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FUE la mujer más sobresaliente en aquellos primeros años del atletismo revolucionario cubano, cuando mostró su clase en pistas olímpicas y celebró premios panamericanos y centroamericanos en la velocidad.
Miguelina Cobián ya cumplió 73 abriles vividos intensamente, pero conserva con tal claridad algunos de esos pasajes que regala el placer de disfrutarlos a través de un verbo fácil y gestos propios que parecen resultar de emociones recientes.
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LLEGÓ “viejo” al pugilismo, porque tenía 18 años cuando visitó por primera vez el área donde se inició a las órdenes de Eleodoro “El Duque” Estable.
“En realidad no pensé ser boxeador desde un primer momento, pero tenía hermanos mayores a quienes sí les gustaba, y terminé embullándome”, recordó Rogelio Marcelo Martínez en diálogo con JIT.
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SU PRIMER entrenador fue el único que confió en su futura calidad en el poblado de Pedro Betancourt, en la provincia de Matanzas, y cuando llegó a la ESPA nacional tampoco le auguraron mucho tiempo a ese nivel.
Debió ganarse su posición natural de defensa organizadora hasta que dos años de destaque la llevaron al equipo élite, que le vio convertirse en una de las mejores jugadoras del baloncesto cubano de todos los tiempos.
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La Habana.- ENCUMBRADA a base de esfuerzos y resultados la escuela cubana de salto goza de respeto en el mundo atlético y tiene sólidos cimientos en sus creadores.
Julio Bécquer es uno de ellos, protagonista de aquella época también prestigiada por otros excelentes profesores como José Godoy, quien sentó cátedra en la especialidad de altura.
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TRANSCURRÍA el año 2000 y sentado frente al televisor en compañía de su hermana y su mamá, viendo los Juegos Olímpicos de Sydney, el luchador Iván Fundora Zaldívar les expresó: «Si algún día voy a un evento de ese tipo pueden estar seguras que regreso con una medalla».
Cuatro años después el deseo se hizo realidad al quedar tercero en la cita de Atenas, donde el muchacho nacido el 14 de abril de 1976 y conocido como “La máquina de Güines” vivió el clímax de su carrera.
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POSIBLEMENTE hubiera brillado en cualquier otro deporte, pero el sentido de la fidelidad le condujo a las vallas y su colección de triunfos premió esa decisión.
Condiciones físicas acompañaron por toneladas al santiaguero Anier García: 1,90 metros de estatura y puro músculo le allanaron el difícil camino al estrellato, aunque también le dejaron más de un dolor de cabeza.
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