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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
JUEVES 13
DICIEMBRE, 2018

La Habana
Año 60 de la Revolución
Juan Carlos González la O
El “látigo” de los remeros

Acumula loables resultados, válidos para despertar la sana envidia de muchos amantes del deporte.


Por: Tony Díaz Susavila
(susavila@inder.cu)
jueves, 22 de marzo de 2018

Trayectoria...

Ganó como timonel en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata 1995 con la dupla de Ismael Carbonell y Arnaldo Suárez. Vio la despedida a ese nivel de los botes de dos y cuatro con.

En la actualidad...

Desde el 29 de agosto de 1993, después de un corto período de retiro, regresa para sustituir al legendario Roberto “Waco” Ojeda y quedar como timonel titular, responsabilidad que asume.


SU PALMARÉS podrá parecer discreto, pero en más de dos décadas como timonel acumula loables resultados, válidos para despertar la sana envidia de muchos amantes del deporte de los remos.

En su figura de 1,48 metros y 55 kilogramos de peso hay una gran reserva de inteligencia y coraje, que le permiten exigir a hombres más jóvenes, con casi dos metros de estatura y una fuerza descomunal confirmada en la velocidad que le imprimen a los botes.

Años y años de esfuerzo y sacrificio han llevado al santiaguero Juan Carlos González la O hasta lo más alto de este deporte a nivel nacional y continental, en una carrera iniciada hacia 1978.

¿De dónde viene la pasión por esta disciplina?

Nací cerca de la bahía de Santiago, en un reparto llamado Ciudamar. Creo que eso influyó mucho, pues la Academia de Remos quedaba a poca distancia. También intervino mi primo Roberto Román la O, quien fue timonel.

Comencé a entrenar en 1978, con apenas 16 años y de la mano del preparador Germán Vidal. Desde entonces estoy sobre los botes, aunque me “perdí” un tiempo.

¿Qué período y por cuál razón?

Estuve ausente tres años más o menos. Antes había cinco regatas: las de Santiago de Cuba, Villa Clara, Cienfuegos y Varadero, más la Copa Bohemia, que se efectuaba en la Bahía de La Habana. Sin embargo, solo me daban licencia deportiva para un evento cuando trabajaba en la textilera Celia Sánchez Manduley.

Por esa razón dejé el deporte, pero me llamaron al equipo nacional después de los Juegos Panamericanos de La Habana 1991 y no podía decirle que no a la “novia eterna” que representan las regatas para mí.

El 29 de agosto de 1993 sustituí a un grande, al “Waco” Ojeda, y desde entonces soy el timonel titular del equipo cubano.

¿Cómo es un día habitual en la vida de un remero?

Lo primero es madrugar para entrenar con la fresca, aunque los remeros de calibre generalmente lo hacen en la tarde también. En el intermedio están los ejercicios físicos, el descanso y el estudio, porque la mayoría son muy jóvenes y aspiran a ser profesores de educación física o licenciados en cultura física. A muchos los he visto terminar la escuela y quedarse como entrenadores una vez finalizan su etapa activa.

¿Merece la pena ese sacrificio?

Quien se sienta atleta responderá que sí, que vale la pena, pues ese amor incondicional se escoge desde pequeño. Aquel que ansía ser un deportista de alto rendimiento no tendrá noches de fiesta, ni bailes, ni podrá tomar bebidas alcohólicas. Algunos incluso no pueden comer cuanto desean.

Yo mismo debo hacer los 55 kg de peso para competir. No me puedo pasar porque de lo contrario comprometo la actuación del equipo. El reglamento lo exige así para todo evento internacional. Soy disciplinado e ingiero lo necesario.

¿Cuál fue tu primera competencia internacional?

Fue en una invitación a Perú en octubre de 1994. Después he participado en seis juegos panamericanos y unos centroamericanos y del Caribe, pero nunca en juegos olímpicos ni campeonatos mundiales.

Sucede que antes se competía en el dos, cuatro y ocho con timonel. Actualmente en las competencias nacionales lo hacemos en el ocho y algunas veces en el cuatro, pero esa modalidad ya desapareció en el mundo.

Ahora solo se compite en el ocho con timonel, de ahí que mi gran sueño sea estar en esa embarcación.

Figuras entre los cubanos más premiados internacionalmente en tu especialidad. ¿Con cuál de esos galardones o momentos te quedas?

Me identifico con un triunfo ajeno: con la victoria del ocho con timonel en los Panamericanos de La Habana 1991. El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz estaba en la pista de la Coronela y aquello fue una gran fiesta. El Waco fue el timonel.

El propio Comandante premió a quien considero uno de los más grandes remeros de Cuba de todos los tiempos, mi coterráneo Ismael Carbonell. Imagínese que ganó tres de cuatro oros en competencia.

Había una gran efervescencia y el remo puso su granito de arena para que Cuba ganara por única vez los juegos continentales.

Me quedo con ese momento histórico, aunque yo no estuve. Estuvo el Jefe y para mí eso es lo más grande.

Después, en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata 1995 fui campeón con la dupla de Carbonell y Arnaldo Suárez. Allí se compitió por última vez en juegos continentales en el dos y cuatro con timonel. En ese último fuimos bronce.

¿Consideras que el remo tiene el reconocimiento merecido de parte de sus seguidores en Cuba?

Pienso que sí. Es un deporte caro por los botes, pero el gobierno da su apoyo y tenemos el reconocimiento de los que nos siguen.

Aunque nuestra “casa grande”, La Coronela, está lejos de La Habana, aquello se llena cuando hay regatas, no importa si son confrontaciones internas o si vienen botes del exterior.

Ahora la están poniendo más bonita y han limpiado la pista acuática. Eso va a quedar mejor que cuando fue construida.

¿Alguien de la familia le sigue los pasos?

Soy casado y padre de dos hijas. La mayor tiene 20 años y estudia medicina; la otra está en el preuniversitario y quiere ser doctora también. Ojalá alguna se dedique a la especialidad del deporte.

A veces sufro porque estoy mucho tiempo alejado de ellas. He estado hasta tres meses sin verlas, sin visitar mi barrio en el Distrito José Martí. Eso es parte del sacrificio del que hablamos.

¿Cómo imagina sus días fuera del deporte activo?

Como entrenador. Estaré en el remo hasta que me muera. Es un “amor incondicional” que elegí hace años y con el cual deseo cumplir más que las bodas de oro.

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