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El Rubio, un soñador por y para la lucha
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Sus peleas eran atracción en cualquier cartelera y tenía seguidores dentro y fuera del país.
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La Habana (13 ago).- CON JESÚS Eugenio Rodríguez Garzón el combate era de silbatazo a silbatazo. No había descanso.
Incisivo, fogoso, combativo... fueron de los calificativos que ganó sobre los colchones, pues decía que hasta el final no había nada perdido.
Sus peleas eran atracción en cualquier cartelera y tenía seguidores dentro y fuera del país.
Hoy, después de casi 20 años de su última contienda, el guajiro santiaguero que sumó no pocos méritos manifiesta que su vida sigue y seguirá siendo la disciplina de las llaves y los agarres.
No por casualidad el ahora entrenador del equipo nacional femenino posee una trayectoria que inspira a las actuales generaciones de gladiadores.
Nacido el 30 de junio de 1967, “El Rubio” como cariñosamente se le conoce, acepta sin reparos el intercambio con JIT.
¿El comienzo?
Me gustaba la natación y el polo acuático, pero mis amiguitos del barrio me llevaron a la práctica de la lucha libre en el gimnasio de la calle Martí, en Palma Soriano, bajo las orientaciones de Osvaldo Díaz Galán.
Pero tuviste un ascenso vertiginoso. Aseguran tus compañeros de entonces que eras fuerte y aprendías rápido. ¿Qué me dices de eso?
Cierto, a los dos meses, por mis resultados en competencias interbarrios, municipales y provinciales, me captan para la EIDE y ahí, con el entrenador Eddy Quintero, gano mis primeros Juegos Escolares en la categoría 11-12 años.
¿Qué aconteció después?
Pues como seguí destacándome, en 1982 me hacen la captación para el equipo nacional juvenil, pero mi familia se opuso.
Al otro año me vuelven a llamar pero una lesión me impide hacer realidad ese sueño, y no fue hasta el 84, después de los Juegos Escolares y el Torneo por Equipos en Guantánamo, que me vuelven a captar.
¿Cambio radical?
Seguro, algo totalmente diferente. Allí mis primeros preparadores fueron Pedro Betancourt y Raúl Tachín, quienes me ayudaron como nadie en mi superación como luchador, aunque no puedo dejar de mencionar el apoyo de Aparicio Ramos, otro que me alentó en todo momento.
¿En que peso entras?
En los 57 kg. Lo hacía sin problemas a pesar de que era fornido. Quizás esa fortaleza y mis cualidades fueron las que me permitieron la llamada al equipo grande.
¿Cómo te conviertes en uno de los principales luchadores de aquella época?
Con mucho sacrificio, dedicación, disciplina y voluntad. Cuando salí de Santiago me propuse ser bueno, pero la vida en el equipo requiere esforzarse al máximo y no dejarse caer, no ceder ante las adversidades.
Y tuviste rivales de mucho nivel.
Uff... Fue una época de gloria, de muy buenos luchadores. Había cuatro o cinco con calidad por división. Allí estaban Raúl Cascaret, Eugenio Montero, Rafael Torres, Alejandro Puerto, Alberto Rodríguez, Lázaro Reynoso, Aldo Martínez, Carlos Varela, Roberto Limonta. Toda una constelación.
Éramos un grupo compacto, quizás la categoría más floja era de los 120 kilos, pues Cándido y Domingo Mesa ya se habían retirado.
¿Cuándo das el salto definitorio?
Los ascensos lógicos de división a los 62 y a los 68 kilos fueron algo que me fortalecieron, así como el trabajo con los entrenadores Erick León, Isidro Cañedo y Juan Caballero, este último muy bueno en la parte táctica.
¿Tus principales contrarios en casa?
Tuve muchos, porque como te dije en aquellos años la calidad estaba concentrada, y no solo en el equipo nacional, sino también en las provincias. No podría dejar de mencionar a Eugenio Montero, Esteban Ramírez, Pavel Chamizo, Enrique Valdés, Jorge Medina, Julio Mendieta, Santiago Contreras, Julio Castellanos o Daniel González.
¿En qué división obtuviste los mejores resultados?
Los 68 kilos. En ella fui a tres mundiales y en todos alcancé medallas. En 1990, en Tokio, fui bronce al perder con el griego Giorgios Athanassiadis. En 1994, en Estambul, llegué a plata al caer contra el alemán Alexander Leipold, y en 1995, en Atlanta, repetí el tercer puesto cuando me derrotó el iraní Akbar Fallah.
¿Insatisfecho?
En los tres podía haber llegado al oro. En Tokio fue una pelea muy disputada, cerrada. En Estambul iba ganando por una amonestación y a menos de un minuto para el final me pitan una pasividad. Leipold, que era un fuera de serie, me sorprendió con un agarre invertido y logró pegarme. Pero la más controvertida fue en Atlanta. Todavía recuerdo a todo el público abucheando la decisión, que fue un despojo.
¿Qué te distinguió?
Siempre fui muy competitivo y me preparaba bien. Nadie puede decir que Jesús Rodríguez no entrenaba, por el contrario era un león en los entrenamientos. Esa es la base de todo.
¿Juegos Olímpicos?
Participé en los de Barcelona’92 y fui séptimo. Perdí con el japonés Kosei Akaichi una dura pelea donde sufrí un fuerte golpe en una costilla que me impidió seguir. Estaba para medalla.
¿No pudiste ir a Atlanta?
Era el seleccionado, lo había ganado todo, el nacional, el Granma-Cerro Pelado, los topes, pero en una base de entrenamiento en Francia se me lesiona un dedo pulgar. Llego a Cuba y en un entrenamiento una nueva lesión, esta en la quinta vértebra de la columna, me saca de circulación. Mi entrenador Erick León entonces conversa conmigo y me informa que como estaba muy mermado iría Yosmany Sánchez.
¿Qué pasó después?
Decido retirarme.
¿Si tuvieras que calificarte cómo lo harías?
Mi fuerte siempre fue mi gran capacidad psicológica para vencer las dificultades que me persiguieron durante toda mi carrera.
¿Técnica favorita?
El tackle arriba, al frente y al lateral, así como la combinación de cabeza y brazo. También tenía muy buena defensa de brazos y en cuatro puntos. Utilizaba además la universal con desbalance.
¿Tus mayores rivales internacionales?
Entre los que te mencioné el alemán Alexander Leipold y el griego Giorgios Athanassiadis, pero a esos agrégales dos estelares como el ruso Arsen Fadzayev y el norteamericano Tom Saunders.
Háblame de este último.
Muy fuerte, me ganó aquí en La Habana en los Juegos Panamericanos de 1991 y en los de Mar del Plata’95, donde fui bronce. Allí iba ganando y a 19 segundos del final me hizo una entrada a la pierna y logró el empate. Esa fue la última anotación técnica y por lo tanto se llevó la victoria.
Pero fuiste campeón continental del deporte.
Sí, dos veces, ambas en Colorado Springs. También logré las coronas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de México’90 y Ponce’93, así como bronce de la Copa del Mundo de Toledo en 1991.
¿Cómo ves tu labor actual con la lucha femenina?
Una gran responsabilidad. Tenemos un grupo de 14 muchachas que tienen mucha calidad y están deseosas de demostrar como otras veces que con ellas se puede contar. Trabajo junto a mi amigo Elio Garraway, que es el jefe técnico, y el compromiso es grande, cosechar títulos y medallas para Cuba.
¿Hay futuro con ellas?
Por supuesto. El semillero es muy grande. En las provincias hay entrenadores muy capaces y las niñas están ahí. La única preocupación es la pobre matrícula, solo 14 en el equipo nacional, incluidas juveniles y mayores. Hay un bache muy grande y después que salen de las EIDE se pierden muchas.
¿Sueños por lograr?
El sueño olímpico. Yo no pude, la vida, el destino lo impidieron, no sé, pero ahora mi meta es cumplirlo con las muchachas. Ya Katherine Vidiaux (63 kg) fue octava en Londres’12.
Tus gustos.
La cocina, soy un buen cocinero. Me gusta y la disfruto, sobre todo los mariscos y las carnes.
¿La familia?
La mejor medalla. El apoyo incondicional. Lo más importante. Mi esposa, mis dos hijos, mis padres, mi hogar.
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