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EL MEJOR de todos y de todos los tiempos, el más completo, el grande, el experimento, el invencible, el Oso de Siberia...
Esos y otros sobrenombres forman parte de la leyenda en que se convirtió merecidamente el luchador ruso del estilo grecorromano Alexander Karelin.
Venido al mundo el 19 de septiembre de 1967 en la ciudad siberiana de Novosibirsk, inició la práctica de ese deporte a la edad de 14 años y tenía 20 cuando escribió las primeras páginas de su tremenda historia.
Cuentan que cuando el gran estratega Viktor Kouznetsov se disponía a hacer una de sus habituales visitas a las escuelas en busca de talentos, vio a un niño que le asombró por su complexión física.
Con 1,74 metros de estatura y 78 kilogramos de peso el muchacho se robó la aguda mirada de Kouznetsov, quien identificó posibilidades de proyectarlo al estrellato.
Más cercana a la ficción es la historia que reseña que con 12 abriles acompañó a su padre a una fría jornada de caza que les obligó a pasar la noche en el bosque, donde dieron muerte a un oso, bebieron su sangre y se introdujeron dentro de este para mitigar el azote del clima.
Entonces el alma de la bestia pasó a formar parte del temple de Karelin.
Lo cierto que tras culminar su etapa de crecimiento, al tiempo trabajaba con Kouznetsov, había alcanzado los 1,92 metros de estatura y 130 kilos de peso.
Como para asignar una cuota de dramatismo a su biografía, durante ese tiempo se rompió ocho veces las costillas, las dos manos, una pierna y había tenido varias conmociones cerebrales.
Pero en 1987 comenzó a ganar combates y en lo adelante nadie le detendría durante 13 años.
Triunfaba con una mano, con las dos, con solo un apretón, con una excelencia técnica y mejor táctica sobre los colchones.
Su método era discutido por la mayoría de los adversarios porque lo consideraban muy primitivo: los levantaba y proyectaba violentamente contra la lona, y muchas veces terminaban KO.
Cráneo raspado, mandíbula equina, cuerpo musculoso y ojos de hielo acompañaban la proyección de quien perfeccionó tanto ese movimiento que se le conoce como “Karelin nocaut”.
De lo mucho que hay para contar sobre su espectacularidad los especialistas coinciden en resaltar dos hechos sin precedentes.
El primero se dio en el Campeonato Mundial de Estocolmo 1993, cuando fue monarca pese a dos costillas quebradas, una de ellas desprendida hasta perforarle parte del hígado.
Tres años después, en Budapest, un hematoma de un kilo y medio le dejó casi impedido del brazo derecho, pero consiguió imponerse solo con el izquierdo.
Sus números hablan por sí solos: 887 victorias y dos derrotas, invicto entre 1987 y el 2000 y capaz de no permitir puntos de 1994 al 2000.
Cuatro veces campeón de la Unión Soviética, ocho de Rusia, 12 de Europa, nueve del mundo y dueño de tres coronaciones olímpicas (Seúl 1988, Barcelona 1992 y Atlanta 1996).
Por si fuera poco, ganó en su única pelea de artes marciales mixtas contra el campeón, el japonés Akira Maeda.
Sin embargo el integrante del Salón de la Fama de la Unión Mundial de Luchas (UWW) dijo adiós a su carrera con un inesperado descalabro, encajado el 26 de julio en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 a manos del estadounidense Roulon Gardner.
En la actualidad la extensa hoja de servicios que le generaron infinidad de seguidores se complementa con educación exquisita y buenos modales que nada tienen que ver con la rudeza mostrada sobre los colchones.
Es parlamentario, escribe poesía y entre sus gustos están la literatura rusa y escuchar obras de Bach, Shostakhovich y Gershwin.
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