|
La Habana.- LA HISTORIA del fútbol está llena de noches memorables, y la que se vivió en el estadio de Dallas tuvo algo de epopeya vikinga y mucho de tragedia sudamericana. Noruega, la tierra de Nór, acababa de dejar en la cuneta a Costa de Marfil y llegaba con la moral por las nubes. Brasil, la pentacampeona, arribó con dudas, y un técnico italiano que buscaba rescatar la esencia perdida y con una afición que ya no cantaba con la misma fe.
El partido empezó como tantos de Brasil en este torneo: a paso de tortuga. Ante Japón salieron del letargo cuando se pensaba en los penales, pero ante los vikingos, la Canarinha parecía despertar de una siesta eterna. Dominaban la posesión, pero sin morder. Hasta que, como un reloj suizo, Carlo Ancelotti giró la llave y soltó a su hombre de confianza.
Vinicius Junior, liberado de ataduras tácticas, se convirtió en el líder absoluto de la Verdeamarelha. A él no se le puede enjaular en el extremo que desbordaba y se va; porque fue el dueño del partido. Con gambetas, paredes y un regate que parecía de otro mundo, Vini le devolvió la alegría al fútbol brasileño, esa chispa que se había perdido entre tantos sistemas y planteamientos. El juego bonito renació en sus pies, y los vikingos, acostumbrados a la crudeza del norte, se vieron desbordados por la danza carioca.
Brasil acorraló a Noruega. Los tuvo contra las cuerdas en varias ocasiones. La más clamorosa fue un penalti errado por Guimaraes, Vini debió dejar la responsabilidad a su compañero: cuestión de estadísticas según justificó el técnico, y los números se equivocaron y Brasil perdonó. El Maracaná en miniatura de Dallas contuvo el aliento y luego exhaló en un suspiro de incredulidad.
Ancelotti, no sé aburrió de dar una cal y otra arena, y despejó las dudas de por qué Endrik ha quedado en el banquillo, que ha generado polémica sin que el joven delantero se encargara de justificarla con prestación futbolística.
Y fue la forma más cruel para Brasil de demostrar que tenía razón, porque cuando por fin le dio la oportunidad desperdició una asistencia de Vinicius que le dejó mano a mano con el portero; el balón, en lugar de entrar, se paseó por la línea de fondo como alma en pena. La polémica, lejos de apagarse, se avivó.
El gol se resistía. La desesperación se apoderó del banquillo brasileño, y Ancelotti, en un acto más de fe que de razón, metió a Neymar. El astro, que ya no es aquel niño prodigio, entró con la vitola de salvador, pero lo que ofreció fue un lastre. Sus piernas ya no responden a esos trotes que exigía el partido, y Brasil, de repente, parecía jugar con diez. La banda izquierda se convirtió en un desierto, y los vikingos, que antes sufrían, empezaron a oler la sangre.
Fue entonces, en el minuto 78, cuando el gigante rubio despertó. Erling Haaland, el Terminator, el Vikingo, llevaba todo el partido a medio gas, pero su instinto depredador no entiende de minutos. Recibió, protegió y dejó a la defensa brasileña hecha un asco. Luego clavó la espada implacable, a centro de Schjelderup, de cabeza. El gol cayó como agua helada y apuró a los brasileños a intentar hacer en 10 minutos lo que no consiguieron en 80.
El tiempo se esfumaba, y el 1-0 parecía sentencia. Pero en el minuto 90, cuando el reloj ya cantaba las horas extras, Haaland remató a placer un balón suelto en el borde del área. Fue un disparo seco, violento, ajustado al palo lejos de Alisson que se coló como un hacha en la madera. El estadio enmudeció.
Si alguna selección podía renacer de la adversidad, era Brasil, y no se les puede acusar de no intentarlo, dejaron el orden en aras de buscar la puerta rival y la desesperación aumentó mientras se esfumaban los últimos minutos. Pero apenas tuvieron que conformarse con el gol de Neymar, de penal, que se lleva como un souvenir que no contenta al máximo ganador de copas del mundo ni evitaba la derrota.
El daño estaba hecho, Haaland, ese styrimard contemporáneo seguirá guiando el drakkar vikingo hacia los cuartos de final, con su melena al viento y la pentacampeona se marcha a casa, con la sensación de que se les escapó una oportunidad de volver a brillar en el escenario más grande del fútbol.
|