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Por Rudens Tembrás Arcia, enviado especial
Barranquilla.- NO ES usual, por más que se piense e investigue, que una instalación deportiva lleve el nombre de un atleta joven y en activo. Pero acá, en esta urbe asomada a las costas del Caribe, acaban de inaugurar un patinódromo de alto estándar denominado Alex Cujavante, en honor de un multicampeón mundial de solo 24 años de edad.
La decisión la tomó el mandatario distrital, Alejandro Char, durante un recorrido por el escenario en los días de su terminación, hace no más que unas semanas. La filosofía es, según ha trascendido, homenajear en vida a quienes lo merezcan.
Por tanto, Cujavante es desde ahora dos cosas distintas: un hombre admirado y querido; y un óvalo ubicado en Villa Santos, con 200 metros de longitud y seis de ancho, dotado de 800 luminarias LED, un graderío de 650 asientos cubierto con una tensomembrana, más facilidades para zonas técnicas y de prensa.
Acá, la noticia fue recibida con agrado y hasta alegría, pues el currambero —uno de los gentilicios preferidos de los locales— se inscribe entre los ídolos de la ciudad, un ranking que encabezan celebridades como Shakira y Sofía Vergara, y deportistas de la talla del pelotero Édgar Rentería y el tirador Helmult Bellingrodt, este último primer cafetero capaz de subir a un podio olímpico, en Múnich 1972.
Pero Cujavante representa mucho más que un campeón, viene a ser un certifico de la eterna promesa de que se puede triunfar en la vida, aun cuando se haya nacido en la pobreza, o como él mismo dice: «donde no había nada para comer».
La apuesta de su familia fue por el patinaje y fructificó en virtud de la fuerza y resistencia del muchacho, su técnica para avanzar y girar, y la inteligencia a la hora de plantear tácticamente cada carrera. Solo así pudo abrirse paso a la estelaridad en un país con “más patines que edificios”.
Entonces, cuando Cujavante llega al patinódromo, en días de grandes competencias como los XXIII Juegos Centroamericanos y del Caribe, el público estalla en aplausos y los saludos y cánticos no se detienen. Tampoco los autógrafos y selfies. Y el joven acepta cada reclamo porque proviene de un sitio en que esos detalles son importantes y marcan la diferencia entre un día malo o peor.
En sus vitrinas guarda varias medallas de oro mundiales en las pruebas de fondo, y ahora añadió las coronas regionales de los diez mil metros en sus dos modalidades: puntos y eliminación, y puntos solamente.
Sacó notable ventaja, su superioridad fue manifiesta, pero cruzó cada meta con humildad y sin subestimar a los oponentes. Eso lo aprendió de la vida, pero sobre todo de un mazazo recibido a los 15 años en el certamen del orbe celebrado en Guarne, Antioquia.
Aquella vez patinó impecable hasta escasos metros de la meta. Se pensó campeón e inició un festejó con los suyos que se ahogaría en segundos, al descubrir que el coreano Sang Cheol Lee lo remató sobre la tira.
Su resurrección posterior le mereció el “perdón” de la afición y el merecimiento de este templo rojo y azul que se alza, ojalá, para todos los tiempos.
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