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París.- PARA la antropóloga Margaret Mead, el primer signo de civilización encontrado en la cultura antigua fue un fémur fracturado y luego sanado, y explicaba que en el reino animal resulta irremediable sobrevivir con una pierna rota.
Evidentemente la investigadora norteamericana alude a la solidaridad y el cuidado de otro para alimentar al inválido, para sostener al convaleciente.
Quien visita la villa, albergue de los atletas que participarán en los Juegos Paralímpicos de París 2024 se percata de que la teoría de Mead, si no es concluyente, por lo menos resulta razonable.
El vínculo afectuoso entre atletas se exacerba a fuerza de solidaridad y amor entre semejantes, pruebas inocultables para quienes observan la vida diaria aquí.
Un hombro amigo sirve de bastón a un ciego, otros ojos se iluminan con la luz que le falta y cualquier mano impulsa una silla de ruedas para suplir el esfuerzo de las piernas inmóviles del desvalido.
Lejano de un panorama triste y estremecedor resulta reconfortante participar de todo ese concierto de afecto desinteresado, no devienen en este un fresco de lamentaciones, más bien recrea la escena más representativa de que la esencia humana es la esencia social, según la mirada marxista.
Aquí se muestra que el concepto de individuo no tiene sentido más allá de la sobrevivencia: la dignidad plena se alcanza cuando puedes servir a otro o cuando recibes ayuda con humildad.
De eso se tratan también los Juegos Paralímpicos, no puede asegurarse que la quintaesencia de estos radique en la oportunidad de competir en igualdad de condiciones para quienes recibieron una validez menos que otro, sino en la capacidad para superar en colectivo cualquier adversidad de la existencia misma.
Por ello aquí no se celebra solo el triunfo efímero en un certamen más que la superación perenne, llegar siempre tan lejos como sea posible, que no el empeño infructuoso de superar barreras objetivas, sino de conseguir el límite de las posibilidades frente al desaliento y el abatimiento.
La voluntad de seguir pese a las adversidades y la empatía de quienes nos acompañan en la empresa hacen al hombre un ser particular, quien tenga dudas puede fijarse en los deportistas que llegaron a París 2024, de ellos se puede tomar las mejores lecciones.
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