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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
VIERNES 20
ABRIL, 2018

La Habana
Año 60 de la Revolución
Miguelina Cobián Hechavarría
«Lo que viví ya está ahí»

La “Gacela Oriental” mostró todo su encanto al rememorar momentos como las finales olímpicas de los 100 metros en Tokio´64 y México´68, la plata obtenida como parte  del relevo corto en la urbe azteca y su participación en la travesía del buque Cerro Pelado en 1966.


Por: Eyleen Ríos López
(eyleenrios@inder.cu)
martes, 20 de enero de 2015

Trayectoria...

Miembro del relevo corto ganador de plata olímpica en México´68 y finalista en 100 metros en Tokio´64 y México´68. Multimedallista en Juegos Mundiales Universitarios. Dueña de un cetro, cuatro segundos lugares y un bronce en Juegos Panamericanos (Sao Paulo´63 y Winnipeg´67).

En la actualidad...

Ya jubilada, se declara buena cocinera y amiga de las labores del hogar, no resiste el desorden y disfruta de una familia.


FUE la mujer más sobresaliente en aquellos primeros años del atletismo revolucionario cubano, cuando mostró su clase en pistas olímpicas y celebró premios panamericanos y centroamericanos en la velocidad.

Miguelina Cobián ya cumplió 73 abriles vividos intensamente, pero conserva con tal claridad algunos de esos pasajes que regala el placer de disfrutarlos a través de un verbo fácil y gestos propios que parecen resultar de emociones recientes.

El encuentro con JIT transcurrió en la sala de su casa, un lugar no abierto para muchos y casi nunca para la prensa, porque suele evitar las entrevistas.

Sin embargo, la “Gacela Oriental” mostró todo su encanto al rememorar momentos como las finales olímpicas de los 100 metros en Tokio´64 y México´68, la plata obtenida como parte  del relevo corto en la urbe azteca y su participación en la travesía del buque Cerro Pelado en 1966.

Más allá de repasar lo reseñado antes, escucharle fue acercarse de primera mano a hechos que marcaron a la generación encargada de abrir las puertas del mundo a un movimiento deportivo gestado desde enero de 1959.

Nació en el poblado El Socorro, de la Maya, en Santiago de Cuba, y llegó al atletismo con 18 años. Fue descubierta en toda su magnitud por el conocido checo Emil Zatopek y se convirtió en la primera estrella femenina de la velocidad en la isla e ícono popular.

Su ritmo de conversación es muy pausado, y en ocasiones se repite parte de la pregunta antes de responderla. Por momentos espera unos segundos para continuar la idea, pero de inmediato su contundencia deja claro que es una manera de ordenar tantos recuerdos.   

Se declara buena cocinera y amiga de las labores del hogar, no resiste el desorden y disfruta de una familia unida donde los sobrinos son centro porque nunca le llegaron los hijos. Le gusta pasear y tomarse alguna que otra cerveza cuando está rodeada de los suyos.

Así es a grandes rasgos una de las más conocidas atletas de la isla, protagonista de momentos cruciales que ahora aceptó compartir con nuestros lectores.

¿Qué sabía de este deporte cuando Zatopek le conoce en Santiago de Cuba?

Me había acercado al atletismo en 1960, siendo alumna de la escuela de artes y oficios de Santiago de Cuba, a través de la educación física con Pepe del Cabo, que además fue profesor de Enrique Figuerola. Y también con las profesoras Delia Viñales y César Martínez. Corría con un compañero que la decían “Chicho Quijá”, que era muy bueno, y estuve en las competencias de la FANAI y FANESI. En 1961 Zatopek y su esposa Dana fueron en busca de talentos, me captaron y vine a vivir con ellos en el hotel Habana Libre.

Un año después asiste a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Kingston, y en lo adelante suma otras participaciones...

El atletismo de aquellos tiempos era como todos los procesos que comenzaron con el triunfo de la Revolución, que facilitó su expansión y el surgimiento de una cantera en todo el país. Estar en esas primeras delegaciones fue algo muy grande, representar a mi país me hacía esforzarme cada día más y siempre trataba de hacerlo al máximo porque no me gustaba perder. Había un compromiso con el pueblo y me parecía que si no traía las medallas lo incumplía. En ese mismo año estuve en los II Juegos Iberoamericanos en Barcelona, y así creo que comenzó la historia internacional de Miguelina.

¿Resultó una transición difícil en lo personal?

Yo venía de un hogar humilde, mi papá era tabaquero y mi mamá ama de casa, y llegar a La Habana fue un primer impacto. Pero solo pensaba en ganar, me olvidaba de lo que estaba a mi alrededor y me concentraba en lo que debía hacer.

¿Cómo vivió los Juegos Panamericanos de San Juan´66?

Es conocido que Estados Unidos trató de evitar nuestra presencia, pero Fidel dijo que iríamos aunque fuera nadando y mantuvimos la preparación convencidos de que así sería. Hubo incertidumbre sobre el lugar de la salida y si sería o no en avión... Al final viajamos hasta Camagüey, y de ahí a Santiago de Cuba para abordar el “Cerro Pelado”, un barco de carga habilitado para esa misión. Fueron difíciles el mar, la noche, la presión creada por aviones que nos sobrevolaban y dejaban caer proclamas, pero aun así entrenamos en la cubierta, aunque muchos padecimos de náuseas. Llegó la hora de la inauguración y hubo que trasladarse a tierra en barquitos pequeños a los que descendimos por unas escaleras en medio del oleaje y los tiburones dando vueltas. Yo no quería y mis compañeros me decían “Tienes que tirarte, Miguelina”. Pero desfilamos, competimos y ganamos contra la voluntad de nuestros enemigos.

¿Cómo influyó esa página en su quehacer atlético?

Mi vida quedó marcada desde los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Jamaica en 1962, pero el Cerro Pelado me hizo crecerme, esforzarme y aportar más. La odisea en el mar y la obstinación de la contrarrevolución asediando a los atletas en plena competencia nos pusieron a prueba. Pero lo verdaderamente importante fue al regreso, porque solo minutos después de entrar en nuestros límites territoriales nos despertaron para informarnos que el Comandante en Jefe ya estaba subiendo la escalerilla del barco, y para mí fue algo inolvidable, como el recibimiento en el estadio Latinoamericano.

¿Pudiera regalarnos una anécdota sobre aquellos días?

Fidel mandó a cerrar Coppelia y nos llevaron para allá. Entonces se acerca a Mireya Rodríguez, la esgrimista ya fallecida, me toma también por un brazo y nos comenta “Vamos a hacer una maldad”. Nos montó en un carro con él y le dijo al chofer “Dale sin guardaespaldas y sin nada”... Yo me senté en una orillita del asiento queriéndome morir del susto y la emoción, y bajamos por todo 23, Malecón, Prado, dimos la vuelta por el hotel Inglaterra y regresamos. Recuerdo que todo el tiempo por el comunicador que tenía en el carro preguntaban dónde estaba y él decía “Mira como me están buscando” y se reía... Es una oportunidad que voy a agradecer toda la vida, ese es también el Cerro Pelado para mí.

Vayamos a sus citas olímpicas...

La de Tokio fue algo muy importante, tanto que los nervios me provocaron inflamación en los ganglios. Me impresionó estar en aquella monstruosidad de estadio y enfrentar mi primera competencia grande en un ambiente tan diferente, pero quería hacerlo bien y me dije “No sé si gane o no, pero no voy a ser la última”. Solo llevaba tres años en el deporte y fui la quinta mujer más rápida del mundo en los 100 metros, y en los 200 me descalificaron por tres pasos que di en la línea divisoria del carril. Ya en México´68 estuve más tranquila, corrí más rápido y fui finalista con mejor tiempo en los 100, pero debí mejorar el octavo lugar, aunque me recompensó la plata del relevo.

Con cierre suyo...

Arrancó la difunta Marlene Elejalde, Fulgencia Romay mantuvo el paso y sacó buen tiempo, pero hubo un retraso en el siguiente tramo y Violeta Quesada me entregó en el quinto lugar, así que tuve que darlo todo para llegar segunda.

¿Hasta qué punto se entregaba Miguelina?

Tenía mucho amor y responsabilidad por el deporte, que era mi vida. Si muriera y volviera a nacer sería otra vez corredora, pero con la experiencia de ahora. Creo que pudiera lograr mejores tiempos, porque entonces no contábamos con el desarrollo actual, pues la Revolución no había logrado todo lo que ya ha aportado. Yo tenía mucho interés pero era muy pronto para lograr más.

¿Cuál era el punto débil de sus carreras?

Nunca fui buena en la arrancada, aunque Eneas Muñoz me orientó muchos ejercicios que me permitieron mejorar la reacción y los primeros pasos. Para mí lo mejor venía después, ahí era cuando era, no tenía fin, pasaba por la meta y venía a parar a mitad de la curva, lo que me permitió aportar al subtítulo en México´68.

¿Cómo enfrentó la nostalgia desde el retiro?

Estuve dos años sin poder entrar a un estadio, porque es muy difícil cuando quisieras seguir haciendo lo que tanto amas. Sabes que el día va a llegar, porque nada es eterno, pero hasta padecí de ansiedad.

¿El mejor de los recuerdos?

Haberle dado a mi país todas las medallas que pude alcanzar e integrar una delegación única como la del Cerro Pelado.

¿Qué le gustaría olvidar?

¿Olvidar? Lo malo no se olvida, permanece aunque lo coloques en un rinconcito, porque de lo contrario te mueres. ¿Mi gran inconformidad? No lograr una medalla individual en una olimpiada. Por lo demás me siento con el deber cumplido.

¿Cambiarías algo?

No cambiaría nada porque cada etapa tiene su momento y lo que viví ya está ahí...

 

 

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