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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
DOMINGO 9
DICIEMBRE, 2018

La Habana
Año 60 de la Revolución
Juan Antonio Pino Pérez
«Nunca arrepentido»

El hombre que encabeza a los premiados de su disciplina en Juegos Centroamericanos y del Caribe (2-3-7) y logró cinco bronces en lides panamericanas regaló a JIT un diálogo signado por la misma pasión derrochada sobre las canchas.


Por: Roberto Ramírez
(promocion@inder.cu)
miércoles, 16 de abril de 2014

Trayectoria...

Fue puntal del mejor momento histórico del tenis cubano, con llegada al Grupo Mundial de la Copa Davis e intervenciones en circuitos y torneos Grand Slam, incluidos Wimbledon y Roland Garros.

En la actualidad...

Posee la categoría de Tutor de la Federación Internacional (ITF) y dirige la comisión técnica local, plazas desde las que transmite experiencias e incrementa sus conocimientos.


La Habana.- AUNQUE está retirado desde el 2000 Juan Antonio Pino Pérez habla del tenis con la misma pasión derrochada durante las dos décadas en que tributó a los momentos cumbres de ese deporte en la isla.

Encabeza a los premiados de su disciplina en Juegos Centroamericanos y del Caribe (2-3-7), logró cinco bronces en lides panamericanas y se tuteó con las estrellas en circuitos y torneos Grand Slam, incluidos Wimbledon y Roland Garros.

Tenía 10 años cuando empuñó una raqueta por casualidad en 1975, de la mano de un tío que jugaba en su Pinar del Río natal, pero triunfó el amor a primera vista y terminó en el podio de unos Juegos Escolares para los que ya tenía plaza como pelotero.

Accedió a dos oros y una plata en los I Juegos Inter-EIDE, llegó a la estructura nacional en 1980, se alejó por sanción entre 1982 y 1984 y regresó en esa última temporada cuando estudiaba estomatología y fue llamado por directivos recién nombrados.

Ahora tiene la categoría de Tutor de la Federación Internacional (ITF) y dirige la comisión técnica local, radicada en las mismas canchas del complejo 19 de Noviembre donde vivió tantos momentos intensos y aceptó este intercambio con JIT.

¿Qué factores propiciaron el salto iniciado desde entonces?

Se unieron el poder contar con un material humano importante, tanto atletas como entrenadores, el apoyo recibido y que no teníamos noción de lo que era el nivel mundial y eso nos hacía irrespetuosos, no cohibirnos.

¿Cómo influyó regresar a la Copa Davis en 1987?

Fue muy importante a nivel de motivación, tanto que subimos muy rápido en el ranking mundial y llegamos a tener a 14 jugadores masculinos y alrededor de ocho mujeres en ese listado.

Una vez que logras tal nivel no puedes entretenerte, y sucede que unos halan a los otros para bien de todos.

¿Cuándo se produjo el despegue en ese contexto?

Los tres primeros años no nos fue tan bien, pero ya en 1990 ganamos el grupo dos de América y en 1993 jugamos en el mundial.

Fuimos el equipo que más rápido logró ese ascenso, o sea solo seis años entre comenzar en el último grupo y llegar al mundial.

¿Qué serie mencionarías de manera especial?

La que le ganamos a Chile en 1992 por el primer lugar del grupo I de América, porque lo hicimos contra un equipo de altísimo nivel y de mucha tradición que actuó como anfitrión.

Los pronósticos apuntaban a un 5-0 para ellos porque íbamos a jugar en tierra batida, acomodada para ellos en un Estadio Nacional con casi 17 mil personas, pero vencimos 4-1.

Regresemos en el tiempo a los Juegos Panamericanos de La Habana’91 y dinos cómo los recuerdas.

En realidad con mucho dolor. Fueron en Cuba y tenía grandes expectativas porque estaba jugando muy bien, pero la comisión técnica decidió que interviniera en los cuatro eventos convocados y fue muy duro en medio del tremendo calor de agosto.

Eso me llevó a discutir tres entradas en medallas en una misma jornada, terminando a las once y media de la noche, y al otro día me acalambré en la semifinal de singles cuando le estaba ganando al estadounidense David Di Lucia.

Por supuesto que era ese el evento que hubiera querido priorizar, porque el nivel entre los mejores hombres estaba muy parejo y creo que con menos esfuerzo al menos hubiera llegado a la final, pero terminé con tres bronces.

Ganó el mexicano Luis Enrique Herrera, entonces 49 del mundo, pero habíamos jugado cuatro veces con dos victorias cada uno.

¿Cómo recuerdas la inserción en el primer nivel?

Cuando empezamos a jugar esos torneos ya teníamos una noción de lo que era el tenis pero no de lo que significaban los Grand Slam, y nos permitió comprobar que podíamos salir bien a partir de lograr resultados contra hombres que habían vencido a los mejores del mundo.

¿Single o doble?

El single es lo que siempre quieres porque te permite compararte con el mundo, pero el doble se disfruta más.

Y el tuyo con Mario Iván Tabares fue de leyenda.

Hicimos una pareja tan bien llevada que no necesitábamos hablar sobre la cancha. Como en el plano individual teníamos gran rivalidad y la prensa hablaba mucho de eso la gente pensaba que no había comunicación, pero nos llevábamos muy bien.

Diseñamos jugadas, aprendimos de los checos, les ganamos tres veces a los mejores del mundo y varios grandes entrenadores consideraban que estábamos aptos para consolidarnos en la élite.

Pero después nos frenaron porque en determinado momento los primeros 100 del ranking no podían jugar en los eventos multidisciplinarios, y eso nos limitó.

¿Por qué el adiós?

Ya en 1994 nos dan la posibilidad de buscar entrar a los 100 e hice un esfuerzo grande con esa ilusión. Llegué a estar en el 130, un lugar muy bueno, pero llevaba 10 años sin tomar vacaciones y eso te desgasta mucho mentalmente.

Recuerdo que en 1995 después de los tres torneos grandes de Colombia, donde hice dos semifinales y una final, todos me decían que estaba loco por pretender retirarme pero creo que fue un buen momento, aunque después continué jugando en copas Davis hasta el 2000 para contribuir a la posición de Cuba.

¿El equipo ideal?

Antes hubo grandes jugadores, como Humberto Camarotti o Juan Manuel Brito, pero eran épocas diferentes. Creo que el que integramos Tabares, Wilfredo Henry, Tomás Rodríguez y yo.

Por lo que logramos, pero sobre todo porque funcionamos como tal a partir de que cada uno conocía y cumplía su función.

Henry, por ejemplo, no era regular y lo sabía, pero a nivel de disciplina, de liderazgo, de pensamiento táctico, era como un entrenador más, y su presencia fue siempre muy importante.

¿Los imprescindibles en tu formación?

Enrique Barrios, que me rescató para la EIDE en Pinar del Río, me trajo a La Habana y hasta regresó a buscarme la ropa para que me quedara. Manuel Suárez, jefe de entrenadores a mi llegada aquí, con quien logré una gran empatía y me trató como a un hijo lo mismo en la escuela que en su casa.

Brito, que era mi entrenador, revolucionó los planteamientos técnicos del tenis cubano y proyectó una visión por encima del momento que estábamos viviendo. Apeló a jugadores en los que otros no habían pensado, como es mi caso.

Rolando Martínez, que en el plano administrativo fue la persona que impulsó todo eso con una visión clara y logró unas relaciones internacionales muy buenas a partir de ser respetado y querido. Para mí el que más tuvo que ver. Presentó y convenció sobre el proyecto que permitió dar el salto. Tuvo una carrera deportiva quizás poco conocida pero muy grande.

Y Giraldo Martínez, a quien tuve ocho años como técnico.

¿La familia?

Todo. Para que un deportista llegue, para que tenga resultados, tienen que unirse muchas cosas, y detrás de cada una de ellas siempre hay alguien, incluidas las instituciones, pero la familia sufre y apoya más que nadie.

¿Disfrutas como preparador?

Mucho, pero el deporte de alto rendimiento está diseñado para competir, y los entrenadores no somos magos. Si no se cumple la estructura que está diseñada difícilmente llegue el resultado deportivo. Solo los supertalentos pueden brillar obviando determinados pasos.

¿Cómo valoras la relación éxitos-malos momentos?

Los éxitos no compensan los sufrimientos, las lesiones, la incertidumbre de si me operaban o no, el dejar a familiares queridos en terapia para asumir una competencia o hacer lo mismo ante la pérdida de una hija, resistir criterios de la prensa, ver entristecer a la familia ante determinado comentario o cuando algo no salía bien. Creo que todo eso está en las reglas de juego y lo entiendo, pero se sufre.

¿Arrepentido entonces?

Nunca arrepentido. Fue lo que escogí y repetiría lo mismo, pero con más experiencia. Mi esposa dice que lo que más admira de mí es la forma en que amo lo que hago, y todavía no pierdo el sueño de que volvamos a tener buen tenis.

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