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EN 1950 una encuesta de la agencia de noticias Associated Press (AP) le seleccionó como el atleta más grande de la primera mitad del siglo XX en los Estados Unidos, pero la pena de un despojo injusto aún le acompañaba cuando falleció tres años después.
Jacobus Franciscus “Jim” Thorpe brilló en varias disciplinas, incluidas fútbol americano, béisbol y baloncesto, y se encumbró como héroe en el torneo de atletismo de los Juegos Olímpicos de 1912 al conquistar los cetros en pentatlón y decatlón.
Su oro en el primero de esos eventos premió dominios en salto de longitud, disco y las carreras de 200 y 1 500 metros, lo que significa que apenas cedió la vanguardia en la jabalina, que le vio terminar tercero.
Nunca había cubierto un decatlón, y aquel fue el único, pero su versatilidad le permitió pasar sobre el favorito anfitrión Hugo Wieslander gracias 8 412 puntos inscritos como récord absoluto luego de ganar cuatro pruebas y no descender más allá del cuarto escaño en las restantes.
Esa modalidad reunió a 29 competidores de 12 países, realidad que obligó a los organizadores a distribuir sus acciones en tres jornadas, una más que las inicialmente concebidas.
La de apertura se dedicó a 100 metros, salto de longitud, impulsión de la bala y salto de altura, la intermedia a 400 metros, disco y 110 metros con vallas, y la conclusiva a pértiga, jabalina y 1 500 metros.
Como si los esfuerzos no hicieran blanco en él, también fue cuarto en salto de longitud y séptimo en salto de altura, acentuando las razones que le convirtieron en atractivo especial de la cita transcurrida en Estocolmo.
«Usted, señor, es el mejor atleta en el mundo», le comentó entonces el rey Gustavo V de Suecia, patrono del certamen. «Gracias, Rey», respondió el norteño con toda sencillez, sin imaginar que su país le recibiría con honores.
«Oí a la gente gritando mi nombre, y no podía entender cómo una sola persona podía tener tantos amigos», comentó días después tras un desfile organizado en Broadway, todavía ajeno a la sombra que estaba por acompañarle hasta sus últimos días.
Buena parte de los historiadores considera que el escándalo se desató a partir de ascendencia indígena y el racismo imperante desde la propia Unión Atlética Amateur de su país, que jamás le perdonó brillar con tanta luz.
En 1913 la prensa divulgó que había cobrado algo de dinero en una liga semiprofesional de béisbol y ello bastó para la cruzada que terminó por invalidar sus premios olímpicos.
«Espero ser parcialmente perdonado por el hecho de que yo simplemente era un muchacho indio y no sabía nada de estas cosas», indicó el atleta en carta dirigida al secretario general de esa institución, James E. Sullivan.
«De hecho, yo no sabía que estaba haciendo algo malo, ya que solo estaba haciendo lo que muchos otros universitarios habían hecho, excepto que ellos no usaron sus nombres», añadió con total franqueza, pero no hubo marcha atrás.
Falleció pobre y sacudido por el alcoholismo el 28 de marzo de 1953, a dos meses de cumplir 66 años, y casi fueron necesarias tres décadas para que el Comité Olímpico Internacional restituyera sus lauros a propuesta de Juan Antonio Samaranch.
El acto se celebró el 18 de enero de 1983 en la ciudad de Los Ángeles, y aunque sus hijos Gale y Bill recibieron medallas conmemorativas, porque las originales fueron robadas del museo que las poseía, se impuso la justicia para el indio nacido el 28 de mayo de 1888, cerca del pueblo de Prague, en Oklahoma. how much does an abortion pill cost read abortion clinics in baltimore
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