HORA DE CUBA: 08:22 AM

Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
SÁBADO 18
AGOSTO, 2018

La Habana
Año 60 de la Revolución
Celestino Suárez Taboada
Bodas de oro con el voleibol

Celestino hizo suyo el voleibol desde la adolescencia, cuando lo conoció y terminó seducido como por un amor a primera vista, que ya sobrepasa las Bodas de Oro con la convicción de que jamás habrá divorcio.


Por: Lisset Isabel Ricardo
(guajira@inder.cu)
jueves, 14 de abril de 2016

Trayectoria...

Uno de los hombres con más años de consagración a este deporte, tanto en sala como en playa.

En la actualidad...

Con sus recién cumplidos 71, se mantiene en la cancha, aconsejando a las nuevas generaciones de muchachas y apoyando a los entrenadores que no desaprovechan su experiencia y constantes deseos de ayudar.


QUIZÁS escuchar su nombre no baste para relacionarlo con la extensa y victoriosa historia del voleibol cubano, pero oír “Tinyto”, así, como él mismo escribe su apodo, es identificar a uno de los hombres con más años de consagración a este deporte, tanto en sala como en playa.

Celestino Suárez Taboada lo hizo suyo desde la adolescencia, cuando lo conoció y terminó seducido como por un amor a primera vista, que ya sobrepasa las Bodas de Oro con la convicción de que jamás habrá divorcio.

A su Encrucijada natal —27 km de Santa Clara—, fue el equipo nacional masculino a celebrar un partido de preparación con vistas al III Campeonato Mundial en París 1956. Tinyto, con apenas 11 años de edad, era uno de los recogedores de pelotas del club deportivo y quedó deslumbrado con aquel juego.

Hoy, con sus recién cumplidos 71, se mantiene en la cancha, aconsejando a las nuevas generaciones de muchachas y apoyando a los entrenadores que no desaprovechan su experiencia y constantes deseos de ayudar.

Hurgando en los archivos leo conmovedoras palabras de algunas Morenas del Caribe medallistas olímpicas, agradecidas con quien desde 1971 se integró al alto rendimiento como técnico de los equipos nacionales, principalmente femeninos de cadetes, juveniles y mayores.

Repasemos algunas: «Fue mi primer entrenador, mi guía».- (Yumilka Ruiz)... «Agradezco que me enseñó muchas cosas interesantes de la vida en general, maravilloso como persona y excelente preparador».- Zoila Barros.

Y estas otras: «Contribuyó a mi ingreso al equipo nacional y formó el colectivo que nos preparó en los años 1997, 1998 y 1999».- Raisa O’Farril... «Sobre todo fue muy paciente con todas».- Regla Torres... «Muchas como yo tenemos que agradecerle por nuestra formación y a lo que llegamos».- Marlenis Costa.

¿El voleibol te vinculó al deporte?

Mi abuelo paterno estaba en el equipo de béisbol en Encrucijada, y para mi papá era un hobby, tanto que trabajó voluntariamente en la Dirección General de Deportes, primero, y luego en el INDER. Mi hermano y yo nos dedicábamos todos los domingos a anotar los partidos.

También jugaba baloncesto y asistí en 1961 a un Campeonato Nacional, categoría novato. Recuerdo que mi hermano José abrió un área de baloncesto para muchachas en un terrenito del pueblo y ahí captó a Marta Reynoso, la llevó a los Juegos Escolares y la promovieron a la ESPA (juvenil) y luego al equipo nacional.

¿Siempre tuviste alma de pedagogo?

Mi madre y cuatro tías fueron maestras. Mi hermano, que era mayor, y yo, con tan solo 11 o 12 años, íbamos a la Junta de Educación, y si faltaba algún maestro, que daba clase de primero a sexto grados, lo reemplazábamos una o dos veces a la semana por la tarde en las escuelas públicas, porque en las mañana cumplíamos con la nuestra, que era la privada Sagrado Corazón. También fuimos alfabetizadores populares. Después estudiamos cuatro años en el Instituto José María Caldevilla y terminamos el quinto en el Instituto de Sagua la Grande.

¿Y qué pasó con el voleibol que ya habías conocido en 1956?

Luego del triunfo de la Revolución hay más apoyo gubernamental y es que empieza a desarrollarse este deporte. Además, el mejor jugador de Encrucijada, José Hernández Hoyo, integra la preselección para los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Jamaica en 1962, y a los jóvenes nos llamó la atención. Ahí comenzamos a jugar y a participar en competencias, y en 1963 fuimos a Santiago de Cuba al nacional de primera categoría, en una época en que los máximos exponentes eran La Habana y el Oriente integrado por jugadores de Jiguaní y Manzanillo.

¿Llegaste a la Universidad?

Sí, en Santa Clara, en ingeniería industrial, donde me vinculé al equipo de voleibol y por primera vez tuve un entrenador, Juan Pérez de Alejo, aunque antes lo hacían un activista, el laboratorista Sánchez, y el propio Hernández Hoyo, que llegó con novedades. También nos nutríamos de lo que veíamos en los campeonatos con Jorge Pérez Vento, Enrique Forte, Luis Jiménez... Fui capitán de nuestra selección, le ganamos a Encrucijada, siempre vencedor, y representamos a Villa Clara en el nacional. En el curso 65-66 me enfoqué más en el área de mi pueblo, gané el torneo provincial y alcancé el cuarto lugar con el 13-14 masculino en representación de la antigua Las Villas en los IV Juegos Escolares Nacionales. Ya me vinculaba a la EIDE de Santa Clara.

¿Cómo llegas a La Habana?

Asistí a los I Juegos Deportivos Nacionales (1965) con el equipo Las Villas, preparación para integrar las preselecciones rumbo a los centroamericanos de San Juan 1966, y mi segundo entrenador fue Rafael “Tito” Llanes, quien durante los Juegos Escolares de ese año me propuso estudiar en la Escuela Superior de Educación Física Comandante Manuel Fajardo. Dejé la Universidad y el 8 de octubre de 1966 agarré un tren junto a otros muchos villareños. Fueron cuatro años para terminar la carrera, y participando en las Zafras del Pueblo. En el 70 cortamos caña seis meses.

¿Experiencias?

Fui jefe de grupo y alumno ayudante de la cátedra de voleibol, con Calixto Andux y el doctor Jorge Ramos, y en biomecánica junto a Graciela González (Chela), con quien en 1967 comenzamos a hacer ciencia en los Juegos Escolares Nacionales, junto al ingeniero Sixto Conrado. Medimos a todos los jugadores hombres y mujeres, y les hicimos pruebas de saltabilidad cada año hasta 1996. Ella lo había experimentado en el mundial del 66 con el alemán Hans Hoffman, cuando Eugenio George dirigía al equipo masculino. Nos dio todo lo relacionado con la perspectiva de los atletas, organizaba técnicamente todo el trabajo del país, y había personas de mucha capacidad haciendo esa labor.

¿Existían muchos alumnos y entrenadores de calidad?

Había una gran masividad y acercamiento al voleibol moderno por parte de muchos jugadores que estudiábamos en el “Fajardo” y éramos alumnos ayudantes. Quienes entramos en 1966 nos ligamos también a Eugenio, al autodidacta Andrés “Machito” Hevia, “Tito” Llanes y Antonio “Ñico” Perdomo. Entre los alumnos estaban Juan Díaz, José “El Chino” Rojas, Rafael Navelo, Guillermo Gómez, Rodolfo Rodríguez y Pedro Pérez Manresa, y también recibimos ayuda extranjera, directa e indirectamente desde los libros del checo Lumir Matlacek, el ruso Iván Diasfkov, profesor en el Fajardo en el 66, el alemán Dieter Grun, el búlgaro Todor Simov y el norcoreano Kim Jon Go.

¿Qué es la filosofía del espejo?

Consistía en que las mujeres incorporaran lo que hacían los hombres en la preparación física, así como la agresividad en el entrenamiento y el juego. Comenzaron a enfrentarse a sus compañeros del equipo nacional y contra algunos de provincias. Ahora no hay espejo, el nivel no es alto, por eso cuesta trabajo avanzar porque ellas no tienen en quiénes fijarse…

¿Y al graduarte en la ESEF?

Me quedé en ese centro, pero entrenaba a un grupo de las nuevas que me mandaba Ñico Perdomo, quien tenía a las 14 de las mayores más 12 o 13 juveniles. En 1971 estuve cuatro meses en el colectivo técnico que preparaba a “Mamita” Pérez, Mercedes Pomares, Nelly Barnet, Margarita Mayeta, Nurys Sebey, Ana Ibis Díaz y Evelina Borroto, quien fue la primera jugadora en entrar a la ESPA nacional en 1965 cuando ya estaban los varones. Fui auxiliar de Justo Morales en el masculino y luego me dejaron con Ñico en el femenino, ambos en la categoría juvenil. Luego trabajé con Eugenio y el búlgaro Todor Simov, que había logrado plata olímpica con el equipo masculino de su país en Munich’72.

¿Cuentan que le quitaste el invicto a Camagüey con Industriales?

Un pasaje bonito, después de Múnich. Lo dirigía Roberto Ponce, que nunca había perdido, y menos en su tierra, y resultó el juego más largo que se ha dado en Cuba entre mujeres, de dos horas y media. Las derrotamos en cinco sets y realmente nos regocijó vencer a un equipazo como aquel.

¿Un recuerdo en particular?

El trabajo realizado junto a Ñico (y Jorge Garbey) con la selección nacional desde finales de 1996 a 1999, el Período Especial en su máxima expresión, sin preparación en la altura, pero se cumplieron los pronósticos en casi el ciento por ciento de las competencias fundamentales. Oro en la Copa del Mundo de Japón’99 con solo cinco sets perdidos, récord para el evento que rompió China en el 2003 con tres... También en el mundial de Japón’98, los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Maracaibo, ese propio año con el equipo compartido, pues un grupo fue para el Grand Prix, y plata en los panamericanos de Winnipeg’99 en final contra Brasil en cinco sets.

¿Si te pidiera elegir a las mejores jugadoras cubanas del siglo XX?

Como atacadoras auxiliares Mamita Pérez, Mercedes Pomares, Regla Bell, Mireya Luis y Yumilka Ruiz; las centrales Lázara González, Magalys Carvajal, Ana Ibis Fernández, Regla Torres y Mirka Francia (central y auxiliar); pasadoras Imilsis Téllez, Ana María García, Nancy González, Marlenis Costa, Rayza O’Farril y Taimaris Agüero y como jugadora de cambio Ana Ibis Díaz.

¿Aspiración?

Buscar hombres sabios que narren historias, investiguen, sepan del antes y el ahora, y regalen eso a quienes escuchan para ser capaces de mantener en alto la Escuela Cubana de Voleibol. Compartir con orgullo todos los conocimientos, no quedarnos con esa información para el bien de todos. Hay que ser puente y no frontera, rendir tributo a las personas que han dedicado su vida a defender la cultura de este deporte, comprometido con humildad de seguir escribiendo, investigando, compartiendo para decir con orgullo que cada vez que doblan las campanas están doblando por ti.

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