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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
MARTES 7
DICIEMBRE, 2021

La Habana
Año 63 de la Revolución
Orlando Martínez Romero
Habla el zurdo de Juanelo
Artífice de la pelea a la riposta, mago en contragolpear después del ataque contrario, el primer campeón olímpico del deporte revolucionario mostró su habitual jovialidad al dialogar con JIT.

Por: Roberto Ramírez
(promocion@inder.cu)
martes, 01 de febrero de 2011

Trayectoria...
Inauguró el medallero dorado de la Revolución en Munich´72. Campeón panamericano en México´75 y bronce en los Juegos Centroamericanos de Santo Domingo´74, en todos los casos en 54 kilos.
En la actualidad...
Trabaja con la comisión nacional luego de ejercer como entrenador dentro y fuera de la isla. Asume diferentes responsabilidades en el propósito de aportar al deporte de sus sueños.

La Habana (1 feb).- ¿«AHORA mismo»?, preguntó cuando JIT le propuso dialogar, pero aceptó de inmediato, a tono con la jovialidad que le caracteriza.

Su físico ya no es —no puede serlo— el que le llevó a tutearse con la gloria, pero tampoco exhibe el sobrepeso que suele aflorar cuando está ya lejos el rigor de entrenamientos y combates.

Sigue acompañado por la amplia sonrisa que provocó a más de un caricaturista, aunque por momentos su rostro adquirió otro matiz, porque repasar recuerdos trajo a la actualidad no solo capítulos agradables.

Se llama Orlando Martínez Romero, es zurdo, brilló como púgil y vivió el clímax de su estrellato en Munich, el 10 de septiembre de 1972, cuando rubricó el debut del deporte revolucionario cubano en el medallero dorado de los Juegos Olímpicos.

Cinco cetros nacionales, hegemonía en los Juegos Panamericanos de México´75 y presea de bronce en la cita centroamericana de Santo Domingo´74 integran también el botín de este habanero, nacido el 2 de septiembre de 1946 en la barriada de Juanelo, y solo derrotado en 23 de sus 226 pleitos.

«Allí conocí el boxeo, pero primero practiqué fútbol y béisbol», dijo al responder la primera interrogante en esta especie de “cuerpo a cuerpo”, transcurrido en la comisión nacional de la disciplina que le tiene entre sus íconos.

¿Con quién tiraste los primeros golpes?

Aprendí con “Lulú” Piñera, que era como de la familia, aunque inicialmente mi padre no estaba de acuerdo.

¿Cuándo aquel interés se tornó más serio?

En mi época de Joven Rebelde un sobrino de Kid Chocolate nos ponía los guantes, pero en realidad mi primer entrenador resultó Rolando Urrutia, quien visitó varias veces mi casa para convencer al viejo.

¿Entonces nació la vocación competitiva?

Con él adquirí ese rigor y me convencí de que podía aspirar a resultados.

Tanto que en 1964 ganas tu primer título nacional.

Sí, en la división de 51 kilos, lo que me ayudó a convencerme de que ese era el camino.

Y a llamar la atención entre los técnicos del equipo grande.

Así fue. Debuté internacionalmente en 1965, en Europa, donde peleé bastante y perdí muy poco.

¿Ya soñabas con los Juegos Olímpicos de México´68?

Claro. Eso queríamos todos.

Incluido Luis Mariano Cesé…

Lo dices porque me noqueó. Fue el único que lo hizo, en el mismo 1968, pero me desquité en el primer Córdova Cardín.

Sin embargo no te fue bien en México.

Me sentí agotado. La altura me hizo daño, tanto que no tuve fuerza para mantener el ritmo con que iba ganándole al húngaro Tibor Badari, que se llevó votación de 4-1 y en definitiva fue el campeón de los 51 kilos.

Volvamos al KO. ¿Qué experiencia te dejó?

Que no se trata de rematar por rematar. Hay que ser cuidadoso cuando el rival está aparentemente liquidado. Tantearlo para conocer sobre su estado real, porque buscarle a lo loco puede ser fatal.

Se dice que hubo dudas sobre tu inclusión en el equipo asistente a Munich.

Yo me sentía en muy buena forma. Había estado casi invicto en Europa, pero creo que esa no era una idea compartida por todos los entrenadores, tal vez inclinados por otras opciones.

¿Jorge Luis Romero y Douglas Rodríguez, por ejemplo?

Así es, pero en el cierre de la preparación estuve mejor y me gané el puesto. Me ascendieron a 54 kilos y Douglas quedó en los 51.

Pero ya habías alternado en una y otra división

Sí, y gané en ambas en los torneos Girón y Cardín.

¿Entonces fue más duro integrar el equipo que reinar bajo los cinco aros?

Bueno... difícil fue, sí, aunque debo reconocer que el asesor soviético Andrei Chervorenko siempre me mostró confianza.

Y después de tanto esfuerzo debutaste “besando” la lona.

Fue contra el birmano Wing Hamhung. Me tiró dos veces en el primer asalto… Lo que él no sabía es que yo me “comía un camión”. Le dije a Alcides “échame toda la cubeta de agua fría por encima que a este lo voy a liquidar ahora”. Le fui arriba con todos los “hierros” y gané 4-1.

Sumaste otros tres triunfos y llegó el gran día. ¿Cómo evocas la presión de aquella fecha?

Como se sabe discutí el oro con el mexicano Alfonso Zamora, que había mostrado pegada, pero le observé muy bien y lo “retraté”. Tanto que le dije a los entrenadores: “este no me gana”.

Diseñé la táctica a emplear y me funcionó, porque empecé por “jugar” con él, desesperándolo con movimientos y esquiva, hasta que se desconcentró y quiso apurar un golpe para resolver.

Entonces vino a buscarme como loco, le hice una finta y lo tiré. Se paró, porque era muy fuerte, y a partir de entonces lo trabajé con el contraataque, que era una de mis armas más seguras, con las dos manos, lo mismo con un jab que con una izquierda recta. Le gané 5-0.

Eso explica lo que dijo al cierre de la pelea.

Sí, supe de eso.

Pero vale repetirlo: “Me ganó bien, indiscutiblemente... Me controló a su gusto... Ni una sola vez pude clavarle un buen izquierdazo”.

Fue un momento muy grande, una buena manera de agradecer a la Revolución, que me permitió encontrar en el deporte una vía para enrumbar bien mi vida, porque el ambiente que me rodeaba en la infancia no era el mejor.

¿Te hizo daño la fama?

Nunca. Siempre supe que eso no iba conmigo. He vivido convencido de que habría dejado de ser yo. Todavía la gente me detiene y lo disfruto con modestia. Saludo, respondo cualquier pregunta y me siento contento porque ese es el pueblo que me hizo grande, me ofreció un cariño que es tan importante como aquella medalla.

Dos años después de coronarte en Munich te quedó pendiente el Campeonato Mundial de La Habana.

Fue uno de mis sueños incumplidos. Me lesioné en una pelea en la que derroté a Jorge Luis Romero, quien en definitiva ocupó la plaza, y me quedé con los deseos de revancha contra el puertorriqueño Wilfredo Gómez, que me había ganado en los Juegos Centroamericanos de ese año, con protestas incluidas.

Triunfas en los panamericanos de México´75 y llegas a tus terceros Juegos Olímpicos, en Montreal´76.

Un momento triste, porque después de vencer 5-0 al venezolano Jovito Rengifo fui perjudicado por los jueces que votaron 3-2 por el coreano Sung Chol Hwang, ante el cual me sentí superior.

¿Eso determinó el retiro?

Ya había acumulado tres eventos de ese tipo, tenía algo de edad, y decidí no vivir la decadencia como atleta. Inmediatamente comencé a trabajar como entrenador.

Desde la base.

En el municipio Cerro, trasladando todo lo aprendido.

Y también fuera de la isla.

En varios países. Una experiencia importante, sobre todo por la responsabilidad de responder a la altura de lo que se espera de la escuela cubana.

¿Qué haces ahora?

Trabajo con la comisión nacional, siempre dispuesto a poner mi granito de arena en cualquiera de las tareas que se me asignan.

¿Después de tantos años, cuál consideras que fue tu principal virtud sobre los encerados?

Haber analizado a cada contrario a partir de su estilo para contrarrestarlo. La capacidad de ataque o contraataque según sus características. Pegaba duro con las dos manos, y muchas veces el rival le huía a la izquierda y recibía duro con la derecha.

¿Entrenaste duro?

Muy duro. Corría mucho, hacía mucha suiza.

¿Desde la perspectiva de un hombre ya experimentado, cómo valoras tu inserción en el deporte?

Yo era un muchacho travieso, me fajaba, tiraba piedras, y anduve en el límite de los malos pasos. Cuando el “viejo” vio que el deporte podía contribuir a mi formación, terminó por estimularme, y eso fue importante para mí. Pero todo gracias a la Revolución, que cambió el sistema social.

Por eso subí siete veces al Pico Turquino, fui artillero de cuatro bocas en la base Granma, en Quiebrahacha, y estudié comunicaciones.

¿Qué te parece imprescindible en un boxeador?

La disciplina, que respete a los entrenadores y sepa que cuando se pelea el compromiso no es solo con él mismo sino con el país, que merece respeto y dedicación porque es el que le formó como deportista y como ser humano.

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