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Guayaquil.- ANNIE Santos Navarro parece una niña más entre tantos atletas reunidos en esta ciudad para los VI Juegos Panamericanos de la Juventud Sorda.
Su apariencia no delata la pericia que se desborda de esta habanera cuando hace su labor: interpretar lenguaje de señas.
La muchacha, que aún no celebró su 23 cumpleaños, disfruta de su primera experiencia como intérprete en el ámbito deportivo, y lo ha hecho bien.
Según cuenta, llegó a la lengua de señas casi por casualidad. En el preuniversitario, cuando eligió, la colocó entre varias opciones y la obtuvo en el primer llamado.
«No sabía bien de qué iba y mucho menos imaginaba hasta dónde me llevaría», alega casi sorprendida de su propia realidad.
Paso a paso, aprendiendo sobre la cultura sorda y ese mundo que pocos conocen, se fue enamorando. Hasta que el amor se convirtió en oficio, y el oficio en pasión.
«Me identifico mucho con la lengua de señas y a través de ella se me hace fácil demostrar lo que soy. Aprovecho ese sentimiento y siempre trato de estar bien con mis compañeros, con las personas sordas a las que les interpreto. Me gusta aprender cada vez más de cada experiencia», afirma.
Annie sonríe y se ilumina. Gesticula por costumbre, como si no pudiera evitar que sus dedos se lancen a dibujar palabras en el aire, con la misma naturalidad con que otros usan la voz. Es avispada, laboriosa, siempre presta a ayudar, comprometida con su profesión hasta las lágrimas, y capaz, mucho.
Lo ha demostrado en los entrenamientos, en las zonas de competencias, y en cualquier otro lugar de esta ciudad donde haya un miembros de la delegación cubana que requiera sus servicios.
Pero su mayor desafío no ha sido dominar los tecnicismos de cada disciplina.
«El ámbito deportivo es inmenso —explica—. No solamente es interpretar la parte técnica cuando los jueces llaman la atención o cuando hacen alguna aclaración, sino también trabajar esa parte psicológica de la persona sorda. Porque muchas veces el estado de ánimo del deportista sordo no se encuentra bien, y no atienden tu interpretación. Y en nuestro trabajo es esencial que el sordo comprenda al intérprete».
Para su suerte, en Guayaquil no ha estado sola. Su compañera de labores, Eylin Coto, con más experiencia y recorrido, ha sido su guía.
«Agradezco que me hayan dado la oportunidad de venir con ella. Tengo ese apoyo y esa buena oportunidad de nutrirme de todas las experiencias que posee. Cualquier duda, cómo manejar la situación; porque no solamente es interpretar, sino también saber cómo comportarme, qué actitudes asumir. Es como si fuera una familia», asevera.
«De igual manera debo agradecer a la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (Ansoc) por la oportunidad y la confianza que depositaron en mí para hacer este trabajo», añade.
A Annie también se le ha visto llorar en alguna que otra competición.
«Yo me siento muy identificada con lo que hago. Ver el buen trabajo de todos, que han ganado, que han defendido su medalla, sus logros, y verme siendo parte de esa alegría, de ese proceso, de esa lucha...cómo no llorar», confiesa.
«Eran lágrimas de alegría, por comprobar que sí puedo, porque la experiencia que estoy viviendo, de eso no puede presumir cualquier persona», agrega.
Annie es una muchacha de barrio que llegó a territorio ecuatoriano para ser puente entre el silencio y el sonido.
Mas, cuando las competencias terminen y regrese a su natal Centro Habana, llevará consigo algo más que vivencias y recuerdos. Atesorará con orgullo el haber observado a estas muchachas y muchachos subir al podio, y el haber sido, aunque sea por unos días, la voz de todos.
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