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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
JUEVES 25
MAYO, 2017

La Habana
Año 59 de la Revolución
Los libros
Dr.Cs. Iván Román Suárez
miércoles, 10 de mayo de 2017 12:00 AM


LOS LIBROS, por su importancia, merecen espacio en cualquier columna de reflexión. Desde los orígenes de la humanidad el hombre ha tenido que hacer frente a una cuestión fundamental: la forma de preservar y transmitir su cultura, es decir sus creencias y conocimientos, tanto en el espacio como en el tiempo.

El libro ha sido considerado como el más poderoso elemento de concentración, divulgación y conservación del saber humano. Sus orígenes se remontan a las manifestaciones pictóricas de nuestros antepasados.

Algo en este asunto es innegable: el valor del libro es perdurable a través del tiempo. Un sabio con razón nos ha legado la idea de que «ninguna obra humana sobrevive a un libro».

Esto supone garantizar la integridad intelectual del contenido de una obra y la conservación del soporte en que fue plasmada. Nuestro Héroe Nacional José Martí decía sobre los libros que «calman, consuelan, enriquecen y redimen»; también que «curan las heridas que las armas hacen».

El poeta y filósofo estadounidense Emerson planteó que «la mejor manera de emplear la vida es haciendo algo que sea más duradera que ella».  El libro aquí adquiere su verdadera dimensión.

El prologuista de un libro sobre mi persona escribió una vez: «Un libro es un hijo precioso y sabio del intelecto y de las manos, un sistema de conocimiento en una unidad de tiempo histórico, un maestro con el cual dialogar, un amigo que alivia penas, un aguijón que incita a nuevas búsquedas».

En un planeta amenazado por tantos peligros sería criminal la dilapidación de un tesoro acumulado a través de la milenaria creación del ser humano.

Hace muy poco leí en el periódico Granma un artículo impactante sobre el tema. El joven cronista aseguraba: «Tengo un miedo tremendo a quedarme sin libros. Es la prolongación del miedo ordinario a perder los recuerdos, o un brazo, o a despertar desvariando en la madrugada y no encontrar los ojos. Pero este es, presiento, el miedo más terrible: el pánico absoluto a perder las ideas».

De Günter Grass leí una vez: «Incluso los malos libros son libros, y por lo tanto sagrados». Y agregaría: «Un libro es siempre un trozo de alguien, de su tiempo, de su experiencia. Un pedazo de alguien que se ha propuesto compartirte algo, enseñarte algo, abrirse, descotarse para contigo. Eso hay que agradecerlo. El solo hecho de escribir un libro (un artículo, algo) es un gesto hermoso. Y merece un minuto de tu tiempo, de nuestro tiempo, para dedicarle. Y merece sentarnos un minuto, otro minuto, y pensar en nosotros, en si por fin hemos plantado el árbol, o concebido el niño, o en todo caso, escrito. Es el rezago de lo que de nosotros tendrá el futuro. Vale la pena hacerlo. Intentarlo».

Aprovecho la ocasión para referirme a la actualidad de los libros sobre la preparación de fuerza. Desde la década de los 90 del siglo anterior ha existido una explosión de publicaciones de este corte, traducidos al español y “actuales” por su fecha de aparición, pero que en verdad provienen de otros textos publicados en la década de los años 70 y 80 del siglo anterior.

No debemos confundirnos: a la longevidad propia de esos textos se suma que en la mayoría la temática más importante es la metodología del entrenamiento. Sin embargo, carecen de ella en concreto o es muy escaso su tratamiento; al tiempo que es de difícil comprensión lo presentado y no proveniente de ejemplos de aplicación práctica.

Vivimos en la época en que la información se transmite y modifica en segundos desde cada rincón del planeta. Tenemos el deber de comprender esta realidad si queremos continuar en la cúspide del deporte.

Los libros —el aprendizaje a través de ellos— tienen relación con la posibilidad de crecer y alcanzar nuevas metas, aunque parezca algo demasiado elemental o abstracto, según los ojos con que se lea esa idea.

Las buenas publicaciones que están al alcance de todos son muchas veces subutilizadas y hasta desechadas. Ante eso recordemos nuevamente a Martí cuando aseguró: «Inclinar la cabeza ante los libros, constituye levantarla ante los hombres».

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