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Pablo Rojas Abreu
Siempre el boxeo
Ganó y perdió con los grandes de un período marcado por la abundancia de estos.

Por: Roberto Ramírez
(promocion@inder.cu)
miércoles, 13 de febrero de 2013

Trayectoria...
Bronceado en el Campeonato Mundial de Berlín´95, también dominó los torneos centroamericano y panamericano. Fue monarca de la isla en 1996 y sumó otros lauros a ese nivel.
En la actualidad...
Ahora disfruta su trabajo como entrenador en la EIDE espirituana y tiene entre sus planes concluir la Licenciatura en Cultura Física para superar el nivel logrado con su graduación como técnico medio.

La Habana (13 feb).- AUNQUE no alcanzó el rango de superestrella acumuló lauros importantes, incluido el metal bronceado en el Campeonato Mundial de Berlín’95.

Su nombre es Pablo Rojas Abreu, nació en Florida, Camagüey, el 13 de abril de 1963, y se formó como boxeador en Sancti Spíritus, donde fue merecidamente homenajeado durante el pasado torneo Playa Girón.

Ganó y perdió con los grandes de un período marcado por la abundancia de estos, y acaparó el cetro ligero de la isla en 1996, pero se quedó con los deseos de asistir a los Juegos Olímpicos de Atlanta, una decisión que aún le molesta.

Ahora disfruta su trabajo como entrenador en la EIDE espirituana y tiene entre sus planes concluir la Licenciatura en Cultura Física para superar el nivel logrado con su graduación como técnico medio.

Sobre esos y otros temas conversó amigable con JIT durante un encuentro no todo lo calmado que habríamos querido pero sí agradable por el clima de confianza creado desde el comienzo.

¿Siempre el pugilismo?

No, aunque mi padre y mis tíos lo practicaron a mí no me gustaba, y me incliné inicialmente por la lucha, tanto que hasta volví a ella y fui subcampeón provincial después de unos meses en el boxeo.

¿Quién terminó por convencerte?

El ya desaparecido entrenador Orestes Morales, en la academia que entonces radicaba en Jatibonico, donde aún vivo. La primera vez que me paré como boxeador me dijo “Vas a ser campeón”, y logré el título de la provincia en la categoría 13-14 años en la división de 38 kilos.

¿Cuál fue el paso siguiente?

Entré en octavo grado a la EIDE Lino Salabarría y fui medallista de bronce, plata y oro en los tres Juegos Escolares Nacionales en que competí.

Y el título te llegó acompañado de otro reconocimiento.

Sí, fue en 1989, y resulté seleccionado como el mejor atleta de la competencia y entre los 10 escolares más sobresalientes del país.

¿Otra promoción entonces?

A la ESPA, y eso me permitió enfrentar buena cantidad de torneos internacionales, incluido un panamericano, que gané, y los Juegos Juveniles de la Amistad, en Mongolia, donde quedé en plata.

También gané dos campeonatos nacionales juveniles, y logré la condición de más combativo y más técnico.

Sin embargo, regresaste sin medalla del Campeonato Mundial de Lima’90.

El evento no estaba inicialmente planificado para ese año, y el cambio hizo que lo enfrentara durante mi primer curso en la ESPA. Perdí en los 54 kilos con el soviético Kahaber Baravi, que conquistó el oro y creo era el único que podía vencerme.

Aquel fue un tremendo equipo Cuba, con Héctor Vinent, Ariel Hernández, Diosbelys Hurtado...

¿Qué vino después?

Estuve en la ESPA hasta 1992, y durante ese y el siguiente año me fue muy bien en los torneos por equipos, pero no fue igual en el Playa Girón.

En el primero perdí 13-20 por el bronce con Idel Torriente, en 60 kilos, y en el otro debuté con derrota de 2-10 contra Lorenzo Aragón, lo que me confirmó que no podía volver a los 57 kilos.

Tal es así que unos meses después le gané, pero con un kilo por encima, como se peleaba en los eventos por equipos.

En el Girón de 1994 te fue mejor.

En realidad me estabilicé en los 60 kilos con el entrenador Bárbaro Fernández, que es como un padre para mí, y quedé en bronce al perder 0-2 con Hurtado.

Recuerdo que le dije “Si no tengo buen resultado dejo el boxeo”, y esa medalla me llevó a la preselección de mayores.

Sin embargo, tu estatura no era idónea para ese peso.

Es verdad, pero era una desventaja que resolvía con velocidad, y lo demostré.

Fue un momento que permitía el fogueo.

Sí, competí mucho en Europa, y me convertí en campeón centroamericano y panamericano del deporte. Recuerdo que en el primero de esos eventos fui seleccionado el mejor boxeador, en el propio Sancti Spíritus, y en el segundo, que fue en Argentina, apenas recibí seis golpes en cuatro peleas.

¿De esa forma llegó el mundial de 1995?

Ese año perdí por plata en el Girón con Julio González, pero terminé integrando el equipo, y perdí 9-12 en semifinales con el francés Bruno Wartelle, que después terminó segundo al no poder por el oro con el rumano Leonard Doroftei.

¿Soñaste con los Juegos Olímpicos de Atlanta?

Mucho, y todavía no me explico por qué no asistí. Le gané a Julito en la final del Girón, estuve bien en la gira por Europa, y aunque después perdí 8-10 con él en el Cardín, creo que merecí estar en ese equipo.

Julito fue mi ídolo, para mí el mejor cubano de los 60 kilos, pero no era ya su mejor momento. Perdió en Atlanta con un georgiano al que yo le había ganado 17-3 en la final del torneo Usti Nad Labem, en la República Checa.

¿Entonces fue frustrante?

Comprendo que los técnicos tienen que decidir pero eso me mató los sueños.

¿Influyó en el adiós?

Estuve hasta 1998, pero ya no fue lo mismo.

Abundaron los jerarcas en tu época.

Seguro. Además de Julito, Hurtado, Aragón e Idel, peleé con Diógenes Luna, Jorge Ignacio García, Mario Kindelán… Candela aquello.

¿Con qué armas acompañabas la rapidez?

Mucha vista, y entrené duro, porque necesitaba del gimnasio. Era un atleta cuyas características dependían mucho de la preparación. De lo contrario me faltaba confianza.

¿Quién fue tu preparador en la selección élite?

Me asignaron a Marcelino Buides, pero en realidad trabajé más con José Luis Hernández. Fue mi verdadero entrenador, y logramos excelentes relaciones.

¿Te imaginabas como técnico?

Sí, y fue lo que hice desde que me retiré. Ahora llevo unos meses en la EIDE y me siento a gusto con este trabajo.

¿Es más difícil que boxear?

Creo que sí. Incluso ahora he entendido muchas cosas que antes no consideraba positivas. O sea, he sabido que hice juicios equivocados sobre criterios de los entrenadores.

Puestos en la balanza momentos buenos y negativos, ¿cómo valoras tu dedicación a ese deporte?

El boxeo me lo dio todo. Todo lo que soy se lo debo. Entrenadores que aún son como mis padres, buenos amigos, los mejores, tanto que sobre el ring nos “matábamos” y después seguimos como hermanos.

Entonces, si volvieras a nacer, ¿otra vez a los cuadriláteros?

Seguro.



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