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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
MIÉRCOLES 22
NOVIEMBRE, 2017

La Habana
Año 59 de la Revolución
50 ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL CHE
Ernesto y los deportes

Un acercamiento al vínculo profundo del Guerrillero Heroico con las disciplinas deportivas, narradas desde la visión de su padre. 


Por Ernesto Guevara Lynch*
domingo, 08 de octubre de 2017 02:48 AM



Foto: JIT Colaborador

ERNESTO había nacido con una conformación física excelente, pero debido a una neumonía que le afectó en la ciudad de Rosario, cuando aún no tenía 15 días de edad, quedó con una propensión a las afecciones pulmonares, y a los dos años esta propensión hizo crisis con su primer ataque de asma.

El ataque duró muchos días y Ernesto quedó marcado definitivamente por esta enfermedad. La arrastró siempre y fue un tremendo obstáculo en su vida.

Con su carácter de acero contraatacó el mal de forma tal, que mediante ejercicios físicos —principalmente natación y gimnasia— consiguió superar ese lastre y llegó a ser un buen nadador en estilo mariposa y un excelente jugador de golf. Además practicó la esgrima, el patinaje, la equitación, el boxeo, la pelota a mano y con paleta, el tenis, el fútbol, el rugby y el alpinismo.

Una persona bien dotada físicamente puede practicar estos deportes, pero es muy difícil que se destaque en todos. Pero lo más difícil es que un chico enclenque que no soportaba el clima de Buenos Aires, que a veces no podía caminar una cuadra, llegara a practicar con el correr de los años deportes tan agotadores como el rugby y el alpinismo.

Cuando estuvo en México subió como entrenamiento a los grandes picos montañosos, algunos de los cuales llegan a alturas de más de cinco mil metros.

Este era su entrenamiento para estar en forma cuando tuviera que entrar como guerrillero en Cuba.

En la lucha guerrillera en Cuba caminaban jornadas de siete a ocho horas en lo más espeso de la manigua, ya que es la ley de la guerrilla el desplazamiento rápido, mucho más que el de cualquier soldado de ejército convencional.

Esta demostración de carácter para imponerse a sí mismo tales ejercicios, sobreponiéndose a su grave afección asmática es lo que mi familia más admiró en Ernesto.

FÚTBOL

Cada vez que se sentía mejor del asma buscaba la ocasión de practicar alguno de sus deportes favoritos y uno de ellos era el fútbol. Cuando niño en Alta Gracia armaba una cancha en cualquier potrero. Allí no había campos especiales para niños, pero a ellos poco les importaba cómo fuera. Con tal que hubiera un espacio llano sin malezas, allí estaba toda la chiquillería jugando al fútbol, y un par de sacos o chaquetas marcaban las porterías. En cuanto a la pelota, si no se encontraba quien tuviese una de cuero o de goma, la improvisaban con papeles de periódicos prensados y sujetos con o cordeles o tiras de trapo.

No importaba que el día fuera frío o caluroso, no importaba ni los vientos ni la lluvia, el fútbol hipnotizaba a mis hijos y a todos los chicos de Alta Gracia y, por qué no decirlo, a todos los chicos de la República Argentina.

Recuerdo haber presenciado los comienzos de este deporte en nuestra patria. Yo era muy pequeño, pero se grabó en mi memoria la cantidad de goles que nos metían los equipos ingleses que venían a jugar a nuestro país. El mejor de los argentinos se llamaba Alumni. La mayoría de los componentes eran descendientes de ingleses. No obstante, cada vez que venían los futbolistas galeses nos arrasaban. Recuerdo cifras como estas: 40-0, 50-0, y el cero era siempre para nosotros.

Entretanto, en las tribunas los espectadores que entonces poco entendían este deporte revelando un nacionalismo exagerado hacían “pan francés” e insultaban groseramente a los equipos visitantes. Pero los ingleses no se inmutaban. Entonces no supieron que habían dejado plantada la semilla que germinaba en nuestro país. Crecieron como hongos las canchas en todas partes donde los chicos pudieran patear la pelota. Veinte años después nuestros jóvenes equipos ganarían torneos internacionales en la propia Inglaterra.

Se comprende así que en todo nuestro territorio la juventud llegara a un verdadero fanatismo con respecto al fútbol.

Los diarios de los lunes llenaban cuatro o cinco hojas con el resultado de los partidos jugados el domingo con toda clase de comentarios y fotografías.

Estando en el Sierras Hotel de Alta Gracia, cuando mis hijos Roberto y Ernesto eran aún niños (ocho y once años), un íntimo amigo mío, notando su presencia en una reunión de gente, les preguntó a modo de broma: “¿A que no sabéis los nombres de los jugadores del Boca?” Cuál no sería la sorpresa de mi amigo cuando los dos al unísono le fueron dando a toda velocidad los nombres de los once jugadores. Las personas allí presentes se reían a carcajadas, al comprobar la rapidez con que habían contestado a la pregunta; pero lo que no sabían los que escuchaban es que además podían dar de memoria los nombres de los jugadores de River Plate, de Racing, de Tigre y de la mayoría de los cuadros de primera división. Y es que realmente el fútbol los apasionaba.

Ernesto fue creciendo y perfeccionando su manera de jugar. Recuerdo que estando en Leticia, ciudad colombiana limítrofe con Brasil y Perú, acompañado de su amigo Alberto Granado, con quien había atravesado gran parte de Sudamérica, y no teniendo dinero para proseguir el viaje en avión hasta Bogotá, aceptaron un ofrecimiento que les hicieron para que entrenasen como profesionales a un equipo de fútbol, cosa que hicieron con gran éxito, pudiendo así pagar dichos pasajes.

*Padre del Guerrillero Heroico Ernesto Guevara de la Serna. Texto aparecido en el libro Mi hijo el Che, de la Editorial Arte y Literatura, 1988. 

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José Antonio Guerra Oliva
 
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