HORA DE CUBA: 06:30 PM

Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
MIÉRCOLES 18
JULIO, 2018

La Habana
Año 60 de la Revolución
Lorenzo Martínez Cordero
«Prestigiamos al voleibol de la patria»

Exvoleibolista de alto rango, confiesa sano orgullo por saberse parte de una historia que aportó brillo al deporte cubano.


Por: Lisset Isabel Ricardo
(guajira@inder.cu)
martes, 04 de julio de 2017

Trayectoria...

Integró el equipo que en Montreal 1976 obtuvo la única medalla de Cuba en el sexo masculino en unos juegos olímpicos.

En la actualidad...

Los estudios vencidos a base de mucho sacrificio sustentan su actual labor como especialista en la Dirección de Economía del INDER.


EL PRINCIPAL ídolo fue su padre Daniel, quien junto a Juana formó una familia de tres hijos. El viejo siempre les pedía que fueran alguien en la vida, que no se quedaran en sexto grado como él.

Lorenzo Martínez Cordero siente orgullo de haber cumplido con alguien que también sintió como un amigo, aunque le costara sacrificios y espera. Abandonó los estudios universitarios de Química en tercer año porque en su época no existían las facilidades de ahora, y seis horas de entrenamiento cada día le limitaban en tal empeño.

Cambió para Economía y pudo simultanear hasta retirarse del deporte y graduarse. Valió la pena esperar, pues se consagró al voleibol e integró el equipo que en Montreal 1976 obtuvo la única medalla de Cuba en el sexo masculino en unos juegos olímpicos.

Más de 40 años después… ¿Cómo valoras esa presea?

El más alto galardón personal. Algo con lo cual prestigiamos al voleibol de la patria. Ese bronce y el oro de las muchachas en el Mundial de 1978 resultaron el repunte para que Cuba fuera reconocida como el mejor país. Teníamos una lucha estrecha con la URSS, que junto a Japón lideraban en el planeta, pero fuimos desplazándolos.

¿Tus inicios en el deporte?

Nací en una familia humilde de Esmeralda, Camagüey. Mi papá y sus hermanos fueron peloteros profesionales y yo jugaba, como todos los niños. Sin embargo, por las tardes observaba el voleibol en la Sociedad Española y me gustaba, pero los negros no podíamos entrar.

¿Cómo llegas entonces?

La Revolución abolió las diferencias raciales y en 1962 Orlando Samuels ya era de los destacados en la localidad. Fue promovido al equipo Cuba y se convirtió en la figura del pueblo, aún más cuando en 1964 debutó en el extranjero.

En 1963, una señora (Chachá) me llevó a Camagüey al torneo provincial y me seleccionaron para los I Juegos Escolares Nacionales. Pasé cinco cursos en la EIDE. Era rematador, saltaba mucho, tenía buena técnica y me distinguía al bolear.

¿Quiénes fueron tus entrenadores?

Ricardo Fernández y Roberto Ponce, a quienes agradezco la educación, en especial a Ponce, muy exigente con la disciplina. Siempre decía: «si no tienes buen comportamiento no vas a La Habana».

¿Pero finalmente llegaste a La Habana?

Mi hermano Daniel y Samuels eran la inspiración. Me promovieron a la ESPA y estuve tres cursos. Pero un día Daniel me comentó: «si quieres llegar al equipo grande tienes que hacerte pasador». Se lo comuniqué al entrenador Antonio Perdomo y aceptó. Después pedía “quemarme” los dedos y me ponía a bolear mucho contra la pared.

Conocí a Gilberto Herrera cuando aún era capitán de la selección principal. Le manifesté mi deseo de ser igual o mejor que él. Yo pensaba: ¿Cómo tan pequeño es tan buen pasador? Y me respondió: «para ser superior tienes que entrenar».

¿Lo imitabas?

Copié sus movimientos y los de Luis Jiménez. Sus habilidades me gustaban, los observaba bastante porque los juveniles entrenábamos cerca de los adultos. En 1968 pasé a la preselección nacional y Gilberto ya era el entrenador. Entonces me convenció de que podía ser un gran pasador por la destreza con mis dedos.

¿Cuándo debutaste internacionalmente?

En 1969, en el Torneo Esperanzas Olímpicas de Rumanía, que por cierto jugué muy bien. En 1970 Gilberto nos invitó a cuatro juveniles a la preparación con el plantel que iría al Mundial. En el clasificatorio hice el grado con Jiménez y Pedro Delgado, quienes me ayudaron mucho.

El más alto rango del voleibol se concentraba en Europa, con los que teníamos convenios que ayudaron a elevar el nivel y reconocimiento.

¿Qué otras experiencias te ayudaron?

Aprendimos del búlgaro Todor Simov, primer extranjero que trabajó con el plantel masculino. Luego, con los adultos lo hizo el alemán Dieter Grund, quien cambió el sistema de preparación al elevar el trabajo físico y unirlo al técnico-táctico que ya hacíamos. Elevamos a seis horas las sesiones, era muy riguroso, pero nos convertimos en la escuadra con mejor físico.

¿Otras novedades del germano?

Comenzamos a atacar de otra forma, extendiendo el brazo. Los alemanes acababan de ser campeones del orbe, eran muy buenos técnicamente. Nosotros llegamos a un nivel tal que en los Juegos Panamericanos de Cali 1971 vencimos fácil a todos, incluyendo a Brasil y Estados Unidos.

¿Algunos eventos que siempre recuerdas?

Múnich 1972, mi primera experiencia olímpica; la plata en las Universiadas Mundiales de Moscú 1973, en que solo perdimos con los anfitriones.

El desempeño en los torneos NORCECA: el primero, efectuado en La Habana en 1971, resultó un gran enfrentamiento contra Estados Unidos. Guardo el grato recuerdo de la victoria y la posibilidad de que ambos equipos compartiéramos con Fidel.

No asistí a los panamericanos de 1975, pero hice el equipo a Montreal 1976, mi segundo sueño olímpico con podio incluido. En el grupo perdimos contra Polonia y nos costó enfrentar a la URSS en semifinales: caímos en tres parciales.

Pero se desquitaron con Japón…

Ganamos el bronce por la exquisita preparación conseguida por Herrera y Pollato, más el apoyo que en el saque dio desde Cuba el profesor Marcos Martínez Novo. Una labor maravillosa, con estadísticas llevadas a mano que se tradujeron, dentro de la cancha, en fácil victoria de 3-0.

Mencionas esos tanteadores… ¿Cuál voli prefieres?

Aquel y no porque lo jugué, sino por ser más fuerte. El actual es muy dinámico, pero no me acaba de convencer. Antes los partidos duraban hasta tres horas, tenías que hacer dos acciones positivas para obtener un punto, etc. Ahora el tanto se hace muy fácil.

Son épocas diferentes, no quisiera comparar, pero antes había que jugar de verdad física, técnica y tácticamente. Lógico: los cambios obedecen a la televisión, pero ver jugar voleibol por más de dos horas era estupendo. Ahora cuando más emocionado estás, se acabó el encuentro.

Cuba usaba dos pasadores. ¿Con quién jugaste?

Con Jiménez y Leonel Marshall. El primero fue el mejor del patio por sus habilidades, a pesar de  su delgadez y baja estatura. Marshall era ejemplo de dedicación y de los más fuertes.

Era evidente la unidad del equipo…

Gilberto trabajó para que nos viéramos como un colectivo, y los sicólogos también cumplieron un buen papel.

Le debes mucho a este deporte…

Hasta la familia. Llevo casado 33 años con Ana María García, una de las mejores jugadoras de las Morenas del Caribe campeonas en 1978. Ella e Imilsis Téllez eran las pasadoras de aquel elenco. Ahora es entrenadora y ha prestado colaboración en Venezuela, Bolivia y México.

¿Cómo te gustaría la despedida?

Siempre estaré ligado al voleibol. Viajar al frente de equipos a torneos importantes me ha enseñado mucho. Dominar las regulaciones de la FIVB y el idioma inglés ha sido determinante. La superación es fundamental, ojalá todos los atletas aprovecharan la oportunidad de aprender.

Soy feliz con mi labor de económico en el INDER y tesorero de la Federación Cubana de Voleibol.

 

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