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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
LUNES 25
OCTUBRE, 2021

La Habana
Año 63 de la Revolución
Milán Matos León
«Claro que repetiría el atletismo»

Asistió como saltador de longitud a Juegos Olímpicos y citas centroamericanas y panamericanas, pero fue su labor como técnico la que le catapultó a la fama.


Por: Eyleen Ríos López
(eyleenrios@inder.cu)
viernes, 04 de abril de 2014

Trayectoria...

Entrenador del saltador de longitud Iván Pedroso, quien bajo su mando consiguió un oro olímpico y nueve coronas mundiales.

En la actualidad...

Jubilado del equipo nacional trabaja en varios proyectos de libros de entrenamiento y se mantiene activo con un grupo de niños en el habanero Combinado Deportivo Ciro Frías.


La Habana.- ES IMPOSIBLE hablar de Iván Pedroso sin pensar en Milán Matos, el hombre que apuntaló los resultados del máximo ganador de oros mundiales en el atletismo cubano.

Fumador empedernido e inquieto hasta poder desesperar a quienes le rodean, todo es movimiento en él. Incluso sentado cambia constantemente las posiciones de brazos y piernas como si su delgado cuerpo tuviera vida independiente.

Nació el 12 de noviembre de 1949 en la ciudad de Guantánamo y asistió como saltador de longitud a Juegos Olímpicos y citas centroamericanas y panamericanas, pero fue su labor como técnico la que le catapultó a la fama.

Apostó por Iván cuando este solo tenía 12 años y cumplió sueños que le resultaron esquivos como atleta. Creció junto a él durante cada campaña de trabajo conjunto y celebró sus victorias con la misma emoción con que lloró las derrotas.

Fue como padre y amigo, lo llevó al reinado olímpico en Sydney´00 y a nueve liderazgos universales, estuvo con él cuando la más grave de sus lesiones en 1996 y le entregó las herramientas necesarias para abrirse camino como entrenador.

Ahora está alejado del equipo nacional por decisiones que no compartió, pero se considera apto para seguir aportando y por eso trabaja en un libro sobre entrenamiento y da seguimiento a varios niños en el complejo Ciro Frías de La Habana.

Sobre esto y muchas otras cosas conversamos en su hogar, rodeados de fotos y reconocimientos que permiten acercarse un poco más a su historia.

¿Qué le impidió ser mejor atleta?

Creo que no tener una buena técnica, ya que lo mismo saltaba con la pierna izquierda que con la derecha. Hubiera podido ser un buen triplista pero nunca cambié porque mi mayor anhelo era ser grande en la longitud, aunque carecía de una técnica sofisticada y en las competencias no me concentraba.

Sin embargo rompí dos veces el récord nacional con 7,96 y 8,07 metros, aunque esa segunda marca no se homologó porque no estaba el jefe técnico en la competencia. Y en 1976 volví a saltar más de ocho metros, pero con viento a favor y tampoco fue válido.

¿En qué momento sintió que sería entrenador?

Parece que eso me llegó como algo innato, porque recuerdo que desde que competía me acercaba a los compañeros y me gustaba explicarles, ayudarles a hacer las cosas. Luego del retiro en 1979 comencé en el Parque Martí y tuve la suerte de trabajar con atletas con los que logré algunos resultados. Por eso me llamaron a la EIDE y ahí tuve la satisfacción de encontrarme con Iván Pedroso, que entonces era fondista.

Antes de llegar a Iván… ¿Lo conseguido como preparador compensó lo no alcanzado como atleta?

Los resultados como entrenador me dieron una gran satisfacción, tanto que aún me llenan de alegría porque logré casi todo lo propuesto. También habría querido hacerlo como atleta, pero no tengo frustración alguna.

Ahora sí vamos de lleno al tema Iván. ¿Cómo recuerda aquel primer encuentro?

Me llamó su entrenador José Viera, porque le veía condiciones, ya que siempre estaba saltando... Voy y veo que era chiquito y flaquito pero tenía gran potencial de salto, y dije «Este muchacho me gusta».

Comenzamos a trabajar, pero no pudo integrar el equipo para los Juegos Escolares esa primera vez. Lo logra un año más tarde y empieza a tener resultados, aunque donde realmente se destacó fue en la categoría juvenil, y a partir de ahí sus éxitos fueron innumerables.

¿Fue perfecta esa combinación?

Sí lo fue. Éramos unidos, tuvimos discusiones que son normales en toda relación de ese tipo, pero realmente es muy difícil encontrar un atleta como él. No escuchaba a nadie, solo a mí. Hablar de Iván es hermoso, es muy grande...

¿Era un atleta “complicado”?

Creo que sí, en el sentido de que no lograr la marca deseada le ponía furioso. No le gustaba perder, tenía mucha autoestima, y en ocasiones me decía «Milán a mí no hay quien me gane en estos momentos». Entendió que se puede estar muy bien físicamente, pero si no estás mentalmente preparado eso no vale de nada, y siempre supo cómo hacer las cosas, me hizo caso y lo que yo le decía era ley.

Hay muy pocos atletas con una forma de entrenar como él, y fue extremadamente disciplinado.

¿Cuánto pudo poner en práctica con él lo que fue incorporando a su formación profesional?

Entre las cosas que cambié está por ejemplo el ritmo de la carrera de impulso, pues los soviéticos de los que aprendimos corrían a nivel de tiempo, le daban mucho vuelo.

En la primera parte daban mucho alterno, alterno... y después corrían, pero logré quitar eso porque nosotros somos rápidos y desde que salimos tenemos que hacerlo fuerte para poder volar bien. Eso lo aplicó siempre Iván, como demuestra su carrera final en Sydney´00.

Teníamos tantas coincidencias que cuando yo pensaba en una innovación determinada él llegaba con otra y me decía «Mira, encontré esta o aquella cosa, vamos a completarlo así»... Era ese tipo de relación muy segura, de total compenetración.

¿Qué le dejó esa labor?

Me enseñó a ser más entrenador en el sentido de que tenía mayor responsabilidad y que cada año tenía que crear en busca de que mis métodos fueran distintos porque el entrenamiento deportivo ha cambiado mucho y si tienes 10 competencias tienes que estar en forma en todas, y a la vez llegar en la mejor forma a la fundamental.

No es como antes, cuando tenías tres y cuatro meses para entrenar y alcanzar la forma deportiva... Ahora hay que saber trabajar con picos, dónde subir la carga, dónde bajarla, e identificar dónde deseas el mejor salto.

Él es muy observador y reservado, todo el mundo no es amigo para él, tiene su círculo de amistades muy limitado y no le gustan las entrevistas. Fue una escuela en mi superación como técnico.

¿Es cierta la historia de que estuvieron a punto de separarse por el traslado a Santiago de Cuba?

La comisión me propuso trabajar en México o en la base nacional de Santiago de Cuba y preferí eso último. Iván solo tenía 15 años y no sabía si los padres querían dejarlo ir, pero hablé con ellos y aceptaron. Creo que eso fue lo mejor que pudo pasar.

Antes de proponérselo a los padres fui a ver a Sigfredo Bandera y le dije «Tengo un muchacho aquí que posee condiciones», y él se quedó con Yoelbi Quesada, que le correspondía ir para Santiago, y al final tuvimos un campeón cada uno.

Sin embargo, alguna vez le acusaron de no ser contrapartida para Iván.

Eso es bueno, porque en ocasiones se está compitiendo y el entrenador que está al lado le puede decir que si la pierna, que si esto o lo otro, pero lo que me interesa a mí en ese momento es que mejore el ritmo de carrera, por ejemplo, y es cuando vienen los problemas si el atleta no es fuerte de mente y no sabe a quién hacerle caso.

Lo que hizo Iván creo que era lo correcto: si no era conmigo no era con nadie.

¿Por qué le fue tan esquivo el récord mundial?

Varias veces saltó más de nueve metros con pequeños foul, y pudo hacerlo en el mundial del 97, pero se empecinó y tras el 8,42 del primer intento dio cuatro foul y uno solo válido.

Fíjate si fue grande que en Sertierre, Italia, salimos a calentar, dio dos vueltas y me dijo: «Milán, vamos para la pistilla que me siento muy bien», y efectivamente abrió con 8,86. Allí logró aquel 8,96, lo más grande del mundo, y vi que el anemómetro marcaba 1,2 metros por segundo, pero no a algún árbitro que interfiriera la medición oficial como se dijo... Eso fue una mala pasada, no estaba para él.

Atleta o entrenador, ¿qué es más difícil?

Las dos cosas están bastante parejas, ambas exigen mucho. Viví las dos y sé que son muy duras.

El entrenador manda, pero el que ejecuta y sabe cómo se siente es el atleta, por eso digo que Iván es grande, pues a veces le decía «Corre dos pies», y me respondía «No, es muy poco, voy a correr uno más porque voy a salir con más desplazamiento», prueba de que sabía controlarse y lo que necesitaba hacer en cada momento.

¿Cómo se viven los grandes triunfos?

Tener una victoria importante es como si me saliera algo del alma que no puedo describir. El primer día después de un gran resultado estaba atontado, sin saber qué hacer, y al otro día es que “caía”, me reía, disfrutaba, lloraba...

¿Por qué no está ya en el equipo nacional?

Realmente no me gustó que me quitaran el salto de longitud, la cosa más preciada de mi vida, para pasarme al triple femenino sin saber por qué razón.

Si todavía estuviera en el salto de longitud posiblemente no me hubiera retirado, pero no he parado y estoy escribiendo sobre cómo mejorar los trabajos especiales y tengo otros varios proyectos. Me siento bien, con fuerzas y no puedo estar inactivo.

¿Alguna añoranza?

Me gustaría que el atletismo fuera la familia que tuvimos desde los años 70. Ahora no es igual, y ojalá que eso cambie.

¿Y la suya?

Tengo tres hijos, nietos, mi familia me cuida, me admira, ahora estoy disfrutando con ellos el tiempo que perdí cuando trabajaba. Me apoyaron mucho, sin ellos no lo hubiera logrado. Llevo casado 28 años y cuando en lo personal todo es felicidad el resto sale bien.

¿Repetiría el atletismo?

Claro que repetiría el atletismo.

¿Fue Iván el más talentoso de sus alumnos?

Y no solo de Cuba, también del mundo.

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