar en las trincheras durante la Crisis de Octubre. Había que matarme para que me la arrebataran.

Nuestra delegación, ante la negativa de desembarcar en la capital boricua, estaba dispuesta a entrar a nado, en aguas rodeada de tiburones. Si no nos preocupaban esas bestias, que miedo le íbamos a tener a un apátrida.

Fíjate que hubo un intento en el baloncesto de bajar la bandera del mástil y subir una de la entonces URSS. Nuestros jugadores le dieron su merecido a quienes intentaron la afrenta, y trajeron el pabellón de la Unión Soviética para Cuba.

¿A 60 años de la gesta de la Delegación de la Dignidad qué es lo que le sigue marcando de aquellos días de junio de 1966?

La fidelidad de mis compañeras y compañeros; la convicción de que competiríamos en Puerto Rico, pese a todas las patrañas del gobierno de Estados Unidos y del odio de quienes habían salido de Cuba después del triunfo de la Revolución. Pero me marcó muchísimo la entereza de José Llanusa Gobel, en aquel momento presidente del Inder, al frente de la delegación, y la fe en la victoria de nuestro Comandante en Jefe.

En San Juan 1966 comenzó emerger la potencia deportiva que es Cuba; luego de aquellos Juegos nuestro país adquirió un nombre en la arena deportiva internacional. Pero, sobre todo, tras aquella epopeya el deporte pasó a ser una de las expresiones más clara de los principios de la Revolución.

Porque allí, con aviones estadounidenses sobrevolando el barco Cerro Pelado, con amenazas de los buques de Estados Unidos, y con los vaivenes de altamar entrenamos para vencer en las competencias y estuvimos dispuestos a hacerlo también ante cualquier agresión. No fuimos nosotros los que politizamos el deporte, los que lo hicieron fueron el imperio y sus lacayos, tratando de negarnos el derecho a participar en San Juan. Creo que le temían al ejemplo de Cuba.

Fidel se subió al barco poco antes de llegar a las costas cubanas. Usted ha dicho que fue un momento inolvidable.

Yo me levanto muchas noches con esa imagen en mis sueños. En cuanto vimos la embarcación que se acercaba supimos que era él, incluso nos dijeron que la condujo hasta el Cerro Pelado.

Fue el colofón de la victoria, la verdadera medalla de oro de la delegación. El compartió con cada equipo, con cada uno de los atletas, medallistas o no. El sentía que todos habíamos triunfado en una misión peligrosa. Se veía orgulloso y feliz.

Se dice que, en el orden deportivo, un medallista de plata olímpico como usted fue allí a pasear la distancia.

De eso nada, está claro que yo venía precedido del segundo lugar en Tokio 1964. Pero en la final habían muy buenos velocistas, como el trinitario Edwin Roberts, quien con su 10.3 segundos hizo que yo repitiera el 10.2 de la capital japonesa.

Dice Rodolfo Puente, campeón mundial ocho veces, que en usted se perdió un gran pelotero.

Cómo casi todos los cubanos, amo al beisbol. Fue lo que primero practiqué, jugaba en el campo corto, como lo hizo Puente, y parece que no era malo, porque estuve a punto de que el club profesional Almendares me contratara.

¿Y qué pasó?

No lo hice por respeto a mi padre, él quería que yo estudiara, que no me dedicara a la pelota.

Pero Alberto Figuerola Ramírez vivió orgulloso de su carrera deportiva.

Él no era un extremista, pero sí muy exigente; su ejemplo y su humildad me han guiado hasta ahora. Me apoyó en mis estudios como técnico en electricidad industrial y muchísimo como deportista. A él y a mi madre, Berta Camué Cisneros, que era una modista, les debo el hombre que soy.

¿Cuánto de Los Hoyos llevó a San Juan 1966?

Todo, yo siento un orgullo inmenso de ser de ese barrio. Me dio, y lo llevo conmigo, sus raíces africanas, franco haitianas; la bravura de su gente, la singularidad de nacer en la misma comunidad que lo hicieron Guillermo Moncada, Quintín Bandera; donde vi la casa de los Maceos, la de los País García.

Allí se respiraba, y se respira, el sentimiento revolucionario. Supe por los libros que el propio Moncada, antes de hacerse mambí, era un miembro de la conga de Los Hoyos, y que al conducirla se le escuchaba burlarse de los colonizadores españoles entonando el estribillo "Choncholí se va pa el monte. Cógelo que se te va".

Por eso te decía que nadie podía quitarme la bandera, que yo estaba preparado para todo. Por mi sangre corre la de los patriotas de Los Hoyos. No sabes cuánta alegría sentí el día que me hicieron Hijo Ilustre de allí, igual que del Cerro, donde vivo ahora.

¿Se imaginó alguna vez ser el deportista que fue, ser el abanderado de aquella delegación que tanto conmovió al pueblo cubano?

Quizá el haber nacido en Santiago de Cuba, unido a mis cualidades biogenéticas y a que mis actividades desde niño eran montar bicicleta, patinar, jugar a la pelota con mis amigos de Los Hoyos, en una ciudad cuya configuración está llena de elevaciones contribuyeron a desarrollar mis condiciones atléticas para la velocidad.

Tuve la suerte, porque en aquella época no había rigor y mucho menos interés en un negrito como yo, de tener profesores de Educación Física que vieron mis atributos para correr.

Uno de ellos, José del Cabo Lesseps, quien también era entrenador de atletismo me dijo: "qué lástima que tú seas pelotero". Él me llevó a la pista, es mi verdadero descubridor, luego el polaco Vladimir Puzzio pulió el talento que Pepé vio en mí

Usted es una personalidad del deporte, un campeón, Doctor Honoris Causa de la Universidad de la Cultura Física, es un hombre famoso. ¿Cómo ha llevado la fama?

No me interesa la fama, jamás he pensado en ella. Sí, me siento orgulloso de lo que he podido hacer; pero jamás me embriagó el triunfo, pues he tenido claro que todo lo que logré es obra de mi pueblo, de su esfuerzo, de su heroica lucha; de ese pueblo recibí, y aún recibo, su aliento y su estímulo en cada momento de mi carrera deportiva.

Por supuesto que disfruté saberme su representante, y eso me impulsó para estar a su altura. Ser santiaguero y haber puesto en alto el nombre del lugar donde nací es mi mayor triunfo. Así que el famoso no soy yo, es el pueblo de Cuba.

Está a punto de cumplir 88 años, el 15 de julio, y ha bajado la escalera de su casa como un felino. ¿Sigue entrenando?

Yo siempre estoy listo para el combate. Hoy vivimos días muy parecidos a los del Cerro Pelado en 1966 y, aunque queremos la paz, estamos listos para defenderla como lo hicimos entonces en San Juan.

Enrique Figuerola Camué sigue llevando la bandera, ella vive en su pecho de hombre humilde; y cuando habla de Fidel, el brillo de sus ojos no puede ocultar su emoción.

«Fue como mi segundo padre, se relacionó tanto conmigo que llegamos a analizar juntos las estrategias a seguir en mis carreras. Se preocupó por el desarrollo del deporte como derecho del pueblo, y nuestras competencias las seguía y las vivías, cual si fuera el quien estuviera corriendo».

Escribió, desde Los Hoyos, una impresionante obra. Primer medallista olímpico cubano tras el triunfo de la Revolución; impuso 29 records nacionales; primer atleta de la Mayor de las Antillas en igualar un record del mundo.

Corrió en 26 ocasiones en 10.02 segundos los 100 metros; en cinco lo hizo en 10.01, y en dos en 10.00. En los rankings anuales de la Asociación Internacional de Estadísticas de Atletismo, clasificó seis veces entre los diez primeros: 1960 (7), 1963 (2), 1964 (2), 1965 (8), 1966 (3) y 1967 (8).

Su estirpe de competidor lo distinguió frente a sus rivales, incluso ante Bob Hayes, el estadounidense que lo venció en la reñida final de los Juegos Olímpicos de Tokio-1964.

Lamentó que él, excepcional deportista, el único que ha ganado una presea de oro olímpica y ha sido campeón de la National Football League (NFL), haya tenido un final tan triste: «cayó preso a causa de las drogas. Era un hombre bueno que la sociedad en que vivió se tragó y enterró con solo 60 años», nos dijo con hálito de consternación.

En la tranquilidad de su hogar, en la barriada habanera del Cerro, las paredes están llenas de historia. En ellas sigue navegando el invicto Cerro Pelado.

«Cuando ya estábamos listos para partir se decreta una alarma ciclónica en el occidente del país. Con esa situación encima y con el gobierno de Estados Unidos tratando de desinformar a la opinión pública internacional, pues otorgó las visas, pero no el permiso para entrar a Puerto Rico, se decide partir hacia San Juan».

«Fuimos en avión de La Habana a Camagüey, y allí nos llevaron a una actividad en un círculo ferrovario. Imagínate que la que cantaba era Celeste Mendoza, y yo en mi salsa, porque ella también es de Los Hoyos».

«Luego volamos a Santiago de Cuba, y tanto en ese segundo viaje como en el primero, la aeromoza anuncio el destino Puerto Rico. Pero llegamos al puerto santiaguero, donde nos esperaba el buque mercante Cerro Pelado».

«La decisión estaba tomada, entraríamos y competiríamos en San Juan con o sin permiso. A todos se nos informó de los riesgos que correríamos, y que cada quien era libre de elegir si los asumía o no».

«Justo en ese momento ganamos la batalla. Allí mismo nos merecimos la condición que Fidel nos diera de Delegación de la Dignidad, porque nadie se amilano, no hubo indecisiones; firmes y unidos abordamos el barco. Yo todavía me emociono y me erizo, y han pasado 60 años».

«Me hablabas de la fama, pero hay algo de más honor, o algo superior al orgullo de haber sido un integrante de esa delegación. Podía o no ganar en la pista, pero jamás faltaría al compromiso con la Patria».

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