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Publicación del Instituto Nacional de
Deportes, Educación Física
y Recreación INDER
DOMINGO 8
DICIEMBRE, 2019

La Habana
Año 61 de la Revolución
Mercedes Pomares Primelles
La zurda dorada no pierde brillo

«Cuando uno hace algo es porque le gusta y para tener resultados. Nuestro equipo luchaba para ganar. Se logró con rigor diario y porque supimos ser hermanas y amigas...», afirma.


Por: Lisset Isabel Ricardo
(guajira@inder.cu)
domingo, 27 de octubre de 2019

Trayectoria...

Oro en el Campeonato Mundial de 1978; plata en la Copa del Mundo de 1977. Quintos lugares en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, Montreal 1976 y Moscú 1980. Oro en los Juegos Panamericanos de Cali 1971, México 1975, San Juan 1979 y Caracas 1983, y en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo 1974, Medellín 1978 y La Habana 1982.

En la actualidad...

Jubilada y colaborando donde necesiten de sus servicios y experiencias.


LA IDIOSINCRASIA que exhibió en su extensa carrera deportiva se mantiene intacta en esta Morena del Caribe, quien con sano orgullo guarda en su cofre, entre otras joyas, el oro en el Campeonato Mundial de Voleibol de Leningrado 1978.

Aquella victoria representó mucho en la senda trazada hacia superiores metas, hechas realidad por la generación siguiente, dueña de tres coronas olímpicas consecutivas y dos del orbe.

Mercedes Pomares Primelles disfruta cada anécdota acumulada en sus 17 temporadas activa, como los más de 200 partidos oficiales jugados tras llegar al equipo nacional con apenas 15 años y desde su natal Majagua, una localidad del municipio Ciego de Ávila cuando la cabecera provincial era Camagüey.

«Me encantaba la educación física y el voleibol me apasionó desde que vi al profesor Sergio Alonso en el patio de mi escuela primaria (Ramón Arú) con una malla y las pelotas, poniendo dos tubos sobre llantas de autos. Aprendía rápido, pero mi papá se enfadaba y decía que aquello era para hombres. Me escapaba cuando terminaba las clases, a sabiendas de que en casa me esperaba una paliza», recuerda.

Tanto insistió la niña de solo 10 años que convencieron a su progenitor para que ingresara a la Eide radicada en el Ateneo de Garrido, en la capital agromontina.

«Corría el año 1964. En el nuevo centro estaba Roberto Ponce, un buen técnico. Nos atendían muy bien las brigadas pedagógicas Anton Makarenko, se preocupaban por el estudio, la vida interna y el deporte. Me descubrió Graciela González (Chela), jefa técnica de la Federación Cubana de Voleibol y esposa de quien después sería mi entrenador, Eugenio George. Ella hacía un seguimiento e indicaba los entrenamientos para nuestro desarrollo», rememora.

En la categoría 13-14 años asistió a los IV Juegos Escolares Nacionales (JEN), celebrados en la cancha de La Mariposa, en la actual Universidad de Ciencias de la Cultura Física y el Deporte Manuel Fajardo (UCCFD).

«Parecía que se iban a caer “las alas”. El voleibol tenía tremenda popularidad, mucha afición. Mi coterránea Nelly Barnet, también dorada en 1978, fue elegida para el equipo nacional y directamente a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de San Juan 1966», evoca.

Salpicando los recuerdos con sus ocurrencias, Mercedes narra que se ausentó de los siguientes JEN a causa de su hermano, también alumno de la Eide. La desalentó, le decía se iba a quedar sola, así que al tiempo su papá debió pedir su reingreso.

«Estaban esperando por mí, competí en los siguientes JEN y ahí promoví con solo 15 años a la selección nacional. Desde 1969 me vi entrenando con grandes como “Mamita” Pérez y el resto del equipo que se preparaba para los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Panamá 1970.

»Llegué con mi maletica verde de madera, hecha por mi padre. Le puso mi nombre y dirección por si me perdía. Cada tres meses venía a La Habana para saber de mi comportamiento. Le decía que eso no se usaba allí, pero siguió haciéndolo hasta que crecí un poco más. Mi compañera Flora Lorenzo lo defendía, opinaba que su preocupación era ejemplar», expuso.

Su debut internacional ocurrió en 1970, durante un tope amistoso en Lima contra Perú, cuarto lugar olímpico en México 1968. Lo hizo como titular, rango que retuvo durante varias campañas gracias a su inteligencia, rendimiento, exquisita técnica, un ataque potente y otras habilidades.

Sus compañeras coinciden en que fue una personalidad dentro del equipo, con nervios de acero en momentos críticos y un carácter afable y noble que manifestó aún más a partir de 1976, durante los años en que fungió como capitana.

«Comenzamos las giras por países del campo socialista, en torneos de un gran nivel. En Rumanía asistimos al clasificatorio para la lid del orbe de Varna 1970 y logramos el pase. En aquella lid nos incluimos en la final, las únicas de América, y aunque no ganamos en esa ronda terminamos octavas entre 16 equipos», resalta.

Para la Zurda de Oro, como la llamaban, los Juegos Panamericanos de Cali 1971 y el Mundial de 1978 tienen notable significación, aunque con sentidos diferentes.

«Cali fue el primer triunfo, salimos invictas y clasificamos a los Juegos Olímpicos de Múnich 1972. En el Mundial tampoco se pensaba en la victoria, jugamos un gran voleibol y derrotamos a la Unión Soviética, a pesar de que nos pusieron a calentar sobre una pista de hielo y empezamos el juego frías. En aquel torneo solo perdimos ese set inicial y otro contra Yugoslavia», expone.

«Logramos tantos éxitos porque casi vivíamos en el terreno. En la mañana entrenábamos unas cuatro horas, luego almorzábamos y descansábamos cerca de 60 minutos en la cancha. Por las tardes, a veces, se extendía el trabajo a más de dos horas.

»Pero si salía mal, Eugenio nos pedía descansar y después mandaba 120 ataques en la malla de los varones, más alta que la nuestra. Él, Ñico Perdomo y Jorge Pérez Vento fueron, a mi juicio, los mejores entrenadores», resalta.

Pomares dio a luz a Danielito en 1981, y a los tres meses volvió al equipo cubano gracias a la ayuda de su suegra. Guarda en sus vitrinas muchos premios individuales, como el de mejor atacadora en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, el Mundial de Varna y citas continentales.

«Cuando uno hace algo es porque le gusta y para tener resultados. Nuestro equipo luchaba para ganar. Se logró con rigor diario y porque supimos ser hermanas y amigas, unidas por el deseo colectivo y no por los premios personales. Apoyo el bello proyecto de Las Mamitas, de Mireya Luis, destinado a unir las dos grandes generaciones de jugadoras y a poner un granito de arena en la nueva hornada de voleibolistas, trasmitiéndoles nuestras experiencias y conocimientos», concluyó.

 

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