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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
VIERNES 16
NOVIEMBRE, 2018

La Habana
Año 60 de la Revolución
José Gastón Ibáñez Gómez
Los códigos de una generación

A poco de asistir de nuevo a una cita centrocaribeña, que pudiera pronosticarse como la más difícil de todas, nuestro protagonista se dispuso a conversar con JIT de una vida cargada de singulares detalles.


Por: Roberto Méndez
(robemen@inder.cu)
martes, 08 de mayo de 2018

Trayectoria...

Campeón panamericano en México 1975 y San Juan, Puerto Rico, en 1979. Reinó en más de 95 kg (ahora más de 100) en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Panamá 1970, Santo Domingo 1974 y Medellín 1978.

En la actualidad...

Entrenador de la preselección nacional masculina desde hace 21 años.


JOSÉ Gastón Ibáñez Gómez no tiene en su palmarés las medallas olímpicas y mundiales de otros judocas cubanos, pero atesora tres doradas en juegos centroamericanos y del Caribe, las cuales están entre las más preciadas de su exitosa carrera.

Solo su compatriota Isaac Azcuy le supera en ese indicador, por un título, en tanto Frank Moreno, Juan Ferrer Lahera, Israel Hernández, Yordanis Arencibia y el venezolano Javier Guédez igualan su hazaña.

En citas multideportivas continentales es el judoca de máxima calidad en cuanto a metales se refiere, pues acumuló dos oros, una plata y un bronce.

Salió de una generación decidida a encumbrar a Cuba en la historia deportiva, y pese a llevar poco tiempo en esa disciplina, su primera corona fue una de las 98 con las que su país obtuvo el primer lugar en los XI Juegos Centrocaribes de Panamá 1970.

Gastón ha confesado siempre que el triunfo revolucionario de 1959, y el entrenador coreano Hang Chan Hinle, le dieron entrada al mundo del deporte de alto rendimiento, alejándolo de malas compañías y prácticas en el barrio capitalino de El Canal, en el municipio Cerro.

De carácter afable y más pausado ahora, ya jubilado y acercándose a su séptima década de vida, Joseíto valora mucho la trasmisión de experiencias y conocimientos. Recuerda con particular cariño a sus primeros discípulos a inicios de los años 80 del siglo pasado.

Hace 21 años funge como técnico en el equipo principal cubano, basificado en la ESFAAR Cerro Pelado, así que la mayoría de nuestros grandes judocas, como Manolo Poulot, Arencibia y Asley González, han tenido su consejo y apreciación al pie del tatami.

A poco de asistir de nuevo a una cita centrocaribeña, que pudiera pronosticarse como la más difícil de todas, nuestro protagonista se dispuso a conversar con JIT de una vida cargada de singulares detalles.

¿Cómo llegó al judo?

Era jugador de baloncesto, de guerrillas, en el CVD del Cerro en Agua Dulce y Carvajal. En 1967 el entrenador Chan estaba haciendo una captación y le llamó la atención mi explosividad y somatotipo, así que me convenció y fui a entrenar con Luis Gastón y Federico La Guardia en la Espa.

Fue algo curioso porque no participé en juegos escolares ni juveniles. Chan entendió que debía llevarme a su país para elevar mi técnica y nos fuimos para allá siete meses antes de los Juegos en Panamá, como parte de un intercambio existente entre países del entonces campo socialista.

Él tuvo la visión y yo respondí, al ganar la primera presea de oro para el judo en la categoría más pesada, cuando eso la de más de 95 kg.

En aquellos tiempos se competía también en la división abierta y tenía posibilidades de más medallas.

Reinaste en un mismo peso durante tres ediciones...

Sí, y en el judo eso no es común. Después obtuve el primer lugar en Santo Domingo 1974 y Medellín 1978, algo que solo hemos logrado Moreno y quien te habla, pues Filiberto Azcuy lo hizo cuatro veces pero en distintas divisiones. Entre las mujeres únicamente lo ha podido hacer Dayma Beltrán.

La trayectoria de Cuba ha sido muy superior cuando hemos participado. Así pretendemos hacerlo en Barranquilla.

Tu calidad también se impuso en los juegos panamericanos…

Conseguí oro en la categoría abierta y plata en +95 kg en Ciudad de México 1975; y bronce y oro, respectivamente, en San Juan 1979. Por esos años se había creado una gran rivalidad entre un grupito integrado por competidores de Estados Unidos, Canadá, Brasil, Puerto Rico y Cuba. Todo quedaba entre nosotros.

¿Los podios olímpicos y mundiales te fueron esquivos?

Aunque participé en muchos eventos, entre ellos los torneos José Ramón Rodríguez in Memóriam y los organizados en países socialistas de Europa, no tuve oportunidad de asistir a un Mundial.

En cambio participé en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 y Montreal 1976, y estaba para ir a Moscú 1980 pero me lesioné en el dedo central de la mano derecha. El doctor Rodrigo Álvarez Cambras me indicó una forma de entrenar, pero no podía mantener el agarre y estaba el riesgo de un trauma mayor.

El onceno puesto en el peso abierto en Montreal fue lo mejor que logré. Había un grupo de judocas de la élite, como el soviético Shota Chochisvili, el japonés Kazuhiro Ninomiya y otros, que si caían en tu camino era difícil pasar.

¿Podías dar más cuando decidiste retirarte en 1980?

Siempre he opinado que al retiro debe llegarse con una buena impresión. Esa última imagen es la que perdura. Algunos pensaron que podía dar más, sin embargo, no me arrepiento.

¿Y de todas las medallas cuál aprecias más?

La de Panamá. Y se la regalé a Chan por su gran significado. La connotación política que tenía aquella justa, por ser después de la histórica actuación en San Juan 1966, era muy grande. Y en lo deportivo significó ascender al primer lugar centrocaribeño por primera vez. Gané todos mis combates muy rápido y esa fue otra satisfacción.

Ya en 1980, antes de Moscú, fuimos a Corea y presagiaba que no lo iba a ver más. Así fue, Chan falleció poco tiempo después. Agradeció mucho mi gesto de llevarle la medalla, no quería aceptarla, pero finalmente lo hizo. He visto a su hijo después en eventos mundiales y me trata con gran afecto. No podía dejar de premiar a quien me dio toda su confianza y grandes oportunidades.

Entonces seguiste su camino al retirarte…

Quería realizar lo mismo que hicieron conmigo. Me fui a dar clases con niños en el CVD Ponce Carrasco. No me había licenciado aún en el Instituto Superior de Cultura Física Manuel Fajardo, pero considero esa etapa la mejor de mi vida como entrenador.

Algunos dijeron que no lo hiciera. Trabajar con niños es como moldear una cerámica, aunque en realidad sus inquietudes y fantasías llevan mucha más labor, sobre todo humana.

Las satisfacciones llegaron al verlos transitar por carreras exitosas, algunos hasta en equipos nacionales, pero lo más importante fue ayudarlos a conducirse en la vida y cumplir aspiraciones.

Después trabajé en la Sociedad Dínamo del Minint; fungí como jefe de cátedra en la Espa Provincial y en 1997 pasé al equipo nacional con Justo Noda y Héctor Rodríguez.

¿Cómo ves la evolución del judo hoy?

Sin duda, las dinámicas de entrenamiento han evolucionado como la vida misma. No divido el judo por viejo o nuevo, sino por las generaciones que van cambiando.

En mi época de atleta teníamos otros códigos, era un período muy revolucionario y lo dimos todo solo por amor. Hacíamos bien para celebrar el dominio de la técnica, por ejemplo. Y no nos rendíamos tan fácil.

Ahora las reglas del judo se han transformado, para hacerlo más comercial, y eso ha tenido un impacto en los atletas. Por ello es tan importante educarlos en los valores y esencias de este país.  

 

 

 

 

 

 

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