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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación (INDER)
ANIVERSARIO 65 DEL INDER
Ni aviones, ni tiburones: mucho corazón valiente

Con 22 años, Fulgencia Romay fue una de las integrantes de la Delegación de la Dignidad, que compitió en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966.


Por: José Luis López Sado
(jose.lopez@inder.gob.cu)
sábado, 13 de junio de 2026 10:21 PM



Fulgencia Romay, subcampeona en San Juan 1966 y en los Juegos Olímpicos de México 1968.Foto: José Luis López

La Habana.- EN EL CORAZÓN de la historia deportiva cuban, se alza la figura de la exvelocista Fulgencia Romay Martínez, integrante de la Delegación de la Dignidad, esa que "contra viento y marea", encima del emblemático barco mercante Cerro Pelado, partió en busca de un lugar decoroso en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966. 

Fue una travesía marcada por la resistencia y el coraje. El barco no fue simplemente un medio de transporte, sino un símbolo de dignidad con el que los deportistas cubanos enfrentaron las continuas amenazas imperialistas.

«Tenía apenas 14 años cuando ingresé en las filas de la Unión de Jóvenes Rebeldes. Yo jugaba voleibol; pero vinieron unas becas para hacerse instructor de deportes. Me gustó

el atletismo, le pedí a la profesora que me hiciera una prueba... y hasta el sol de hoy», comentó a JIT Fulgencia. 

Ya han pasado 60 años, y aún constata los recuerdos de tantas anécdotas en la escabrosa travesía hacia territorio boricua.

«Apenas tenía 22 años en 1966. Pero el recuerdo aún permanece casi intacto. No he olvidado nada, porque fueron días muy tensos, de mucha presión creada por las negativas del imperio, que nos impedía entrar al país y nos acosaba constantemente», expresó Romay. 

Recuerda la sprinter capitalina -muy pronto podría ser declarada Hija Ilustre del municipio 10 de Octubre-, que el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz personalmente diseño la estrategia ante los intentos de los enemigos de la Revolución, por impedir la participación de Cuba en esa justa.

«Fidel dijo que la delegación iba a asistir a como diera lugar, que eso era una injusticia más y debíamos estar preparados. La estrategia consistió en ir primero hacia Camagüey, luego a Santiago de Cuba y de ahí iniciamos la travesía para Puerto Rico, donde la embarcación se detuvo a cinco millas de la costa», aseveró. 

Certera en sus explicaciones, nos describió cómo aviones de guerra repetían constantemente sus vuelos por encima del Cerro Pelado. Y se podía presumir un ataque a la embarcación.

«Eso nos causaba cierta incertidumbre, pero no nos atemorizó, a pesar de que éramos un grupo de atletas muy joven. Para muchos de nosotros era la primera vez en una delegación que competiría en un evento internacional», explicó.

Además, aludió al respeto que imponía entre el grupo de muchachas, la presencia de muchos tiburones cerca de la nave. Pero eso supieron enfrentarlo a puro corazón valiente.

La velocista destacó el papel que desempeñaron sus entrenadores y las autoridades al frente de la delegación, capaces de llamarles a la calma, sin dejar de exigirles el cumplimiento de los ejercicios encomendados.

Sí, usted leyó bien. En plena nave, los diversos equipos mantuvieron su preparación. No se podía perder el ritmo del trabajo desarrollado en casa, meses antes de la partida.

Y los atletas lo concientizaron, conocedores de la necesidad de entregarse a fondo, para imponer luego su dominio cuando arrancase la competencia.

«Para practicar la prueba del relevo 4x100 metros, teníamos un área de 20 . Entonces, nuestro entrenador, Irolán Hechevarría, indicó que como no se podía imprimir velocidad, lo importante era realizar bien el cambio del batón», expresó.

Por eso, asintió, la Delegación de la Dignidad fue para todos nosotros, una prueba de nuestra resistencia y un ejemplo más la convicción de victoria de nuestro país.

«La constante hostilidad no logró quebrar el espíritu. En la cubierta del barco se improvisaron nuestros entrenamientos, corriendo entre obstáculos y simulando relevos», expuso.

Todo ello demostró que la disciplina y la pasión por el deporte podían florecer, a pesar de tantas circunstancias adversas. 

«Cuando yo culminaba el entrenamiento, iba veloz para el dormitorio. No adaptada al mar, los mareos eran horribles. Pero mi ánimo no podía decaer, porque había que cumplir», afirmó Romay.

Cuando llegó la prueba del 4×100 femenino, Romay, en compañía de Irene Martínez, Cristina Echevarría y Miguelina Cobián, lograron medalla de plata, por detrás de la posta de Jamaica.

«El Cerro Pelado fue más que un barco: fue una trinchera flotante contra las maniobras del imperio, un espacio en el cual la juventud cubana defendió con sudor y esfuerzo el derecho a competir en una manifestación tan sana y universal como es el deporte», aseguró. Romay, junto a sus compañeros de la delegación, encarnó la valentía de un pueblo que no se doblega.

Aquel acto de firmeza y valentía tuvo como colofón la conquista de 35 preseas de oro, 19 de plata y 24 de bronce, cosecha que permitió a la delegación cubana ocupar el segundo lugar del medallero.

Dos años después, en los Juegos Olímpicos de México 1968, Romay logró medalla de plata en relevo 4x100 metros, junto a Miguelina Cobián, Marlene Elejalde y Violeta Quesada. Esa fue la primera presea de las mujeres cubanas en esas magnas justas deportivas.

En el año 2005, Fulgencia Romay fue exaltada al Salón de la Fama del Atletismo Centroamericano.

La afamada velocista capitalina brindó ayuda técnica, dos veces en México, y una en Venezuela.

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