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La Habana.- A SUS 78 años acaricia en la mente muchos recuerdos, pero atesora en el corazón dos que el tiempo no podrá borrar nunca: haber nacido en su querido pueblo de Niquero, en la provincia de Granma, e integrar la Delegación de la Dignidad en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966.
Aida Lominchar fue miembro de la selección femenina de voleibol, que ganó invicta, sin perder un solo parcial, aquella cita. Esa era la meta y la cumplieron con creces, a pesar de las dificultades que debieron enfrentar los representantes de la Isla desde que partieron a la sede en el barco mercante Cerro Pelado.
¿Qué representa para usted esa singular experiencia?
Es algo que llevo para toda la vida y que marcó mi existencia. Haber tenido la oportunidad de asistir a lo que se convirtió en una gesta, tanto en mi historia deportiva como en lo personal, ha sido lo máximo de mi carrera. ¿Cómo a imaginar que iba a ser miembro de un equipo nacional, y mucho menos que representaría a mi Patria en unos Juegos de ese relieve?
Dos años antes ni siquiera tenía idea de cómo era una cancha de voleibol. Por eso tengo en Niquero, mi tierra natal que tanto amo, todas mis medallas y trofeos, para que las actuales y nuevas generaciones conozcan de lo que ha hecho nuestro país por el deporte y sirva de inspiración, aunque vivamos en una pequeña e intrincada localidad.
Cuando formé la selección nacional tampoco tenía idea de lo que representaba para un ser humano obtener una victoria, ver tu bandera en lo alto y escuchar el himno de tu Patria.
En Puerto Rico vencimos invictas, lo que en mi caso particular no soñaba que era posible, porque nunca había participado en una competencia internacional de ciclo olímpico. Cuando llegué allí, cada triunfo lo sentía como lo más grande que me estaba pasando.
Incluso, cuando conquistamos la medalla de oro en San Juan, se catalogó como la mayor realización de Cuba en unos Juegos, era como una medalla olímpica, obvio, sin establecer comparaciones; pero es que en a Puerto Rico ya nosotros estábamos formando parte de lo que sería la Escuela Cubana de Voleibol, o sea que somos fundadoras de aquel hecho.
¿Se sientes realizada?
Con el paso del tiempo una hace estas valoraciones porque me inicié en el voleibol siendo una niña, nunca me había separado de mis padres, del pueblito donde nací, al que debo lo que soy por mi familia, por mis primeros estudios y la educación que recibí.
Me siento una persona realizada al haber dedicado mi vida a los triunfos que logramos en aquellos años de finales de la década del 60 y principios del 70 el pasado siglo, y a lo logrado en este movimiento, por el que hemos podido tener la posibilidad de practicar deportes desde la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio. Antes no era así hasta el triunfo revolucionario; también me siento realizada porque mi país cuente con grandes estrellas que han surgido aquí y por sus éxitos a nivel internacional.
Por eso valoro tanto aquella victoria del voleibol femenino en Puerto Rico, como la de en 1972, en ese mismo país y también invictas, en los primeros Juegos Universitarios de Centroamérica y el Caribe, y todos los triunfos que conseguimos en giras por muchas regiones de la antigua Unión Soviética, así como por Rumanía, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría, México y China, entre otros.
¿En los juegos de San Juan 1966 cómo sintieron la hostilidad de quienes quisieron entorpecer la actuación de Cuba?
Fue muy difícil. Recuerdo entre los momentos más desagradables, el día que le ganamos a México, cuando salíamos de la cancha en Bayamón, unos supuestos periodistas que, incluso andaban con credenciales, nos abordaron groseramente preguntando quiénes de nosotras éramos las que queríamos quedarnos, que Eugenio George les había hablado de eso. Sabíamos que era mentira. Dos compañeras y yo les respondimos fuerte, y al continuar con sus provocaciones, tuvimos que enfrentarnos físicamente porque nos estaban acosando y halándonos por los brazos, querían llevarnos no se sabe a dónde; por eso intentaron impedir que subiéramos a la guagua hasta que finalmente pudimos, y todas retornamos a la Villa Olímpica.
Luego supimos que la radio y la televisión ya estaban comentando que el equipo de voleibol se había exiliado y que estábamos contentas y felices. Realmente nuestra alegría la motivó nuestro éxito en los Juegos, como el de nuestros compañeros del equipo masculino.
Pero nunca cedimos, ni las voleibolistas ni en otros deportes a los que también trataron con agresividad. No obstante, a partir del otro día de la provocación, la jefatura de la delegación, encabeza por José Llanusa, orientó que los atletas que no tuvieran que competir al otro día, así como médicos, fisioterapeutas y periodistas nos acompañaran hasta el regreso a la villa a quienes teníamos compromisos.
Nosotros no salíamos de la villa, así no corríamos riesgos como tampoco le creábamos problemas a los organizadores, pero los enemigos siempre buscaban formas de entorpecer nuestra presencia en las instalaciones de competencias. Hicieron todo lo posible por provocar, incluso con mujeres en autos que llamaban a los hombres, otros dos haciéndose los curas invitándonos a acudir a las iglesias, en cambio la afición puertorriqueña fue respetuosa con nosotras.
Incluso, las dominicanas, cuando llegamos a la villa después de la llegada en el barco, todos mojados, y en ese momento con la ropa que teníamos puesta, nos dieron de su ropa, zapatos y de todo, a los dos equipos. Aquel detalle nunca lo he olvidado.
Además de practicar deportes, ¿a qué se dedicó?
Mi papá me decía que jugara voleibol, pero tenía que estudiar. Me gradué en la universidad, en estomatología, y en mis seis años de estudios simultaneaba con el deporte, y luego trabajé en los servicios médicos de las FAR en la Escuela Interarmas General Antonio Maceo. Después estudié Letras en la Facultad de Filosofía e Historia, y por mis resultados académicos me propusieron como profesora en la Universidad de La Habana hasta que me jubilé en la década del 90.
Siempre me gustó aprender, en el antiguo Club Habana, donde se fundó la Espa (Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético) estudié la secundaria básica y el preuniversitario, y cuando comencé la universidad recibía por la valija diplomática el programa de estudios de estomatología en el país donde estuviéramos entrenando o jugando, y en mis ratos libres en esas sedes me dedicaba a estudiar.
Entre tantos recuerdos ¿alguno muy especial para usted?
Los Juegos de Puerto Rico 1966 fueron muy difíciles; sin embargo, tengo recuerdos bonitos, pero uno importante e inolvidable para mí fue al regreso, cuando vi a nuestro Fidel en una lancha para recibirnos en altamar, en aguas internacionales.
Subió al barco y vino con nosotros, intercambiando con todos, contento iba pasando uno por uno de los representantes en los diferentes deportes, hasta que llegamos a Santiago de Cuba.
Cuando nos bajamos, el viaje a La Habana era en tren, y cuál fue nuestra sorpresa cuando también se montó en el tren. Tengo la satisfacción de tener mi medalla ganada en Puerto Rico, para mí equivalente a una presea olímpica, firmada por Fidel y por Raúl. Esa medalla no solo representa el resultado de una gran victoria, sino la entereza de una delegación que estuvo dispuesta hasta llegar a nado a San Juan en defensa de nuestros derechos de representar a la Patria como bien lo hicimos. Y eso no puede borrarse ni de mi mente ni de mi corazón.
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