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Por Eyleen Ríos, enviada especial
Barranquilla.- HACE 40 años María Caridad Colón comenzó a tejer una historia en su vida. Ganó su primer oro importante, que fue precisamente en Juegos Centroamericanos y del Caribe, y en una ciudad colombiana.
La mulata baracoense le cambió el rostro a la jabalina de la región, subió de 47 metros a 63 el registro para ganar en estas citas y lo hizo en Medellín 1978.
«Es como si lo estuviera viviendo ahora, recuerdo que se puso todo el cielo oscuro y parecía que iba a llover… yo me apuré en tirar porque con agua todo cambia… y además yo siempre iba con todo en el primer tiro», mira ahora desde la distancia el que fue su “despertar” en un mundo que ha sido su vida.
«Me empezó a latir fuerte el corazón luego del disparo y ya cuando me supe ganadora fue peor… incluso en la premiación pensé que se me iba a salir del pecho», confiesa sobre una sensación que volvió a sentir luego cuando se colgó al pecho la medalla olímpica.
Fue esa la primera clarinada de lo que podía lograr, y tanto que apenas dos años después ya era campeona olímpica y tocaba el cielo en Moscú 1980.
«Esta es la primera vez que estoy en unos centroamericanos sin ser atleta y es una alegría que no puede expresarse», confiesa la única mujer con tres reinados a este nivel desde Medellín 1978 hasta Santiago de los Caballeros 1986, y una cuarta medalla de plata en México 1990.
Su estancia en esta ciudad ha sido de recuerdos, sentirse de nuevo entre su gente buscando los mejores resultados, y extraña como nunca el competir, el ser ella que la salga al terrero y consiga la medalla.
«Eso es algo que no pierdes nunca. Nunca dejas de sentirte deportista, y aquí revives todas esas sensaciones. Disfrutas cuando te reencuentras con alguien a quien no veías hace mucho o cuando te piden una foto porque quieren tener un recuerdo de la campeona», dice y sonríe porque la expresión pudiera sonar “petulante” en otra persona, pero no en ella.
María Caridad no dejará de ser nunca esa “guajira” guantanamera, a la que le encanta el chocolate –y si es de Baracoa mejor–, que se emociona con cualquier evento deportivo, juega baloncesto callejero y vive enamorada de su nieta mitad cubana y mitad colombiana.
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