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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
SÁBADO 24
FEBRERO, 2018

La Habana
Año 60 de la Revolución
Damián Austin Echemendía
Cauteloso y letal

Conversó con JIT durante el torneo Playa Girón disputado en diciembre en Sancti Spíritus, donde abrazó a su entrañable amigo Lorenzo Aragón, disfrutó el reencuentro con otros compañeros de batalla y fue saludado por muchos seguidores.


Por: Roberto Ramírez
(promocion@inder.cu)
martes, 13 de febrero de 2018

Trayectoria...

Alzó dos títulos universales, uno de ese rango entre juveniles y una Copa del Mundo. Conquistó par de fajas nacionales, cinco en torneos Córdova Cardín y otros lauros dentro y fuera de la Isla.

En la actualidad...

Entrenador de la selección de Las Tunas, un trabajo que «demanda mucho esfuerzo y no está exento de momentos difíciles, pero deja satisfacciones».


FUE EUGENIO, su abuelo materno, quien primero le habló del deporte al que terminaría agradeciéndole el placer de tutearse con la gloria.

Alzó dos títulos universales, uno de ese rango entre juveniles y una Copa del Mundo. Conquistó par de fajas nacionales, cinco en torneos Córdova Cardín y otros lauros dentro y fuera de la Isla.

Sus archivos hablan de 258 triunfos y 30 derrotas, de estas últimas solo tres ante foráneos, y pese a la insatisfacción de no concursar en escenarios olímpicos derrotó a hombres premiados a ese nivel.

El zurdo Damián Austin Echemendía habla orgulloso de su natal Las Tunas, recuerda con cariño las enseñanzas de Ricardo Díaz Herrera, su primer entrenador, y reconoce que desde esas funciones tiene una visión diferente del boxeo.

Lo narró a JIT durante el certamen Playa Girón disputado en diciembre en Sancti Spíritus, donde abrazó a su entrañable amigo Lorenzo Aragón, disfrutó el reencuentro con otros compañeros de batalla y fue saludado por muchos seguidores.

«Es un deporte que llevo en la sangre, porque mi abuelo fue boxeador», evocó esa tarde previo a uno de los “calientes” programas organizados en la sala Yara.

«Me enseñaba fotos, me contaba anécdotas y hablaba de sus combates», dijo. «También supe de él gracias a amistades suyas que le vieron pelear. Tenía buena pegada, algo que no heredé, pero al parecer sí algo de su técnica», añadió.

¿Cuándo decides ponerte los guantes?

A los 13 años entré a una Pre-Eide en el municipio de Puerto Padre, y después de un campeonato provincial me llamaron a la academia, donde entrené un año antes de participar en mis primeros Juegos Escolares, los de Camagüey 1990, donde alcancé medalla de bronce en 54 kilos.

¿Te convenciste desde entonces que ese era el camino?

En realidad fue un estímulo, pero después llegaron otros resultados como bronce en una Copa Tele Rebelde, y eso me permitió mantenerme en la academia de Las Tunas al pasar a la categoría juvenil, en la que asistí al Girón de Camagüey’91.

Donde llamaste la atención pese a no subir al podio...

Gané dos peleas, una ante Daniel Regalado, pero perdí en cuartos de finales con Enrique Carrión, entonces primera figura de Cuba, y fui captado para la Espa nacional.

Y 1992 te dejó excelente saldo...

La dificultad para mantenerme en los 54 kilos provocó que me pasaran a los 60, y aunque perdí el primer combate seguí la preparación, gané el nacional juvenil, dos oros en una gira por Puerto Rico y el mundial de esa categoría, en Canadá, donde celebré cinco peleas y cerré con victoria sobre Wald Fleming, un representante de ese país.

Sucedió en octubre, y el 15 de mayo del año siguiente derrotas 6-2 al estadounidense Larry Nicholson por la corona de mayores en Tampere, pero después te alejas. ¿Qué pasó?

No logré buena comunicación en cuanto al peso corporal con Alcides Sagarra, quien además del jefe técnico era mi entrenador. Comprendo que él pensaba con concepto de equipo, pero me era muy difícil sostenerme en los 60 kilos y salí dos años. Es verdad que en 63,5 estaba Héctor Vinent, pero me gustaba desafiar el peligro y hubiera querido intentarlo. No se entendió así y terminé en Las Tunas.

A partir de entonces fue intermitente tu presencia en la élite, con entradas y salidas al equipo grande, hasta que te llevaste un éxito “sonado” en Las Tunas.

Llevaba poco tiempo entrenando después de haber salido de la preselección en 1998, y me presenté bien en los sparrings que esta realizó antes del torneo Córdova Cardín. Se me dio la posibilidad de pelear si bajaba de 75 a 71 kilos y terminé ganándoles a Juan Hernández Sierra y Carlos Romero. Recuerdo que la instalación se repletó de un púbico que me apoyó todo el tiempo y viví con mucha alegría ese momento.

Fue una señal rumbo al Mundial de Belfast...

En el 2001 gané el Playa Girón y el Cardín, y Sarbelio Fuentes, entonces al frente de la selección, me ofreció mucha confianza. Me dijo «creemos en ti, puedes lograrlo», y no lo hice quedar mal.

Fue un Mundial importante para Cuba porque logramos siete medallas de oro dos años después de los escándalos de Houston, y representó mucho para mí, al regresar a esas competencias después de haberme impuesto en 1993.

Entonces muchos creímos que el adiós no llegaría tan pronto.

Aunque en el 2002 repetí en el Girón y formé parte del equipo que ganó la Copa del Mundo de Astaná, se me acrecentaron molestias provocadas por la sacrolumbalgia y dificultades para asimilar las cargas. Recibí mucha ayuda, e incluso iniciamos tratamientos en el hospital Frank País, pero ya no me sentía igual y decidí retirarme después de ganar la I Olimpiada del Deporte Cubano.

La misma afición que reconoce los éxitos es también dura cuando las estrellas no rinden, y siempre tuve claro que deseaba dejar una buena imagen.

¿Cómo miras hacia tu trayectoria?

Creo que pude dar más, pero insisto en que hubo incomprensión en cuanto a la posibilidad de moverme de categorías, y lo mismo le pasó a otros grandes como Vinent, Ariel Hernández o Ángel Espinosa. No culpo del todo a los técnicos, que priorizaban la posibilidad de un campeón en cada división, pero pienso en un Adolfo Horta que fue el mejor del mundo en tres pesos diferentes y creo que algunos pudimos intentarlo.

¿El sueño olímpico?

No fui estable y eso me privó. Mis juegos pudieron ser los de Sydney 2000, en 71 kilos, como demostré poco después en Belfast.

¿Qué no haría ahora?

Después que uno deja el deporte activo ve las cosas desde otra óptica, y comprende que hacía cosas que desea evitar en sus alumnos. Con la experiencia acumulada se percata de cuánto más pudo alcanzar, y por eso busca trasladarla en todos los sentidos.

¿Quién te exigió más en casa?

Julio González, a quien nunca pude ganarle en tres combates. Fue un atleta de mucha calidad, e independientemente de que fuimos rivales fui su admirador. Aragón también resultaba complicado, aunque con él terminé 2-1 a mi favor.

¿Fuera de la Isla?

Solía acostumbrarme fácil a los estilos encontrados internacionalmente, aunque enfrenté a medallistas olímpicos y mundiales como el alemán Marcos Rudoolf, el rumano Marian Simion o el kazajo Gennady Golovkin.

¿Definirías al Austin boxeador?

Cauteloso, no me dejaba provocar por los adversarios, a quienes procuraba llevar a mi terreno, estudioso de la táctica y con una técnica apoyada en buena esquiva y desplazamientos.

¿Disfrutas como entrenador?

Es un trabajo que demanda mucho esfuerzo y no está exento de momentos difíciles, pero deja satisfacciones. Estuve dos años en Venezuela, y un año y cuatro meses en China con el equipo nacional juvenil. Esas experiencias también contribuyeron a mi formación.

¿Algún hijo que siga tus pasos?

Damián, quien ya estuvo en la Espa nacional. Ahora trabajo con él para que no cometa mis errores y alimentamos juntos el sueño de que sea grande.

¿A quiénes prefieres en la actualidad?

Me gustan Lázaro Álvarez, Roniel Iglesias y Julio César La Cruz.

¿Qué te dejó el boxeo?

La vida. Me enseñó muchas cosas, me proporcionó grandes amistades, a disciplinarme y a ser querido por el pueblo.

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