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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación (INDER)
ANIVERSARIO 60 DEL CERRO PELADO
De guajiro a campeón: Mendoza vuelve a correr

El santiaguero Rigoberto Mendoza repasó su carrera, la travesía del Cerro Pelado y expresó su gratitud a la Revolución y a Fidel.


Por: Lianet Escobar Hernández
jueves, 18 de junio de 2026 01:21 AM



Foto: JIT Colaborador

La Habana.- LLEGUÉ puntual a la cita. Me lo celebró con una mirada honesta. Él es de los que creen que la puntualidad es el primer respeto. «Me gustó eso», apunta haciendo un gesto casi imperceptible de aprobación, y se presenta. «Soy Rigoberto Mendoza Pérez, de San Luis, Santiago de Cuba», dice, y su acento oriental asoma en cada vocal. «Mi deporte es el atletismo», agrega.

Tiene ochenta años recién cumplidos. La voz le sale pausada, medida, como quien ha aprendido que las palabras importantes no necesitan precipitarse.

Se sienta en el sofá con la seguridad de quien sabe exactamente lo que ha vivido y lo que vale.

A su lado, en un lugar privilegiado del salón, una fotografía enmarcada: Fidel imponiéndole la Orden al Mérito Deportivo.

En sus manos descansa un álbum de fotos que atesora los mejores momentos de su carrera. Pero antes de cualquier tesoro material, este hombre habla de los suyos: su esposa, sus dos hijos, sus cuatro nietos. Esa es su primera riqueza.

Mendoza Pérez no comenzó corriendo. Como tantos muchachos cubanos, primero se inclinó por el beisbol. Jugaba los jardines, cualquiera de ellos, y lo hacía bastante bien, según asegura.

Hasta que un día, en el Distrito Naval de Oriente, en Banes, ocurrió aquella carrera que cambiaría su destino.

Corrió de Banes al Distrito Naval, junto miembros de esa unidad, y obtuvo el cuarto lugar. Los tres que le antecedieron ya tenían entrenamiento, él no.

El esfuerzo le costó más de una semana sin poder caminar, los gemelos y los cuádriceps hechos un nudo de dolores.

ALGUIEN LO HABÍA VISTO

Un comandante de la unidad, capitán de corbeta en aquel entonces, acudió al terreno de entrenamiento y le señaló: "A partir de ahora, usted no es del béisbol, es del atletismo".

El argumento era sencillo y certero: el béisbol en Cuba lo practicaba todo el mundo, el atletismo estaba en pleno desarrollo y el país necesitaba practicantes con sus condiciones.

Así comenzó todo. Corrió los 1500 metros, luego los 3000, y más tarde la maratón. Se armó un camino con disciplina militar y la pasión del que descubre un don.

No tenía motivación al principio, ni quería venir a La Habana para formar el Club Central de las Fuerzas Armadas, pero la vida, a veces, sabe poner a cada quien en su lugar.

Entonces llega el momento de hablar de aquel pasaje que ningún apasionado del deporte cubano debería olvidar: los Juegos Panamericanos de México 1975.

«Puedo decir que ha sido la competencia más fácil que he ganado», asevera, y la declaración sorprende.

Cuenta que llegó en muy buena forma. Había hecho la preparación en Zaghkadzor, una antigua república soviética que ahora es Armenia.

Allá arriba, a casi dos mil metros sobre el nivel del mar, con frío y sin conocer el idioma, entrenó durante 21 días.

Los domingos, cuando el entrenador Julián Díaz les decía que descansaran, él y sus compañeros pedían entrenar. Así de intensa califica la preparación.

En la carrera decidió ir a la punta. Delante de él estaban el canadiense, que tenía la segunda mejor marca mundial, y el norteamericano. Los alcanzó, los superó, y para el kilómetro treinta y tanto, se dedicó solamente a obtener la medalla.

Entró al estadio más fresco que una lechuga, como titularía después un periódico local.

Esa medalla no era una más. Era la primera vez que Cuba ganaba la maratón en una justa continental y fue la presea que convirtió a un guajiro de San Luis, en leyenda.

Sin embargo, Mendoza Pérez, sin proponérselo, había entrado a la historia del deporte cubano años antes, cuando se dio aquella travesía del Cerro Pelado, la gesta que los llevó a competir contra viento, mar y adversidades.

El exmaratonista lo recuerda con una mezcla de solemnidad y asombro, como si todavía no terminara de creer que todo eso ocurrió.

Rememora el trayecto, pero más el arribo a aguas boricuas, «porque allí tuvimos que desembarcar como pudimos», comenta.

Y con una chispa en los ojos, hace la anécdota de los 56 compañeros que estuvieron dispuestos a llegar a tierra nadando.

Lo cuenta con tono jocoso, como quien rememora una locura necesaria.

«Si había que tirarse, uno se tiraba. En lo personal yo sabía nadar, pero me sentía seguro de avanzar hasta 400 metros, no cinco millas», añade, y se ríe de la exageración, pero hay verdad en esa risa, porque la disposición era total.

«Mi competencia en San Juan fue bajo lluvia. La pista era de tierra, mala. No obstante, corrí los 3000 metros con obstáculos y terminé tercero. Por delante quedaron dos mexicanos a los que, con toda honestidad reconozco, no podía ganarles», argumenta.

«Del regreso lo más emocionante fue la entrada a Santiago de Cuba. Los helicópteros tiraban flores desde el aire y luego Fidel —dice el nombre con una pausa que no es duda, sino veneración— comió con nosotros la noche del recibimiento en La Habana. Después nos invitó a tomar helado a Cooppelia, que en ese entonces estaba recién inaugurado», manifiesta.

«El Comandante saludó uno por uno a los atletas del Cerro Pelado. Eso para mí es inolvidable, porque que el presidente de un país hable y recuerde a un guajirito del monte...

No termina la idea. No hace falta.

De sus últimos tiempos sobre el asfalto evoca: «el atletismo es un deporte muy traicionero», y la frase le sale con la certeza de quien ha sufrido sus caprichos.

«Uno a veces se prepara un año entero y en cuestión de minutos se pierde todo por una lesión, por algo que no estaba en los planes», explica.

Él mismo lo vivió. Una lesión en la rodilla derecha, en la articulación interna. Lo operó el doctor Rodrigo Álvarez Cambra, y el rostro de Rigoberto se ilumina cuando menciona ese nombre.

No olvida a quien le devolvió la posibilidad de volver a correr.

Luego vino la carrera que más le duele en la memoria: Montreal 1976. Había llegado en la mejor forma de su vida, pues preparó esa maratón con una dedicación casi monástica.

Y algo empezó a fallar: no podía dormir. No era nerviosismo, sino sobrentrenamiento. El cuerpo diciendo "basta" cuando la voluntad todavía pedía más.

El día de la competencia, el agua. Comenzó a llover en el momento de arrancar y no paró. Más de dos horas bajo la lluvia en Montreal. El frío acabó con sus opciones, por lo que terminó en el lugar 21 aparentemente digno, pero él sabe que tuvo la forma de estar entre los tres primeros.

«Había vencido antes al alemán que ganó —dice con una mezcla de orgullo y melancolía— tuve la forma y no pude».

Hace un paréntesis.

«Eso es el deporte. Uno a veces se prepara y no lo consigue. Nadie es capaz de imaginar lo que sufre un atleta. Un año entero de preparación que, en cuestión de minutos, se pierde», advierte.

La desilusión, confiesa, fue grande. Después de eso entrenó, pero sin el mismo deseo. Llegaba a la pista, se sentaba, miraba, mas el incentivo se había ido.

Aunque él no se apartó del deporte. Pasó a entrenar a otros y tuvo el honor de preparar a Radamés González para los Panamericanos de 1979, en San Juan, Puerto Rico.

Su pupilo se convirtió también en campeón panamericano. Él, desde afuera, lo celebró como si fuera un triunfo propio.

«Fuimos felices con representar al país desde cualquier posición», afirma, y la frase, dicha con tanta naturalidad, contiene una época entera.

Detiene la plática y se levanta con la lentitud de quien ha dejado de tener prisa hace mucho tiempo y “acuna” el marco que preside su salón con la foto del líder histórico de la Revolución Cubana.

«Yo tengo que serle fiel a la Revolución y, especialmente, a Fidel hasta después de muerto. ¿Sabe por qué? Porque fui un guajiro pobre, de un monte de Oriente, y tuve un sin fin de oportunidades que agradezco», declara con la voz entrecortada.

Y entonces, como si quisiera cambiar el aire, acude al álbum en busca de otra imagen. Es joven en la foto. Atleta de cuerpo entero, mirada firme y uniforme impecable.

«Qué apuesto era, ¿verdad?», pregunta con un orgullo inocente, casi infantil, que contrasta con la realidad de sus ochenta años.

Su esposa, a su lado, sonríe sin decir nada. Una sonrisa cómplice, de esas que solo se tienen después de toda una vida compartida. Ella ha escuchado esta historia miles de veces, y todavía la disfruta.

Mendoza Pérez cierra su preciado libro con cuidado, lo acomoda sobre su regazo, y por un instante se queda en silencio.

Afuera, la mañana sigue su curso. Adentro, un viejo maratonista ha vuelto a correr, no con las piernas sino con la memoria. Y lo ha hecho bien, como siempre.

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