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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación (INDER)
El bate de Junco seguirá botando pelotas

El beisbol está de luto, una de sus grandes glorias, Lázaro Junco, ha dicho adiós. 


Oscar Sánchez Serra
lunes, 1 de junio de 2026 10:27 PM



Foto: Granma

Los bates se han enmudecido, las pelotas lloran. Uno de los imprescindibles se ha despedido físicamente de ellos.

Una larga enfermedad ha sido la causante del adiós de Lázaro Junco. Pero ni ella ni nadie puede llevarse su bate, el mismo con el que encumbró a sus Henequeneros, y con el cual defendió el uniforme del equipo Cuba.

El presidente del Inder, Osvaldo Vento Montiller, la Federación Cubana de Beisbol y todas la estructuras del Sistema Deportivo Cubano han expresado su consternación por tan sensible perdida, y han hecho llegar sus condolencias a familiares y amigos.

Al gigante de ébano yumurino hay que recordarlo como uno de los jugadores más querido por la afición, que hoy siente el dolor de su partida.

Nunca olvidaré aquella mañana de diciembre de 2015, en el estadio Victoria de Girón, de la ciudad de Matanzas. Allí el pueblo convocó, cariño y amor mediante por su ídolo, a un hombre humilde que en una mañana de estrellas prefirió que el brillo de la suya pasará inadvertido.

Una delegación de buena voluntad de la Major League Beisbol estaba en Cuba, y compartía en el terreno yumurino sus saberes con niños entre 8 y 15 años. 

A los estelares peloteros de ese circuito, el estadounidense Clayton Kershaw; el venezolano Miguel Cabrera, los cubanos José Dariel Abreu y Yasiel Puig, de Cienfuegos; Alexei Ramírez, de Pinar del Río; y el habanero Brayan Peña; el dominicano Nelson Cruz y el cubanoamericano Jon Jay, los acompañaban otras luminarias cubanas.

Félix Isasi, el rey de la bola escondida; Rosique, un maestro de la colocación en la pradera central; el receptor yumurino Evelio Hernández; el otro enmascarado, Pedro Medina, imponente con su número 31 en las series nacionales; Rodolfo Puen­te, el de los Industriales invencibles y ocho veces campeón mundial. También ellos le daban consejos a los peloteritos.

Presa de esa química entre las estrellas del beisbol estadounidense y cubano, un ensordecedor coro del pueblo que se congregó en las graderías, sorprendió a todos. La pelotas y los bates se detuvieron, las gargantas no dejaban de tronar ¡Junco! ¡Junco!.

La inmensa y fornida anatomía de Lázaro, el moreno del matancero municipio de Limonar, fue descubierta por los aficionados, quienes le hicieron bajar al terreno, porque si las estrellas estaban brillando, el firmamento estaría incompleto sin la presencia de quien fuera el primer cubano en descoser 400 pelotas que cayeron detrás de las cercas.

Sin apagarse las tribunas, y todos con la vista puesta en home, los miembros del Salón de la Fama de la pelota estadounidense, Joe Torres y Dave Winfield, le rindieron honor al singular pelotero, lo abrazaron y le entregaron una camiseta de la MLB, que sin ceremonia alguna se la encasquetó para compartir con los muchachos que ya le extendían sus manos para chocarlas con las suyas.

Cómo olvidar al hombre que con una asombrosa sencillez, tal cual hacia con todo en su vida, quedó líder en jonrones en 11 de las 18 temporadas que lo vimos con las franelas matanceras.

En 1984, en el Mundial de La Habana, el mentor Pedro Chávez lo trajo de emergente, nada menos que por el Gigante del Escambray, Antonio Muñoz. Él asumió aquella responsabilidad inmensa e incrustó la bola contra la cercas del jardín central. Siempre cumplía.

Lo hizo de profesor en la EIDE de su provincia, con la iniciación de los pequeños, en los colectivos de dirección de los equipos de Matanzas en la series nacionales.

Amaba a su terruño, tanto que aun cuando se formó como pelotero en La Habana, en el municipio de Playa, donde estudiaba Química, y con la aprobación para jugar con Industriales, prefirió regresar a Matanzas y alinear con el Citricultores que dirigió Sile Junco.

Nunca olvidó su primer cuadrangular, pues se lo pegó a un grande del montículo como Orlando Figueredo.

Así, con su empinada modestia y andar pausado; con un pueblo que lo amó desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí, estará presente siempre Lázaro Marino Junco Neninger.

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Raúl Martínez Gutiérrez
 
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